El Gran Gómez Pérez

Información General 29 de junio de 2020 Por Redacción
LOS HIJOS DE GÓMEZ PÉREZ





Por Eduardo J. N. Paoletti


El Sr. Gómez Pérez había empezado a incursionar en política. El mismo había sufrido un robo tiempo atrás, y empezó a arengar en contra de los ladrones.
Se empezó a escuchar fuertemente la necesidad de modificar las normas penales que defendían a los delincuentes lo que, sumado a un poder judicial que era una puerta giratoria, hacía que sea mejor y más fácil ser ladrón que un ciudadano recto y correcto. Parecía que el pensamiento de Santos Discépolo “…el que no afana es un gil…”, se había convertido en la concepción generalizada.
Este mote de defensor de los indefensos y este lema que era plenamente apoyado por los medios de comunicación llevaron a Gómez Pérez a niveles de popularidad altísimos dentro de su mediana comunidad, “Villa Alba”. Todas las señoras opinaban, “cuánta razón que tiene Gómez Pérez”, “Es el único que puede parar con estos delincuentes”.
La propuesta de Gómez Pérez consistía en incorporar una modificación en las normas penales que permitiese omitir en ciertos casos la necesidad de juicio previo, y otorgaba la autorización jurídica para realizar lo que llamamos justicia por mano propia.
Gómez Pérez era un hombre de familia, tenía tres hijos, una hermosa nena y dos valientes niños. Uno de ellos, el mayor, estudiaba Filosofía en la facultad y tenía ideas un tanto revolucionarias. El del medio era estudiante de secundario del último año, era un “cheto” que tenía pensado estudiar Administración y continuar los pasos de su padre. Julia era la menor, la más aplicada y una señorita que deseaba ser médica (para ello le faltaba terminar el cuarto año y luego el quinto del secundario). Gómez Pérez había heredado de su padre el negocio familiar, y lo había hecho crecer hábilmente hasta lograr tener una Pyme que avanzaba a paso firme.

Batería de normas. Basta de puerta giratoria!


Una vez sido electo, Gómez Pérez dudó en llevar adelante sus promesas de campaña. Tenía el miedo obvio a todo gran cambio que debe ser provocado por uno mismo. A pesar de ello, Gómez Pérez tenía a la opinión pública de su lado, así como a los comunicadores. Solo algún “pseudo progresista” defendía ideas diferentes a las de Gómez Pérez.
“Como por un tubo” las normas planteadas por el gran Gómez Pérez salieron a la luz. Se planteaba que aquel que era descubierto cometiendo algún delito podía ser atrapado y castigado por la comunidad y ello no conllevaría de ninguna manera una sanción contra quien restableciese la paz y el orden.
Fue “el Brian Pérez” el primer delincuente capturado. Salía de robar a mano armada y para ello mató al padre de Gervasio. Fue interceptado por tres vecinos que, al sentir los gritos desgarradores de Gervasio y escuchar ese llanto inexplicable, salieron con su escopeta y palos para disparar a Brian. Los señores Morgan no solo le dispararon, sino que le siguieron pegando varios minutos después de muerto. Gervasio salió a la vereda y eso no llegó de ninguna manera a consolarlo; su padre ya estaba muerto y la muerte de “el Brian” no se lo devolvería. En ese momento Gervasio quería, además, matar al padre de “el Brian” y a todos sus familiares, si es que los tenía. Era un sentimiento más que entendible. Nadie tiene derecho a arrebatar nada de otro y aún menos la vida.

“El Brian”

La verdad es que Brian no tenía padre, mejor dicho jamás lo había llegado a conocer. Tenía siete hermanos y tres hijos pese a su corta edad. No era la primera vez que Brian robaba, de hecho lo había vuelto su “oficio”. Dos de los hijos de “el Brian” seguirían el negocio del padre años más tarde.
El Brian nunca aprendió a laburar, era de la cultura del “no trabajo”. Sus hijos lo mismo.
Cuando “el Brian” fue castigado y maltratado hasta la muerte, la gente aplaudió. Con este evento se festejó el primer gran logro de la norma, era un gran éxito. Los únicos que lloraron fueron los hijos de “el Brian” y su mujer embarazada. Gervasio tampoco estaba satisfecho.
Este singular personaje sin ningún tipo de remordimiento, ni pensando un segundo en Gervasio y su dolor (y que ahora debería hacerse cargo de sus estudios y de su madre), había asesinado a sangre fría a una persona por un auto. El valor de esa persona era para “el Brian” menor que el valor del auto (era un vehículo de alta gama). ¿Porque pensaría “el Brian” que su vida valía más que la del padre de Gervasio? O ¿Por qué pensaría que valía menos? Todo esto ya no importaba, ninguno de los dos estaba más en la Tierra como para poder contestar estas interrogantes. Tampoco importaba que las hicieran.

