El futuro ya llegó ¿todo un palo? Contrariedades de un futuro que llegó como no lo esperábamos

Suplemento Economía 25 de octubre de 2020 Por Redacción
Transitamos en la cotidianeidad de los territorios un tiempo de contradicciones, de convivencias de fuerzas, modos y estilos antagónicos, contradictorios, que el Covid 19 puso más en evidencia. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué papel juega el liderazgo, las relaciones de poder y los diálogos?

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Por
Luciano Parola,
Ignacio Cancé y
Oscar Bottazzi
*

La canción que inmortalizó el Carlos Alberto Solari (El Indio) con sus fantásticos Redonditos de Ricota decía: “El futuro llegó hace rato, el futuro ya llegó... todo un palo, no lo ves?”
Cuando niños, allá por las décadas del setenta y ochenta, los clásicos dibujos animados producidos en dos dimensiones y sin asistencia digital, en varias oportunidades jugaban con escenas en las que los protagonistas habitaban en el futuro, ese futuro de los años 2.000 que parecía tan lejano. Recordemos una escena de “los inoxidables” Tom y Jerry, en la que se mostraba desde el piso, a la altura de los protagonistas de la historia, la escena de una cocina y una mujer a la que nunca se le veía la cara, junto a un robot con forma humanoide que barría por ella, lavaba y secaba los platos mientras caminaba por la casa. Le titilaba una luz en su frente, como un visor, similar al del auto fantástico, que además hablaba!.
Ni aquellos guionistas, ni nadie, hubiesen previsto que el futuro iba a venir por el lado de la revolución de las comunicaciones, de internet, del 4.0, de la economía del conocimiento. El futuro era autos que hablaban, o que viajaban en el tiempo en “Volver al futuro”, amas de casa asistidas por un robot que le alivianaba su tarea, al tiempo que reforzaba el estereotipo de la mujer en su rol hogareño. Tampoco advirtieron aquellos hombres y mujeres del milenio pasado la segunda ola de la revolución feminista, y la deconstrucción de modos, categorías conceptuales y lenguajes inclusivos. Tampoco imaginaron el matrimonio igualitario, la perspectiva de género, ni mujeres presidentas, menos aún cupos trans, ni expresiones tales como conciencia ambiental, economía circular, desarrollo ecosistémico, economías colaborativas e industrias del conocimiento.
Si encarnáramos el personaje de Walter, ese muchacho de una publicidad de Telefónica de la década del `90, que despierta después de varios años congelado y recorre la ciudad, pensaríamos con seguridad que el mundo ha avanzado hacia un lugar mejor, con menos guerras, menos hipocresía, más libertades, ¡y hasta menos pobreza!
Sin embargo, en este octubre 2020, luego de un baño de realidad, miramos alrededor y un fuerte viento norte caluroso y atemporal profundiza un momento de pesimismo en el que recordamos, que así como hay multitudes que luchan por la conquista de derechos, se democratizan elecciones de vida, se piensa en el planeta, se expanden capacidades y libertades, (como decía Amartya Sen), al mismo tiempo hay acontecimientos que parecen barrer esa ilusión, la alegría, la esperanza, tal como lo hacía aquel robot de Tom y Jerry con la basura de la casa. Resurgen liderazgos autoritarios, discursos básicos, peligrosos, homofobia, aporofobia, violencia de género, y lo peor, desigualdad, mucha desigualdad.
Nada de los “nuevos liderazgos”, que plantean autores del desarrollo territorial como el chileno Boiser, cuando habla del concepto de “lideranza”, entendida como la necesidad de contar con liderazgos múltiples en los territorios y romper la tradición de estos liderazgos personalistas y heroicos propios de la historia pasada y reciente (futura?).
En pleno siglo XXI, atravesamos de modo casi medieval una cuarentena por una peste. Palabras viejas, por cierto, cuarentena y peste, que poco sonido a futuro tienen. Entonces, ¿En qué quedamos? ¿Todo un palo? Este futuro que llegó hace rato, ¿te cura o te mata? como también solía decir Solari refiriéndose a la “Nueva Roma”, -expresión que algunos atribuyen a una forma poética de referirse al nuevo imperio del norte, pero que en realidad no es más que una referencia a un pequeño pueblo del interior del país que así se llamaba.
