Yo quiero participar ¿y usted?

Información General 30 de octubre de 2020 Por Redacción
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ROBERTO GALÁN// En esta nota Etín Ponce rescata su paso por el gremialismo.
ROBERTO GALÁN// En esta nota Etín Ponce rescata su paso por el gremialismo.

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Por Etín Ponce

Roberto Galán fue, entre otras cosas, un reconocido conductor de radio y televisión, cantante, publicista y uno de los fundadores de la Sociedad Argentina de Locutores.<
Registró para sí, quizás como una premonición de lo que crearía muchos años después en la televisión argentina, haber sido el presentador de una de las parejas más trascendentes de la historia de nuestro país, la compuesta por María Eva Duarte y Juan Domingo Perón.
Evocando aquel momento Roberto Galán lo contaba de esta forma:
-Eva y yo, cuando a ella no la conocía nadie, estábamos en el Luna Park en un acto de beneficencia para los afectados por el terremoto de San Juan. Ella quería que yo la hiciera subir al escenario para recitar unas poesías; costaba encontrarle un hueco. De repente aparece el Coronel Perón y en un rapto de genialidad se me ocurrió matar dos pájaros de un tiro: le propuse a Eva formar parte de un comité de recepción a Perón; grande fue mi sorpresa cuando un rato más tarde los vi juntos charlando animadamente.
Todos sabemos cómo terminaría aquella historia.
Quizás sin saberlo Roberto Galán estaba colocando en aquella ocasión la piedra fundacional de un programa que con el paso de los años se constituiría en un ícono de la televisión argentina, se llamaba «Yo me quiero casar, ¿y usted?»
El programa nacido en 1971 fue un adelanto de los realities que muchos años después inundarían los hogares de esta parte del Río de la Plata. El mismo consistía en unir parejas en televisión. Al programa asistían tres mujeres y tres hombres que se encontraban solas y solos y buscaban compañía. Daban a conocer las características de su personalidad para que el resto de los participantes tomara nota expresando qué era lo que deseaban hallar en la pareja buscada. Posteriormente procedían a anotar en una tarjeta si alguien entre los participantes, por sus características, dotes personales, intelectuales o sentimientos expresados, se condecía con lo que estaban buscando.
El conductor recogía las tarjetas y cotejaba si había dos o más participantes que se gustaran entre sí. Si esto llegaba a ocurrir Galán lanzaba al aire la muletilla que con el tiempo se incorporaría al folclore popular: «¡Se ha formado una pareja!», o dos o tres según correspondiera.
Muchos conocen esa parte de la vida de Roberto Galán, pero muy pocos saben acerca de la actividad gremial que el otrora reconocido conductor televisivo y radial desempeñara.
No solo fue un luchador por los derechos de los locutores, sino que en 1943 junto a un grupo de reconocidas voces de la radiofonía criolla fundó la Sociedad Argentina de Locutores, siendo en los albores de aquella organización gremial el primer secretario general de la Junta Directiva Provisoria.
Quizás si Roberto Galán estuviese hoy vivo y si siguiera militando dentro de las huestes del sindicalismo vernáculo, atento a la escasa participación de la gente, podría sacar un nuevo conejo de la galera con otro título como, por ejemplo: «Yo quiero participar, ¿y usted?».
En el actual contexto de resignación se advierte que hay un marcado desinterés por participar inclusive de parte de los propios miembros que conforman los organismos en general, siendo el argumento más escuchado el que refiere a la falta de oportunidades brindadas por las cúpulas dirigenciales.
Sin desechar este argumento, digo que muchas veces la tan mentada falta de oportunidades esgrimida por algunas personas se constituye en una expresión vacía, acuñada por quienes no tienen ni ganas, ni quieren asumir el compromiso o la responsabilidad de hacerlo.
No digo que en muchas ocasiones y por distintos motivos desde las cúpulas se obstaculice la participación, suele ocurrir, sí señor, como también es cierto que ese es un mal endémico que provoca mucho daño a las instituciones.
En cambio, más allá de este hecho, me apresuro en ratificar, suele ocurrir, que quienes integran cuerpos directivos, colegiados, etcétera, tienen por las suyas la obligación indelegable e inexcusable de participar e informarse sin esperar autorización o invitación alguna, apelando, si fuese necesario, simplemente al derecho que le confiere su investidura o su cargo y quien no ostenta cargo alguno va de suyo que puede hacerlo.
Quien participa al mismo tiempo se informa, ya que no se puede disociar una acción de la otra. Es más, con la información que cada individuo adquiere al participar genera su propia opinión, lo que eleva y enriquece al colectivo del organismo en el que interactúa. El secreto de la riqueza de un proyecto radica en la confluencia de distintas opiniones existentes entre los individuos que persiguen un objetivo colectivo.
Es de necios no admitir que nuestra opinión está sesgada por nuestro intelecto y las vivencias que nos atravesaron, consecuentemente siempre habrá otra verdad, la que se genera en el pensamiento de otros individuos.
Pero no hace falta recurrir a ejemplos exógenos, podemos realizar una mirada retrospectiva sobre nuestros propios actos y llegaremos a la conclusión que las personas somos permeables a los cambios. Suele ser un buen ejercicio mirar una cosa, luego observar otra y volver sobre la anterior; quizás ya no la veamos como la primera vez.
Este ejercicio es bueno porque uno concluye en que, si nosotros mismos hemos tenido dos visiones distintas respecto de una misma cosa, ¿cómo no aceptar y respetar entonces la visión diferente de un tercero?
Esto no implica ni pretende justificar los asombrosos cambios que experimentan algunas personas para adaptarse acomodaticiamente a lo que mande el poder de turno, eso es gatopardismo.
Pero volvamos a la participación que es el hecho al cual quería referirme.
Muchas veces lo que podría llegar a constituirse en un ejemplo de participación queda lamentablemente distorsionado por acciones de terceros.