Todo sigue igual de bien

Como todo comienzo drástico, hubo una seguidilla de casos donde los héroes eran levantados en andas. Con cada caso los héroes se pusieron más duros con los delincuentes, y la muchedumbre los alababa aún más cuanto más doloroso el escarmiento. Hasta se volvió una competencia, ya que los más violentos terminaban en las noticias y llevaban partes de sus presas como logros. Se armaron patrullajes civiles. Muchas veces se castigó fuertemente a potenciales delincuentes, porque se presumía que estaban a punto de delinquir. “El Jonathan” lloraba diciendo que no estaba robando, que había tomado las cosas del maxi quiosco para ir hasta la caja y pagarlas, pero Pedro y Marcos no le creyeron. Tampoco le dejaron opción como para que hayan dudas posteriores ya que rompieron su cabeza contra el cordón de la calle.
Villa Alba no prosperaba económicamente y bajaban los índices de empleo, encima de ello “los mal vivientes” seguían delinquiendo y llevándose lo que no era de ellos, lo que era de gente que se esforzaba por lograr esas cosas y que luego les era arrebatada.

Las dudas de Milton, el hijo mayor

Milton, que era un chico nacido y criado en un ambiente de clase media alta tenía amigos de todos los sectores sociales. Era sencillo y no tenía problemas con nadie, lo que hacía que se relacione fácilmente con cualquiera. Por su lugar en la sociedad muchos tenían prejuicios contra él, pero si le daban la oportunidad este lograba disolverlos rápidamente y obtenía el afecto de estas personas.
Milton quería muchísimo a su padre, pero discutía bastante con él.
Dada su formación, y su misma esencia (que lo llevo a decidirse por el camino de la Filosofía), siempre tuvo muchas interrogantes.
Cuando su padre comenzó con la cruzada para llevar adelante los famosos cambios en la normativa penal, Milton dudó mucho. Tanto dudó que contagió por momentos estas dudas a su padre. Fue el quien hizo por un momento pensar a Don Gómez Pérez si, pese a que la opinión pública se lo imploraba, estaba haciendo lo correcto con estas reformas.
Lo primero que hizo Milton fue preguntarse “¿Por qué?” y “¿Para qué?”
El hijo mayor del importante político creía en que los hombres nos encontramos ante una constante búsqueda de la felicidad, es más, creía que la felicidad estaba contemplada justamente en esa búsqueda infinita. Creía que si existiera posibilidad de encontrarla, ya nada tendría sentido y por ende nuestra vida quedaría vacía y dejaríamos de ser seres humanos.
Asimismo, creía que cada uno posee su propio fin, sus propias metas en búsqueda de esta felicidad. Esta subjetividad –decía- es lo que nos hace sujetos. Cada persona tiene su propio fin y el resto no debe juzgarlo o entrometerse en el proyecto de vida ajeno. La racionalidad de los diferentes fines se encuentra en buscar los medios. Solo era admisible la intromisión cuando alguien se entrometía en el plan de otro.
No negaba, por otro lado, que estos fines estén subordinados a un fin superior. Era esta, de hecho, su gran duda. No podía entenderlo por completo en su mente pero tampoco concebía un mundo, un orden sin un comienzo y un fin, sin algo más. No podía representarse la nada en su cabeza. Nada antes de su nacimiento, nada posterior a su muerte. No podía aceptarlo.
Creía Milton, que más allá de la posibilidad de un fin único al que subordinamos todos los demás concebidos en nuestro plan, todos los planes de vida son diferentes. Creía como John Finnis en la existencia de “basic values” o bienes humanos básicos, pero que cada uno de los seres conforme su búsqueda de la felicidad, los ordena de manera distinta.
Creía que la validez de estos fines estaba en la racionalidad de sus medios. Pensaba como Rawls que “si existe ese fin al que se subordinan todos los demás fines, es probable que todos los deseos, en la medida en que sean racionales, admitan un análisis que muestre cual son los principios que corresponden aplicar”.
Aunque su pensamiento difería del de San Agustín, que consideraba que el mundo ya era conocido por Dios, aún antes de haberlo hecho, y que por ello las cosas brotaban de su pensamiento, coincidía en algún punto con Popper por creer que de alguna manera todo viene dado por alguien que lo ha creado. Asimismo, aunque hubiese pensado como Sartre en que cada uno elige su propio fin (para este no hay Dios creador que de un fin determinado), si consideraba que existe un horizonte lejano que aunque no lo veamos sigue existiendo y todos los caminos conducen a este.
A pesar de que quizás el mundo no tenga sentido, y que el pensamiento no lo puede conocer enteramente, Milton siempre creyó. Así, como analizó Foucault, la filosofía occidental tomo a “Dios es ese principio que asegura la existencia de una armonía entre el conocimiento y las cosas a conocer”. Milton creía así en algo más, algo superior, una guía.