La frase “el futuro llegó hace rato”, gran recurso poético, es en realidad un oxímoron. Cada vez que nos acercamos, él se aleja un poco más, pero, al igual que la utopía que nos propone Eduardo Galeano, sirve para caminar.
Así, damos cuenta de este presente pandémico como punto de inflexión entre lo que pasó y lo que pasará, a la vez que se constituye en la única instancia sobre la cual podemos intervenir. Hay presentes y presentes, algunos pasan un poco desapercibidos y otros, son puntos de quiebres de la historia, verdaderos marcadores, de un antes y un después. Un presente, o varios presentes, que “cargan” con dos ideas propias del desarrollo territorial: por un lado su perspectiva sistémica con varias dimensiones que se articulan, y por el otro la complejidad. Solo basta con salir a la puerta de casa… o más bien, quizás no necesario “salirse afuera”.
Este presente en tanto “futuro recién llegado”, está plagado de contrariedades que el Covid 19 vino, de forma súbita y violenta, a descubrir con más vehemencia y a interpelarnos. Para quienes transitamos algunos caminos desde el enfoque de desarrollo territorial, es necesario repensar y revisar los esquemas de planificación que pudiéramos haber propuesto hasta el inicio otoñal. La pandemia como emergente es algo nuevo en estos tiempos que tiene su contracara con “lo planificado”, pero posee un vaso comunicante con la lógica incertidumbre entre presente y futuro, percibidos como un todo.
Ese todo conformado por pares lógicamente opuestos: ¿empoderamiento ciudadano o vigilar y castigar? (como decía el filósofo francés Michel Foucault). ¿Recuperó de nuestra esencia como humanos falibles, que nos necesitamos unos a otros, que deseamos poder abrazarnos, tocarnos y reencontrarnos, o ha profundizado nuestra soledad posmoderna, articulando más con pantallas que con otros? ¿Nadie se salva solo, o sálvese quien pueda?.
El decano del Institución Académico Pedagógico de Ciencias Sociales, Mgter. Gabriel Suarez en la revista Desarrollo y Territorio de la Red Dete plantea el concepto de la pandemia como oportunidad de construir empatía social, incorporando y profundizando la lógica colectiva de la solidaridad y el sentido comunitario en nuestro pueblo. La pandemia ¿nos puso solidarios porque ayudamos a nuestra vecina a hacer las compras, o nos muestra la peor cara, poniéndonos frente a los ojos la desigualdad en su máxima expresión para que lejos de sensibilizarnos, sigamos mirando Black Mirror, The Crown o terminando La Casa de Papel en Netflix?, mientras que los niños almuerzan con Pepa Pig en un celular. ¿Será que en cada caso, ambas verdades, conviven?
Nos preguntamos: la pandemia, ¿nos compele a un tiempo de empoderamiento ciudadano, con renovados liderazgos que articulen lo complejo y multideterminado de los territorios locales, o bien marca la vuelta a un estado gendarme, que todo lo controla, como en el panóptico foucaultiano, como ese gran hermano de George Orwell?
Mucho de lo que pase en el verdadero futuro, el que no llegó aún, tendrá relación con el modo en que resolvamos como sociedad, el tránsito y la salida de esta situación, haciéndonos cargo de las tensiones y contradicciones propias de la condición humana y de la sociedad. La pandemia, más allá de su condición extraordinaria y crítica para la vida de todxs, magnifica y pone en evidente tensión lo que es propio de nuestro ser en sociedad.
En esta complejidad, el papel de los liderazgos resulta fundamental: tan expuestos, televisados, controvertidos, cuestionados, discutidos, exaltados, todo al mismo tiempo… por una parte, en cuanto influyen en los buenos modos, la empatía, dan lugar a lo emocional, transmiten tranquilidad, instan al cuidado como un acto de amor hacia todos y cada uno; y por otra, en directa oposición, liderazgos que han reforzado su autoritarismo, sus apelaciones a la necesidad de actuar con una supuesta firmeza que en realidad es más bruteza, en una sociedad que el egoísmo y el individualismo hirieron de muerte.
