Los que no volvieron a verse

Información General 09 de noviembre de 2020 Por Redacción
Los hijos de los inmigrantes tuvieron abuelos más allá del mar, pero la gran mayoría de ellos –por no decir unos pocos- no los conocieron jamás. Tampoco volvieron sus padres. Una parte de su historia se quedó muy lejos y terminaron siendo alguna foto amarillenta que un día, inexorablemente, quedará en el olvido.

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Por Edgardo Peretti

Eso que el barco tira sobre el muelle/con el desdén con que se arroja un bulto, /es el dolor sobrante de una raza/que supo del poder, la gloria, el yugo...(MV)
Las memorias envejecen y terminando partiendo. Los archivos y baúles se descartan por añejos y los sentires se vuelven grises hasta que, inexorablemente, un día, se apagan.
La sabia pluma de Mario Vecchioli supo ver estas sensaciones que este modesto escriba recoge y recuesta sobre la visión del insigne poeta, quien describió como pocos esas vivencias colectivas que eran una herida profunda en almas y cuerpos, a las que sólo salvó la esperanza aunque con un costo altísimo que pocas veces tuvo revancha.
La distancia de esas familias terminaron siendo mucho más lejanas que los doce o quince mil kilómetros que los alejaron de su origen. Eran la eternidad, y bien podía haber sido la luna o algún planeta lejano. Daba lo mismo. Tan solo los sueños los mantuvieron vivos, pero estos no llegaron gratis sino que consumieron décadas, familias y descendencias, convirtiéndose en pesadillas en muchas casos.

Carnes sufridas de los verdes valles, / de la campiña, la montaña, el burgo,/ gringos que vienen apretando /su lástima en el puño. (MV)
En este ejercicio de buscar y encontrar raíces llegó a mis ojos una vieja fotografía. Por deducciones y conjeturas confirmé que se trataba de mis tatarabuelos por vía paterna: los Barbieri. Sin más datos.
Sólo que eran los padres de mis bisabuela Carolina Barbieri, quien con su esposo Egidio Cremona dejaron un día el establo donde vivían en Rivarolo Mantovano (en la Lombardía itálica) para venir a “hacer la América”, con algunos pocos años más de veinte en sus vidas.
Y llegaron a este pueblo donde había muchos gringos en similares (y peores) condiciones. El viejo “Gigella” (como se lo conocía, hizo lo suyo y criaron tres hijas Josefa Romilda (abuela del autor), María Romilda y Elda Alma.
El hombre tuvo una importante presencia en el grupo masónico que conformó el origen de la Sociedad Obrera Cosmolita y otros emprendimientos locales, trabajando con su bar-comedor-fonda-comedor en un local ubicado frente al Hospital local.
El sitio aún permanece en pie como mudo testigo y testimonio de su opulencia, pero el gringo, un día se cansó y se lo dejó a los yernos, partiendo a morir en San Cristóbal.
Una historia como todas, más o menos y con matices algo diferentes, todos tenemos por acá. Concluyo en que no fueron mártires ni héroes, solo gente de laburo y sueños. Muchos sueños.
La sangre fuerte que con ellos viene/ les llora el tiempo que quedó tras suyo, / la casa, el pueblo, los afectos,/ las cosas del terruño. (MV)
Dejo en claro que he apelado a la historia familiar sólo como una referencia, la misma que tienen muchos. Del mismo modo, he sostenido siempre que cada uno de estos inmigrantes priorizó su amor por esta tierra por encima de la nostalgia; tuvieron la fortaleza y la convicción que el nuevo mundo era este y aunque jamás olvidaron sus raíces, siguieron con la bagna cauda, el piemontés como manera de comunicarse y otros ritos, pero siempre tuvieron en claro que sus hijos eran argentinos y que la celeste y blanca era el paño que los cobijaría a partir de ahora y para siempre. El pasado era eso, pasado.
En este devenir me detengo en “esa” foto. Es una clásica postal de principios de siglo donde aparece un matrimonio, el que – supongo- son los Barbieri- que le escriben a su hija al enterarse el nacimiento de su primera nieta.
Dice la tinta negra, en italiano y con pulso emotivo: “Querida hija: hoy estoy muy contenta porque has cumplido tu deseo. Creemos que tú también lo estarás, al igual que nosotros y los tuyos. Nosotros estamos bien de salud y espero que también ustedes como Romilda. Saluti a tutti”.
No tiene firma. No hace falta. Romilda era mi abuela y había nacido en el 23 de marzo de 1912 (falleció en 1989) por lo que suponemos sin mucho esfuerzo que la carta es de ese mismo año. Solo suponemos.
Como también el dolor de esos abuelos que nunca conocerían a sus nietas, que ya no verían a sus hijos y que – quiero pensar- sentían que en cada carta, en cada letra, en cada saludo, se estaban despidiendo. Estaban dejando el alma en manos del correo a la espera de una devolución que cuando llegue dejaría una nueva herida abierta. Algunas jamás tendrían respuesta.

Más tarde, todavía lejanos/ vientos les traerán susurros/ de la patria inolvidada/y los recuerdos les morderán/como un dolor agudo. (“Los inmigrantes”, Mario Vecchioli)

Tiene razón Vecchioli. Ese dolor agudo se llevaba el alma de a poco. La vida comenzaba de nuevo en cada día, pero nunca fue gratuito.
Pero dejó semilla en cada cuero inmigrante que reclamó la tierra.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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