¿Qué pena? O ¡Qué pena!:

Ante todo esto, Milton (con su espíritu curioso) se empezó a preguntarse puntualmente sobre las iniciativas de su padre y que avalaba toda la sociedad.
Partiendo del pensamiento de Rousseau, para quien el Estado es la “…asociación capaz de defender y proteger, con toda la fuerza común, la persona y bienes de cada uno de los asociados…”, el hijo mayor del gran Gómez Pérez empezó la búsqueda que los habitantes de Villa Alba nunca habían emprendido. Muchas veces por estar inmersos en la misma problemática y no poder sustraerse a pensar desde afuera por haber sido víctimas, o muchas veces por hacer un populismo inconsciente de escuchar a la gente pero no evaluar el contexto en el que se expresan (muchos políticos se encontraban en este punto). Siguiendo el análisis del concepto de Rosseau, y avanzado en otros pensamientos y en los propios, creía que muchas veces “Las leyes son condiciones con que hombres independientes y aislados de unieron en sociedad, fatigados de vivir en un continuo estado de guerra…”, y por ello “…solo las leyes pueden decretar las penas sobre los delitos; y esta autoridad no puede residir más en que el legislador, que representa a toda la sociedad unida por un contrato social…”.
Este vio que para Kant, el hecho de dejar un solo culpable sin pena no puede ser compensado jamás por todos los casos en los que se castigue a los culpables. Era imperioso castigas a todos. Asimismo las características de la pena (siguiendo a Hart) son: a) La cancelación de derechos; b) la consecuencia de un delito; 3) la imposición por un órgano del sistema jurídico. Conforme esta concepción una pena necesita causar un sufrimiento, privación de manera intencional. Esto concordaba plenamente con lo peticionado con la sociedad de Villa Alba.
Conforme los retribucionistas, que siguen la Ley del Talión “ojo por ojo, diente por diente”, el mal se responde con mal: a) la pena es consecuencia de un mal; b) hay un acto culpable y un actor responsable; c) el sufrimiento del actor debe ser proporcional al mal. No se pena al inocente; y ante un delito más grave, corresponde una pena más grave. Estas teorías resonaban en la cabeza de Milton, ya que pensaba que el mal con mal, nunca generaría un bien. Por otro lado, y como se vio en Villa Alba la justicia por mano propia nunca fue proporcional, ya que la pasión y falta de racionalidad al momento de conminar la pena automática generó todo tipo de torturas y males a los delincuentes. Por otro lado, para estos pensadores bastaba con el reproche moral para que la pena esté justificada (contrario al principio de autonomía de las personas).
Para los promotores de prevencionismo como Bentham, el fin es aumentar la felicidad. Hablar de felicidad era para Milton escucharse a sí mismo. Para estos el mal de la pena debe evitar un mal mayor, y sus condiciones son: a) prevenir males; b) inexistencia de un medio más económico; c) evitar un perjuicio mayor. Planteaba Rousseau que quien comete un delito queda fuera de la sociedad, por lo que propinarle cualquier delito se justifica. Esto tampoco convencía totalmente a Milton ya que pensaba que se terminaba usando a las personas como medios. Toma la sociedad como un todo, olvida individuos y Milton era ferviente convencido de la importancia de los individuos dentro de la comunidad y del todo que conformaba la sociedad.
Milton creía en la función resociabilizadora pero sabía que no estaba funcionando correctamente por las deficiencias carcelarias, y de la política penitenciaria. Ello sumado a una sociedad estigmatizadora ante quien delinque. Pese a ello, Milton creía mucho en el hombre y que podía cambiar. Como dijimos, Milton era positivo en relación a la humanidad, y más allá de que un ser pueda equivocarse en su plan de vida, existe un fin último nos une y al que todos tendemos.
Diferente a Rousseau, no consideraba que había que excluirlo al delincuente, sino que era necesario intentar volver a sumarlo. Pensaba como Marc Ancel para quien “…el sistema anticriminal debe realizarse a través de un conjunto de medidas extrapenales, en el sentido de la palabra, destinadas a neutralizar al delincuente, tratándole por medio de una acción sistemática de resocialización; esta se basará en una humanización siempre reciente del nuevo Derecho penal…”. Asimismo, por otro lado, también pensaba que “Si una determinada medida tuviera como único fin la rehabilitación y pudiéramos pensar casos hipotéticos en que todo tipo de padecimiento fuera suficientemente compensado o desapareciera de la cuestión, yo dudaría en llamarla pena”
Vio también que existía una corriente consensualista -que seguía Carlos Nino-, la cual plantea que el acto de un individuo debe tener conocimiento de las consecuencias normativas aparejadas. Para estos hay importancia de las actitudes subjetivas.
Milton no quedo del todo convencido. Tenía más dudas que certezas, pero su mayor duda se encontraba en la validez y la concordancia entre su concepción de ser humano y su finalidad, de conocimiento y de Estado, con las nuevas políticas propuestas por su padre.
Una noche, Milton fue a cenar a casa de sus padres y planteó este tema que tanto deseaba esquivar, pero que su carácter le impedía. La pelea y la discusión fueron tan grandes que Milton se tuvo que ir de la cena sin terminar y no volvió a hablar con su padre.