¿Qué no entiende lo que quiero decirle? Le cuento.
Ocupando el mismo cargo en el sindicato de las y los trabajadores lecheros que ocupaba Roberto Galán en la gremial de locutores, me encontraba en la sede del sindicato atendiendo compañeras y compañeros.
Cada vez que se abría y cerraba la puerta de la secretaría general producto del ingreso y egreso de las personas que atendía lo veía al Flaco caminar nerviosamente mirando hacia el interior del despacho.
El Flaco (así lo voy a llamar por algunas cuestiones elementales que se comprenderán con el devenir del relato) era un vocal de la comisión directiva en aquella lejana década del 90? quién en un momento en que se abre la puerta me pide permiso para ingresar. Por supuesto que accedí preguntándole en qué podía serle útil. El Flaco se acomodó el flequillo, apagó con pulso tembloroso el pucho que estaba fumando y habló:
-A mí me gustaría participar más, siempre dentro de las posibilidades que existan, así que quisiera que cuentes conmigo para lo que sea, pero sobre todo cuando viajes. Me gustaría compartir esos momentos, no solo en lo que tiene que ver con el viaje propiamente dicho sino en lo que respecta al contacto personal con los afiliados de la región por donde vos te sabés mover.
Le agradecí su predisposición, lo felicité por la firme determinación de querer ser útil y le dije:
-Mirá, mañana a la mañana tengo que viajar a Ceres, así que en función de lo que acabás de pedirme, si me querés acompañar, sos bienvenido.
El Flaco, tras meditar unos segundos seguramente sorprendido por la premura de mi decisión, me dijo que sí, que me acompañaría.
A las siete de la mañana en punto toqué bocina frente a su casa. Me pareció escuchar algunos insultos que provenían desde el interior del hogar, pero no era yo quién debía analizar ese tipo de cuestiones. Así que sin más trámite subió mi acompañante al auto y emprendimos aquel viaje hacia la ciudad de Ceres.
-¿A qué hora volvemos? -me preguntó aquel vocal de comisión directiva ávido de protagonismo.
-No lo sé -le respondí-. Tengo que hablar con algunos compañeros en forma privada. Paso por la casa de ellos y en función de las conclusiones que saque tal vez pase por la fábrica para hablar con otros.
El Flaco me miró, sospecho que sin entender demasiado y tímidamente asintió con la cabeza. Quizás él no tenía demasiado claro que en determinadas funciones uno jamás sabe a la hora que vuelve o lo que es peor aún, incluso uno no sabe si regresa en el día.
Lo cierto es que cuando comenzamos la jornada lo noté entusiasmado y con energías, pero a medida que las horas pasaban esas energías fueron extinguiéndose. No era cansancio, él era relativamente joven, pero su rostro denotaba una inocultable preocupación cada vez que miraba el reloj y de a poco me terminé de dar cuenta de que lo que él buscaba era que yo me diese por aludido cuando él miraba la hora.
Como a las diez y media de la noche no aguantó más y me preguntó:
-¿Todavía faltan muchos compañeros con los que hay que hablar?
La realidad era que todavía faltaban algunos, pero, como fui observando que su predisposición había cambiado, le dije:
-No, ha llegado el momento de regresar.