Vemos así la importancia determinante de los liderazgos en las sociedades en sus distintos niveles: sea pacificando, tranquilizando, resolviendo, definiendo e implementando políticas, administrando emociones, conduciendo a los pueblos a asumir sus procesos críticos para su desarrollo, o, por el contrario, fogoneando divisiones, creando enemigos, asustando, vigilando y reprimiendo.
¿Será entonces un movimiento pendular permanente de Lula a Bolsonaro? ¿De un presidente negro a Trump, todo en muy poco tiempo? ¿Dónde estamos parados? ¿Retrocedimos? ¿Vamos a una bolsonarización, o son los últimos estertores de un sistema que desfallece? ¿Será entonces un palo, un palazo, o una esperanza el futuro?
En todo lo que se pueda decir sobre el futuro, salvo que podamos alguna vez conducir el Delorian que viajaba en el tiempo, lo compone siempre un “acto de fe”, seguramente influenciado por nuestras estructuras, nuestra ideología, nuestra cultura y como decía Ortega y Gasset, por nuestras circunstancias. En esta lógica de las circunstancias, las relaciones de poder juegan un rol determinante. Recordando a Salvador Allende, presidente chileno, destituido y asesinado por la dictadura militar de Pinochet, supo decir en uno de sus últimos discursos públicos que en política no se valora demasiado quien tiene la razón, sino que se dirimen espacios de poder. Los argumentos teóricos y técnicos pueden ser de los más sólidos, pero con esto no alcanza, las política son relaciones de poder pleno. Es imprescindible, en el marco de las tensiones de estos tiempos, reconocer que existen diferentes intereses dispuestos en un amplio abanico, plagado de contradicciones, sentidos y contrasentidos, y que constituyen el territorio de nuestras prácticas, donde facilitar diálogos, desafiar las polarizaciones y promover el encuentro.
Como en el Juego de la Oca, pese a volver algunos casilleros para atrás, cada tanto vamos camino a un futuro mejor. Nos esperanza ver que, pese a la emergencia de un nuevo fenómeno de jóvenes conservadores (otro oxímoron, sin lugar a dudas) amplias mayorías de nuevas generaciones rompen barreras, destruyen hipocresías, reclaman por nuevos liderazgos comprometidos con el medio ambiente, claman por nuevos derechos, con sus ansias de más libertad y menos prejuicios. Creemos que podrá producirse una ida y vuelta virtuosa entre liderazgos posibilitantes, relacionales, abiertos, plurales, con nuevas generaciones más comprometidas con modelos de desarrollo endógenos, de abajo hacia arriba, que promuevan y permitan participación desde el llano.
Cuentan que un día Arturo Jauretche venía caminando con un compañero por entre una marcha contra las políticas populares de su tiempo. Su compañero le dice afligido, -Vio don Arturo, hay mucha gente en la marcha-; a lo que Jauretche, le contesta, - despreocúpese, nunca podrán ganar la batalla al final, fíjese la edad de los manifestantes.
Con avances y retrocesos, entre “Mujicas y Boris Johnsons”, entre mujeres empoderadas y nuevas formas de cosificación, vamos tejiendo alternativas para la agenda post pandemia, eso que muchos llaman “la nueva normalidad”. Que sea mejor es nuestra responsabilidad.
Es fundamental que vivamos de manera crítica y reflexiva esa doble cara de una misma moneda, el conflicto como inherente a lo humano y lo social. Tal vez el amor venza al odio, la patria sea para todos el otro, nadie se salve solo y los líderes del futuro sean, como dice Galeano, como esos fuegos que arden tanto que enciendan a los demás. Hagamos que eso suceda, y volviendo a parafrasear al querido Indio Solari, “cuando ese fuego crezca, quiero estar allí”.


(*) El presente artículo forma parte de la nueva serie de aportes al debate y la reflexión que hacen a diario LA OPINION alumnos de la Maestría en Desarrollo Territorial, la cual se dicta desde hace 10 años en el ámbito de la Facultad Regional Rafaela de la Universidad Tecnológica Nacional - www.mdt.frra.utn.edu.ar - 

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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