SENSACIONES Y SENTIMIENTOS

Sociales 06 de octubre de 2020 Por Redacción
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FOTO LA OPINION DE MALAGA// BAILANDO // Un  grupo de adolescentes baile en los años `60.
FOTO LA OPINION DE MALAGA// BAILANDO // Un grupo de adolescentes baile en los años `60.

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QUINCE AÑOS TIENE MI AMOR
¿Alguien olvidó esta canción, representativa como pocas, de los años sesenta?
“Quince (quince) / años (años) / tiene mi amor /Le gusta (gusta) /tanto (tanto) bailar el rock / Es una chiquilla tan divina y colosal / tiene una mirada que nadie puede aguantar”
Por esas coincidencias que no lo son tanto -porque las hemos buscado- nos enteramos de que “Quince años tiene mi amor” ha cumplido los sesenta años. Como todas las cosas que tienen la virtud de mantener y/o aumentar- su alegría de vivir, toma el cuerpo siempre abierto de la luz y sale al aire a cantar.
Como los quince años no son edad de riesgo, esa permanente chiquilla ideal (“Si le doy mi mano ella la acariciará / si le doy un beso ya sabré lo que es soñar”) recibe gozosa los elogios, que le hemos dedicado en su momento, sin olvidar que nació junto a una música que fue emblemática desde que surgió (“bonita y caprichosa / del jardín la mejor rosa / pero cuando más me gusta es bailando este rock”). Nosotros, habitantes de los sentimientos, nos dejamos llevar hacia el difuso límite del tiempo, tan certeros en las vivencias.
Uno de los mayores problemas era en esos tiempos acertar con un tema de conversación “adecuado”, con la chica que había aceptado bailar con nosotros esos ritmos fáciles de pasos siempre iguales. Otra cuestión, y no menor, era decidir si íbamos a comenzar a hablar enseguida.
Es cierto. Había un muy elemental manual, aprobado por toda la generación: en la primera vez que se entraba en contacto -entendido principalmente en lo literal- la incógnita era cuales serían las palabras a emitir. Por lo protocolar del momento resultaba casi como una encuesta, con preguntas “obligadas”, discretas para no demostrar curiosidad indebida. La costumbre indicaba que el primero en hablar debía ser el “muchacho”, mientras que la “chica” se limitaba a escuchar atentamente antes de responder. Y todo se complicaba porque también se debían mover los pies, en una acción que presuntuosamente llamábamos bailar.
(“¿venís seguido?”, “¿te gusta la música?” “¿conocías este lugar?” ¿”te gusta bailar”? “¿estudiás?)
Como ellas siempre tuvieron el control de esas situaciones, estaban debidamente preparadas para el momento (además habían propiciado el encuentro de miradas con el preseleccionado chico) y facilitaban la conversación haciendo graciosamente a un costado la primeras barreras.
Pero no siempre funcionó bien esa buena predisposición. Cuando el muchacho sabía mucho de música y la chica nada, se creaba el primer conflicto comunicacional. Veamos: si a la pregunta inicial ella respondía que le agradaba la música, el muchacho entraba más en materia con la temida (por ella) pregunta: “¿Cuál?”. Las chicas, que no estuvieron nunca desprevenidas, lanzaban una eficaz respuesta: “Ah… toda la música”, con lo que el chico, deseoso de lucir sus conocimientos, quedaba como flotando en el aire y se producía un vacío impensado, un poco tenso, donde la atención iba decididamente al baile en sí mismo, hasta tanto aparecieran las palabras salvadoras. Si ellas querían que la relación siguiese (hay que tener en cuenta que todavía no había empezado) la pareja tenía ya el futuro asegurado.
Muchos años después, el muchacho ya crecido y la señora desarrollada en familia, comprenderían qué fácil habría sido el primer contacto si el muchacho comenzara elogiando algún detalle de la ropa o del peinado de ella. Eso sí, como si lo hubiera notado en ese preciso momento.
Es cierto que los adultos, con todo su incorporado tiempo de vida, podrían haberle avisado antes.
Pero lo aprendieron mucho después de haber transcurrido su adolescencia.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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