Debido a lo avanzado de la noche le pregunté si quería parar en una estación de servicio a comer un sándwich. Pero, cortita y al pie, me contestó:
-No, prefiero volver.
Salimos de la ciudad y tomamos la Ruta Nacional N° 34 con destino sur emprendiendo raudamente el camino de regreso. El Flaco se acomodó en el asiento, nervioso, sin hablar, mirando continuamente el reloj. Intenté un par de veces introducir alguna conversación de ocasión como para distraerlo, pero no hubo caso, estaba como ido, con la cabeza en otro lado. Tras intentarlo algunas veces más desistí de mi objetivo y ya no busqué entablar conversación alguna. Entramos a Sunchales pasada la medianoche por una inhabitada Avenida Hipólito Yrigoyen, hicimos unas cuadras y doblamos hacia la izquierda con rumbo austral introduciéndonos en el barrio 9 de Julio.
Pasamos frente a una desolada placita D´Antoni donde el frío viento de invierno mecía las descascaradas hamacas del lugar. El ululato de un búho guarecido en la horqueta de un viejo árbol de follaje caduco nos sobresaltó; al ver aquellos árboles desnudos sentí que desde algún lugar el gran Luigi Spinetta me recordaba que todas las hojas son del viento.
Aprovechando ese momento y como para sacarlo del mutismo en el que el Flaco se había sumergido evoqué a Roberto Galán y emulándolo, impostando la voz, le dije al Flaco:
-Yo quiero participar, ¿y usted?
Un sonoro silencio fue la respuesta a la desacertada proclama que le acababa de formular.
Cuando estacioné a la altura de la casa del Flaco, una portentosa y siniestra silueta se recostaba contra el tapial del oscuro corredor que llevaba a la vivienda ubicada en un terreno interno de la manzana.
Era la mujer del Flaco, la que con un palo en la mano lo estaba esperando diciéndole menos lindo cualquier cosa. Aquella mujer lo insultaba a los gritos recriminándole la hora de llegada sin importarle que yo estuviese ahí.
El Flaco se bajó sin saludar pegando un portazo, iba caminando con paso acelerado hasta que al llegar a la altura de aquella mujer directamente emprendió veloz corrida hacia adentro, esquivó el primer palazo, pero no pudo con el segundo que le dio de lleno en la espalda y ya no lo vi más, porque se perdió de vista mimetizándose con las sombras de la noche.
Yo, que había bajado el vidrio de la ventanilla cuando estaba llegando por si, por una cuestión de educación debía saludar, lo levanté y me lancé a mil kilómetros por hora alejándome furtivamente de la probable escena del crimen, no fuera cosa que aquella mujer cambiara de objetivo y se la agarrara conmigo. Recién mucho tiempo después el Flaco reapareció por el sindicato. Al verme ensayó una sonrisa que enmascaró la vergüenza que anidaba en su rostro.
La verdad es que no sabía que decirle. Era una situación incómoda, harto incómoda para él y también para mí, hasta que luego de un silencio sepulcral lo miré y le dije:
-Flaco: mañana tengo que viajar nuevamente a Ceres, si querés te hago un lugar.
Todavía hoy, como una letanía en mis oídos resuenan aquellos irreproducibles insultos del Flaco... Aquel vocal de comisión directiva que nunca más me pidió participar.



Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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