Sensaciones y sentimientos

Sociales 15 de septiembre de 2020 Por Hugo Borgna
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ROCK: LO QUE DEBIO SUPERAR
Es fácil sacar conclusiones de los hechos ya ocurridos, leyéndolos en el diario del día posterior.
Por los años 50 nació, como de la nada, un ritmo desconocido hasta entonces. Irrumpió con un inesperado éxito por el mundo: el rock and roll. ¿Habrá tenido el autor, ese simpático señor de aspecto respetable y pequeño rulito sobre la frente, una idea clara de la importancia y difusión que ganaría el ritmo que había creado?
La letra traducida de “Rock alrededor del reloj”, de Bill Halley, dice: “Un, dos, tres, cuatro, rock / cinco, seis, siete, ocho, rock /nueve, diez, once, doce, rock / vamos a rockear alrededor del reloj de noche / Pónganse sus mejores galas y únanse a mí, cariños / tendremos algo de diversión cuando el reloj marque uno / vamos a rockear alrededor del reloj de noche / vamos a rockear, rock rock seguimos a plena luz del día (…) cuando las campanas cinco, seis y siete (suenen), vamos a estar bien en el séptimo cielo (…) Cuando sean las ocho, nueve, diez y once también / seguiré fuerte y tu también / vamos a rockear rock, rock, seguimos a plena luz del día.”
Los hombres sabios de los años cincuenta quitaron horas al sueño para encontrar algún posible mensaje subliminal oculto en esa letra y llegaron todos, al término de una semana de intenso análisis intelectual, a la misma conclusión: “Es una clara invitación a bailar un ritmo llamado rock”.
En los oídos de todos nosotros ha quedado registrado el contagioso sonido y su efecto en la música de entonces –básicamente melodiosa- para cambiar los parámetros. En el país de origen, ganó el mismo lugar preponderante que el reflexivo e intenso jazz y la música folclórica del Oeste.
Como es sabido, el rock and roll fue una explosión feliz de negras, blancas, difusas y saltarinas notas sobre el alambrado de cinco líneas paralelas que ganó ámbitos y océanos llegando hasta a influir a los creativos y armoniosos Beatles.
Pero no le sería fácil el triunfo total en el mundo.
En nuestras latitudes, el tango (severo y profundo), con justo motivo, tuvo una reacción con “Susanita”, que expresa en su letra que el rock and roll no era para nada bienvenido (“Para mí eso no es baile, eso es una chifladura, mezcla rara de acrobacia combinada con el catch”).
En otro sector de la música, Billy Caffaro en “Marcianita”, aportó lo suyo (“Quiero una chica de Marte que sea sincera / que no se pinte ni fume / ni sepa siquiera lo que es rock and roll”)
Pero la dificultad del rock estuvo en sí mismo y en su consecuencia. Un ritmo parecido y más atenuado, le compitió al poco tiempo de aparecer su fulgor y lo hizo en su propio lugar de origen: de baile fácil y sin acrobacias, hizo tuvo un surgimiento triunfal el “twist”.
Muchas notas saltaron, jugaron (sin discriminación por el color) y se pusieron serias, desde entonces, en el amplio campo de cinco líneas que en lugar de separar, unen.
Llegó Pink Floyd, el emblemático grupo que le dio una riqueza formal ni siquiera soñada, en sus más ambiciosos vuelos, por el músico del rulito en la frente. A la palabra “rock” se le agregó, para distinguirlo, “sinfónico”, lejano ya del natal rock and roll, con proyección al modo barroco.
La fusión de estilos y formas amplió conceptualmente las originarias fronteras, hacia siempre y hacia todos. Distintas variantes locales lo fueron aderezando (en Argentina el “rock nacional”), y diferentes tendencias aportaron para que el rock sea un “movimiento” excediendo el ámbito de la música. “El rock en mi forma de ser”, definieron los ahora históricos Virus.
Mientras, tanto la extanguera Susanita, como la eventual marcianita de los anhelos de Billy Caffaro, transcurren satisfechas. Se están considerando pioneras de un modo de vida.

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