Del repartidor de ayer al moderno “delivery” de hoy

24 DE OCTUBRE 2020 24 de octubre de 2020 Por Orlando Pérez Manassero
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Mire que fácil; siéntese en su sillón preferido y con el dedito pulgar roce suavemente la pantalla de su teléfono celular sobre el número que ingresó hace un tiempo del comercio afín a su necesidad del momento. Una vez conectado vuelva a mover levemente su pulgar pasándolo esta vez por sobre la palabra clave que indica el combo por usted apetecido. Solo faltan dos o tres movimientos más del mismo dedo para pagar electrónicamente su pedido ¡y ya está!, eso es todo, su pulgar puede descansar.
El comercio lo tiene a usted agendado; a los pocos minutos ruge una moto y suena el timbre de su casa. Levántese porque que allí, en la puerta, está la entrega (o como se dice hoy en inglés: “delivery”) con todo lo que solicitó.
Vuelva a sentarse y consuma la sabrosa pizza caliente y la cerveza fría sin siquiera haber hecho una previa consulta telefónica, ni sacar el auto, moverse varias cuadras, hablar, esperar muchos minutos, manipular dinero y volver a casa con la pizza fría y la cerveza caliente.
Conclusión: el “delivery” nos trae todo lo que necesitamos respondiendo a leves movimientos de nuestro dedo pulgar. Dígase entonces ¡cuán afortunado soy de vivir en este siglo!... Pero, ahora que lo pienso, ya algo parecido existía en el siglo pasado, cuando éramos chicos, allá por los años cincuenta.
Nuestras madres (únicas encargadas en aquellos tiempos de mantener aprovisionado el hogar) a pesar de no disponer teléfonos, autos, timbres ni tarjetas para pagar, también contaban con servicio de “delivery”. Claro que no lo llamaban así, les decían repartidores. Si mal no recuerdo en esa Rafaela de entonces no era necesario llamar a tales repartidores; venían solos.
Día tras día, temprano por la mañana, comenzaba el desfile de esos “delivery” de hace setenta años por las calles de tierra del viejo barrio Recreo (el mismo al que después llamaron San Martín) apersonándose en los domicilios para prestar sus servicios de puerta en puerta.
Todavía abundaban los carros tirados por mansos caballos, vehículos especialmente construidos para cumplir con eficiencia su labor. Era así que el carnicero portaba la carne colgada de ganchos dentro de una caja con tapas que abría solamente para que la señora vea y elija lo que consumiría ese día. Cortaba, pesaba, entregaba el puchero en la misma olla de la cliente y partía con un ¡hasta mañana! Lo mismo sucedía con el panadero y su pan fresco del día (ergo calentito) cuando depositaba en el delantal de la señora y en la misma puerta de la casa un kilo de “Felipe” y medio de bizcochitos para el mate.
El lechero, a su vez, llegaba y extraía de sus tachos de aluminio el litro de leche que debía hervirse antes de su consumo y lo volcaba directamente en el hervidor de tapa agujereada (para que no derrame su contenido sobre el fuego al hervir) recipiente que le acercaba la doña al pie mismo del carro.
El almacenero con su camioneta amarilla (la de un almacén que aún existe) pasaba a tomar lista por la mañana y a la tarde descargaba en la casa los paquetes de yerba, azúcar, harina, sal y arroz, las botellas de aceite y de vino, el carbón para las hornallas y hasta el maíz para las gallinas.
En la puerta de la casa golpeaba sus manos el verdulero para que saliese la señora a observar su mercadería y elija algo, sin tocar, entre el verde de las hortalizas y las coloridas frutas que exhibía en el carro. Entonces no había tarjeta de crédito o pago electrónico pero tampoco se manipulaban monedas y billetes; contaban con una libreta. Allí se anotaba el monto de las compras y a principio de cada mes (“después de que mi marido cobre” decía la señora) recién se saldaba lo adeudado con dinero en efectivo.
Pero el desfile domiciliario continuaba. En verano el hielero proveía diariamente un trozo de la cristalina barra para la pequeña heladera de madera, y la camioneta tanque del querosenero dejaba el combustible para la moderna cocina a gas de querosén.
Los chicos de parabienes cuando sonaba intermitente en la calle la corneta del carrito del heladero portador de las tabletas y los vasitos con sus variados y ricos gustos. Pasaba también la tuminera con su canasta repleta de fresco tumín, el turco con sus jabones, jabonetas, “beines” y “beinetas”, también un fotógrafo callejero con su voluminosa máquina al hombro y, de vez en cuando, aquellas carretas que vendían el dulcísimo arrope.
A domicilio se cardaba la lana de los colchones y almohadas y nos dejaba los sifones y las botellitas de naranjina el sodero que, junto al cartero, todavía nos siguen visitando (hoy ¿también son “delivery”?).
Hasta el doctor concurría a la casa del enfermo cuantas veces hiciese falta… ¡ah! y el diariero de “La Opinión”, incansable ciclista que todas las tardes dejaba prolijamente doblada la “sábana” impresa en el buzón de los lectores. Sí, ahora que lo pienso ya teníamos “delivery” en Rafaela en aquellos años cincuenta… y mejor todavía que los de hoy puesto que nuestras viejas amas de casa ni siquiera tenían que mover su dedito pulgar para llamarlos.


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