Participar el buen ánimo

Notas de Opinión 01 de agosto de 2020 Por Victor Corcoba Herrero
Nunca es tarde para tejer una red de apoyos sociales. Si en verdad queremos resurgir a una vida nueva, lo primero es tenerlo claro, después tener el entusiasmo de llevarlo a buen término, y observar el cumplimiento de lo trazado para no salirse del buen camino.
FOTO ARCHIVO  ABRAZOS DEL ALMA. Por ahora el COVID-19 cambia los modos de vincularse.
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Frente a multitud de desconsuelos y fuerzas divisorias, nos queda participar el buen talante a través de la amistad, cultivando lazos y fortaleciendo la confianza entre todos. Nunca es tarde para tejer una red de apoyos sociales que nos protejan y lograr, de este modo, un mundo más habitable; donde todos podamos dar lo mejor de nosotros mismos, para que fructifique el bien colectivo. Sin duda, uno de los mayores gozos pasa por saber en quién confiar, pues no hay sentimiento más noble y valioso en la vida, que contar con un hombro donde poder dividir angustias y con mil palmas para multiplicar alegrías; máxime en una época en la que todos los pueblos de la tierra, con sus moradores al frente, han de responder a la pandemia atacando la desigualdad e impulsando el desarrollo.
Una vez más, para desgracia de toda la humanidad, hay hambruna en el horizonte, escalada de conflictos, devastación económica y falta de fondos para las agencias humanitarias. Esto tiene que movilizarnos el alma, para que entremos en auténtico diálogo, pues si importante es la entrega de las culturas a las actividades comunitarias, más trascendente quizás sea el respeto y la reconciliación con el análogo.
Sin duda, estamos llamados a entendernos. Por si solos nada somos. Necesitamos la comprensión mutua y la generosidad de todos. Cada cual debe compartir ese espíritu humano de buen hacer por los demás. Con esta práctica no tendríamos necesidad de justicia. Por eso, hay que salvar como sea ese vínculo de afecto desinteresado, levantar fronteras y alzar visiones que nos ensanchen el corazón.
Sabemos que esto no es fácil, cuando además nos mueven tantos intereses mundanos de aguante; no en vano hace tiempo que nos hemos ya propuesto un conjunto de valores, actitudes y conductas que rechazan la violencia y procuran prevenir los conflictos, pero nos falta abordar con coraje las causas profundas con el objetivo de resolverlos. Indudablemente, hemos de apostar por otro empuje más auténtico.
Más allá de las meras palabras deben estar los hechos. La realidad es que ese mundo armónico no llega, por nuestra irresponsabilidad y espíritu corrupto. Algo tan real como la indiferencia con el prójimo nos distancia. Así, somos incapaces de ponernos en el lugar del otro, de comprenderlo y de salir de nuestra comodidad y aislamiento, de sentirnos familia; y, por ende, de concebirnos cercanos en los sueños existenciales, que hemos de compartir, porque todos nos requerimos en presente y en presencia viva.
Precisamente, la pandemia de COVID-19 nos ha demostrado la naturaleza interconectada de nuestro mundo y que nadie está a salvo si no lo estamos todos. Únicamente actuando con adhesión de corazón podrán nuestras comunidades tener otro temple más esperanzador.
De momento, nos habíamos propuesto promover una cultura de paz mediante la educación, un desarrollo económico y social sostenible, el acatamiento de todos los derechos humanos, la comprensión, la tolerancia y la solidaridad, sin ser capaces de persistir en el arranque de los mismos. Fallan los planes educativos en todo el astro. También fracasan las recuperaciones económicas, que no suelen ser respetuosas con el medio ambiente ni tampoco inclusivas. Se frustran y se violan derechos humanos como si nada. Y, además, solemos dejar en la estacada ese espíritu de lealtad, que no suele ser tal, sino más bien de escaparate.
Ojalá aprendamos a estar siempre dispuestos a mejorar, a perdonar los pequeños defectos de nuestros semejantes, a vencer los embates de la vida en unión siempre, a convencernos de que la verdadera fuerza humana es un latido de muchos corazones que habitan en diversos cuerpos, todos necesarios e imprescindibles, con su propia identidad de sentimiento, pero en conjunción perennemente, que es lo que da valor a nuestra supervivencia como linaje. Por cierto, el inolvidable filósofo griego Platón (427 AC-347 AC), ya advertía en su tiempo tres facultades en el hombre: “la razón que esclarece y domina; el coraje o ánimo que actúa y los sentidos que obedecen”.
Desde luego, si en verdad queremos resurgir a una vida nueva, lo primero es tenerlo claro, después tener el entusiasmo de llevarlo a buen término, y observar el cumplimiento de lo trazado para no salirse del buen camino, que no ha de ser otro que el cultivado por un estético estado de moral, que es lo que nos realza por fuera y por dentro.

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