Sensaciones y sentimientos

Sociales 13 de octubre de 2020 Por Redacción
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EL LIBRO Y LA VIRTUALIDAD
Posiblemente no haya una ofensa mayor para un libro que referirse a él diciendo que no existe, ni tampoco un elogio tan grande como el de estos versos de Gabriela Mistral.
“He aquí niña mía / que me han hecho tu amigo; / he aquí que cada día / conversarás conmigo / Ponme una ropa oscura / la ropa de labor; / trátame con dulzura / cual si fuera una flor / No me eches manchas sobre / la nieve del semblante. / No pienses que recobre / su lámina brillante. / Gozarás cuando veas / qué hermoso me conservo / Sufrirás si me afeas / del daño de tu siervo. / Verás cuando oigas locas / historias infantiles / qué charladoras bocas / son mis hojas sutiles. /Mi saber es liviano / mi saber no es profundo; / niña me das la mano / y yo te muestro el mundo”
La poesía “El ruego del libro” nació clásica.
Como el libro lo sabe todo, comprendió que el conocimiento hace nueva historia a cada momento y que él, compuesto de hojas unidas, llegaría a ser sucesivamente protagonista, actor de reparto y, en el peor de los casos, solo público. Y como es cuerpo y alma, supo ser amigo, ayudante, necesario consejero, compañero, indispensable presencia.
Por si todo eso fuera poco, no desatendió su estética exterior: de la histórica formalidad (el rectángulo obligado) y el uso de los colores “serios”, fue recibiendo con gusto la originalidad en sus portadas, en cuanto a forma y motivos.
Se complació con el aporte del arte; sintió como si le hubieran puesto la corona de laureles, cada vez que alguien lo usaba para quedar bien regalándolo (por supuesto, lo leía antes de entregarlo) o, a la inversa, cuando alguien lo recibía, sentía que regalar libros son homenajes y muestra de afecto hacia él.
Los hombres, la humanidad (nosotros) pudieron preverlo casi todo y estuvieron preparados para los cambios que, obviamente, en muchos casos había producido. Para que se aprecie el valor que le dieron al libro dijeron de él que “…abierto, es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona y, destruido, un corazón que llora”
El libro estuvo atento y abierto a todo. Vio y participó de los cambios en el mundo.
De una sola cosa no estuvo preparado, pero no fue por incapacidad de información.
La idea de virtualidad, que llegó por sorpresa y en silencio, lo disgustó bastante: atacaba su naturaleza física; la virtualidad conmovía los cimientos de casi todo lo creado. Enormes y difusos armarios de aire y nube almacenaron el conocimiento y, con una simple presión de los dedos, son más veloces, precisos y completos para informar que miles de bibliotecas de Alejandría.
No va a existir reemplazo porque el libro corporal sigue teniendo una mística. Tan intangible como la nube pero más concreta. La obra literaria, si bien puede producirse virtualmente, necesita un soporte físico que no necesite de energía creada artificialmente; una cafetería resulta mucho más grata e inspiradora si también funciona como librería; el libro físico es fácilmente transportable y su valor como objeto afectivo no puede reemplazarse; además, al libro virtual no se le puede poner un señalador. Si va a incluirse junto a todo el material de la nube, necesita primero tener un cuerpo: está dentro de cada libro, y tiene tanta posibilidad de espacio como la nube.
Sigue siendo un regalo apreciado, para obsequiarse o para dar a otros.
Y por si todo eso fuera poco, al alimentarse de energía humana nunca queda sin carga de batería.
Porque sí, por ser un libro.
Y porque el papel, como el amor, es más fuerte.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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