Los otros Gómez Pérez

Fue esa misma noche, luego de que Gómez Pérez peleara con su hijo, que mientras miraba televisión y tomaba un whisky, el flash informativo celebraba como dos jóvenes (un varón y una mujer) que habían atropellado a un chico, mientras uno conducía con ebriedad, habían sido linchados.
Gómez Pérez se preocupó por sus dos hijos menores, el rey y la princesa de la casa. ¿Será que chocaron a alguno de ellos? - Se preguntó. Si llegase a pasar los mataría pensó. Ojala los delincuentes no sobrevivan a la golpiza.
Los chicos habían salido a pie y las calles estaban con constantes problemas de tránsito.
Gómez Pérez corrió a la cochera para buscar el auto y luego salir por sus hijos. Presionó el botón del portón eléctrico para abrirlo y cuando ingresó el auto no estaba. ¿Cómo puede ser? – Se interrogó así mismo, el reconocido político. Pensó que quizás Martín (el futuro administrador) se había llevado el auto sin permiso como ya lo había hecho en otro momento.
Desconcertado, volvió a la sala y se sentó nuevamente en el sillón. Encendió nuevamente la televisión. Reconoció el auto protagonista del siniestro y, deseando no hacerlo hecho, conoció también a los dos jóvenes que yacían azotados en el piso rodeados de enormes charcos de sangre.

BIBLIOGRAFÍA:

Nino, Carlos S., Ocho lecciones sobre ética y derecho para pensar la democracia, 1° ed., Bs. As., Siglo XXI editores, 2013.
De los delitos y de las penas, Librería El Foro, Buenos Aires, 2010.
Rousseau, El contrato social, Globus Comunicación.
Simone de Beauvoir: La ceremonia del adiós, 1983, Buenos Aires, Sudamericana. – Federico.
Nietzsche: El Eterno Retorno, 1974, Buenos Aires, Aguilar.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
Seguinos en Facebook y Twitter

Te puede interesar