Sensaciones y sentimientos

Sociales 08 de septiembre de 2020 Por Redacción
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SENSACIÓN DE EDAD
Sería bueno preguntarse si realmente existe o si es una percepción de un solo momento.
En general la gente simplemente vive. Experimenta necesidades, proyecta acciones, planifica su vida futura: no necesita saber si su edad lo habilita para concretar su proyecto.
Los sueños, los anhelos, las fantasías, dejan a un lado –y bien escondida- la información de la precisa edad y, sin la menor inhibición, se empieza entonces a ubicarse en el exacto momento del instante del goce presentido.
Por supuesto. Hasta ahora no se ha definido todavía que es una sensación de edad. Hace falta entonces buscar ejemplos, que no son otra cosa que lo que hace posible entender lo abstracto.
Ocurre por estos tiempos que alguien de 60 o más años, con una salud controlada y tranquilizadora, va a una entidad recaudadora a cumplir con el pago de impuestos o servicios. Como el clima acompaña sus deseos, no anda apurado. Siente el generoso aire provisto por la cotidiana y mansa intemperie. Se ubica al final de una fila relativamente larga (para los deseos de cualquiera) y se decide, pacientemente, a esperar mientras mira el movimiento de autos, motos y gente que, como las vaquitas, son ajenos.
Abstraído en esa contemplación, se le aparece sorpresivamente una persona que le dice algo parecido a “Abuelo, venga conmigo” y lo ubica al principio de la fila.
Esa persona, que se había percibido hasta entonces como un ser de determinado sexo, nombre y apellido y dirección, entiende rápidamente que los demás –representados por esa amable persona que lo trató de “abuelo”- lo identifican claramente su etapa etaria (es decir el bastante preciso cálculo de cuántos años han pasado desde que nació).
En ese momento la persona en cuestión descubre que los demás, sin su pedido, viven haciendo una estimación de sus años transcurridos.
Y de pronto lo gana una sensación de “tener una edad”. Que no queda en solamente eso, sino que lo lleva a hacer una revisión (a veces crítica, a veces complaciente) de su pasado, presente y del ahora eventual tiempo que podrá transcurrir andando y respirando.
De haberse considerado un ente abstracto y despreocupado, empieza a percibirse como un anciano y aceptará –aún con dificultad- que es posible que sea un “viejo”.
Es cierto que los que tienen menos años no perciben por lo general la “sensación de edad”. Los niños, por ejemplo, son siempre auténticos. Les importa concretar sus deseos al instante, desconociendo voluntariamente lo que los padres y otros adultos les quieren inculcar: que son muy chicos para algunas cosas (en realidad para todo), e igual acometen para realizarlas. Por su parte, los adolescentes ven como un espacio con niebla -que no tiene interés en aclarar- su futuro, y, pasado ese tiempo, se sienten obligados a planificar su futuro.
Les ha aparecido, con toda la fuerza, una insoslayable sensación de edad.
En cuanto a los seres con una edad que supera a la de la mayoría, la sociedad estableció -sin avisarles- una cultura (con manual incluido) para el cuidado que se les debe dar.
Casi ninguna persona se ve a sí misma, de primera lectura, como de alguna clasificación por edad, pero esa especificación existe, real y casi tangible. Como la definición “edad de riesgo”.
Siempre hay algo que condiciona la vida, se tenga o no una edad “riesgosa”, o no.
Es bueno saber que todas las edades tienen su parte buena… y la otra.
Y que, por lo demás, llegar a “esas” edades es un hecho natural. También inevitable.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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