Mi conversación con el Centro Ciudad de Rafaela

Información General 10 de julio de 2020 Por Hugo Borgna
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Aquella mañana habría sido plácida y sin sorpresas frente al Teatro Lasserre, si no hubiera sido que ya eran las cinco de la tarde (permiso y gracias, Les Luthiers), cuando me detuve, como es mi costumbre, a mirar el frente vidriado.
Me pregunté por qué será que los teatros tienen esos generosos frentes donde exhiben su presente y su pasado más cercano. Me lo pregunté, decía, y más tarde, luego de la conversación que tuve con él, lo supe cabalmente.
Leyeron bien, lectores. Dije que hablé con el Teatro Lasserre. Fue una conversación “un poco” accidentada al comienzo, pero llegamos a un buen final de obra, con ganas (espero que mutuas) de abrir otra vez el telón.
Decía antes que estaba en la vereda cuando una voz clara de excelente dicción, dijo “Hola” y continuó “Bienvenido”.
Me parece que algo no está bien, le dije, los teatros no hablan.
Estaban las puertas cerradas pero igual pude escuchar un rugido, que imagino había surgido desde la garganta del propio escenario.
¿Cómo que los teatros no hablan? ¿Y las trabajadas voces de los actores?, dijo con gran enojo, y continuó: ¿Y los mensajes profundos que dejan los textos de las obras? ¡Esos llegan con toda energía y verdad!
Perdón, dije, mientras comprendía que no sería la única vez que necesitaría disculparme. Tengo algunas dudas, ¿me las podrías contestar?
Percibí un silencio de aceptación y comencé el diálogo propiamente dicho, confiando en que sea amigable.
Entre tu frente y el de esa casa actualmente deshabitada hay una especie de caminito. ¿Para qué es?
Mejor dicho “era”, respondió con un poco de congoja. En esa casa funcionaba L T 28, la primera radio de amplitud modulada de la ciudad y, como era frecuente, los actores de trascendencia nacional que yo recibía se cruzaban para que allí les hicieran una nota; de entidad importante a entidad importante, claro, dijo aspirando mucho aire para decirlo, y continuó: por eso se construyó ese caminito pavimentado en medio del cantero.
Alguien me lo había insinuado, sí.
Creo que sabrás que estoy cumpliendo 80 años. Y si no fuera por “esta pausa temporaria” habría mucho movimiento adentro.
Ya que estamos dentro de la historia, ¿me podrías decir de quién estás muy agradecida?
De “B”
¿De B?
Sí, por supuesto, de B. Juan Lasserre, dijo, y continuó con evidente matiz irónico: el teatro no se llama así por la calle que cruza con Brasil y O’Higgins.
Está bien, hagamos la paz. Hablame un poco más de Lasserre. ¿Qué significa esa “B”.
No se lo digas a nadie, porque él no quería usar su primer nombre. Se llamaba Bartolo Juan. Es nuestro prócer; además de presidir la primera comisión directiva, fue un alma pater del “Centro” en todo lo que implica; dirigente, actor y director. Escuchá esta declaración de principios, continuó diciendo el Teatro. Es del acta fundacional: “Queda constituida en la ciudad de Rafaela una asociación de carácter Cultural y Filantrópico, cuyo objetivo principal será el de difundir los conocimientos del teatro, la literatura y las ciencias, propiciando veladas y espectáculos de esa índole”. Y… ¿qué tal?
¿Qué tal que?
¿Cómo qué tal que?, respondió con resabios de ira de los mejores actores que pasaron por el escenario actuando momentos de extrema tensión, y concluyó: ¿te parece poco?
Desde las primeras palabras en la vereda supe que el encuentro iba a ser más difícil de lo previsible y que debería disculparme más de una vez. Ésta fue la segunda.
Perdón, no debí decirlo, conozco bastante la trayectoria. Yo también lo nombro con afecto “el Lasserre”.
Sé que estuvieron en el escenario enormes artistas, entre locales y de otras ciudades seguí diciendo.
El Teatro dio un largo suspiro, hizo una pausa.
Tenés que entender que son tantos y de tan grande trayectoria que muchos quedarán sin ser nombrados. Pero te voy a decir una que es un símbolo del teatro internacionalmente.
Volvió a aspirar y dijo, henchida de orgullo:
Margarita Xirgu.
¿Hubo alguna obra en la que “levantaron un nivel”?
Notó inmediatamente la alusión.
¡Claro que sí! Nuestro pueblo, de Thorton Wilde, en ésa no había diferencia de altura entre el escenario y la sala, mediante un mecanismo propio de “nuestro teatro” ¿Sabías que se inauguró el 11 de octubre de 1969? Y en cuanto a obras muy representativas del teatro nacional, escuchá: Orquesta de señoritas, Convivencia, Invitación al castillo, Pedro y el lobo, Recordando con ira, Doña Flor y sus dos maridos…
¿No te estás olvidando de dos muy comentadas?
…no me olvido, las había dejado para el final: Equus y La lección de anatomía, esa en la cual se ve a los actores como eran apenas nacidos (y aclaró que eran iguales pero chiquitos)…
Seguía entusiasmado con el relato, lo dejé seguir hablando sin interrumpirlo.
…no llegó Lasserre a ver concluido el teatro. De algún modo, en abril de 1967, hizo un cambio que fue un agregado; dejó su presencia física para ser también apoyo espiritual.
¡Cuántas generaciones de público, de dirigentes y de artistas, reconocen como parte suya el teatro!, exclamé.
Él seguía en silencio.
Una trayectoria de película, reflexioné en voz alta.
¡Claro que sí!, dijo entusiasmado, también funcionó un cine en la sala. Se llamó Cine Teatro Lasserre.
¿Viste? , continuó, ¡una obra completa!
En ese momento comprendí que cuando se dice “obra completa” es una invitación a terminar una conversación; hay que aprontarse a construir un futuro acorde con tanta historia.
Y entendí también por qué los teatros tienen ese frente tan amplio. Es para guardar y mostrar al mismo tiempo tantas vivencias, y para dejar espacio y ventanas compartidas a las más nuevas.
Queda perfectamente claro que no fue una despedida, solo un hasta luego, para cuando vuelva a pasar frente al teatro y me detenga a mirar los promisorios afiches.

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