Sensaciones y sentimientos

Sociales 23 de junio de 2020 Por Redacción
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PATORUZU EN LA MEMORIA
Para la memoria colectiva, mencionar a Patoruzú implica abrir una cueva más generosa y rica que la que conoció Alí Babá.
Los personajes nacidos de la imaginación de Dante Quinterno fueron creando un ámbito diverso, interesante, indispensable. El inefable indio tehuelche necesitaba compañía que no fuera necesariamente contrafigura, y su padrino cumplió la tarea de gastar dinero que no tenía y vivir de “farra” corrida; pero a su vez necesitaba una familia propia y nació entonces como elemento principal de otra historieta Isidoro, sobrino del rígido coronel Cañones, quien tenía a su cargo la difícil tarea de poner en línea, con la moral y buenas costumbres, a Isidoro. Amigo de vestir bien, huía de un consecuente acreedor -el sastre llamado Popoff- quien hasta el momento no consiguió que le pague los trajes- y un amigo “mufa” que le arruinaba sus mejores posibilidades. Ellos, los dos nombrados y su tío, obstaculizaban el brillo deseado por el ingenioso y desprejuiciado Isidoro Cañones en su vida de “bon vivant”.
En la revista Patoruzú también tuvo cabida un personaje que no era de la familia del indio, sino más bien perteneciente a otro generalizado grupo humano: el de los oficinistas.
“Don Fierro” es un empleado tipo, de mediana edad, casado, cumplidor y aplicado en sus tareas, subalterno del “jefe”, una persona de poca estatura y ambiciones de reconocimiento tan altas que superan la altura de los más longilíneos. En esa oficina, el jefe no siempre es brillante y queda muchas veces sufriendo “papelones” y, ante la inevitable risa de los oficinistas, los amenaza con “una sonrisa, un gesto y les arrojo la máquina de escribir”. Obviamente, la informática no era conocida ni soñada por nadie, incluyendo al mismísimo Julio Verne.
Esos personajes eran los más buscados por los apasionados lectores semanales (siempre en las revistas se mira y lee primero lo que tiene dibujos), pero también marcaban buena presencia otros, habitantes sólo de la palabra en los relatos.
Uno de los más leídos era “El gordo Villanueva” (la película que se filmó con Jorge Porcel como el gordo, muestra en movimiento y voz los detalles de sus andanzas) El gordo (se llama Clodomiro Villanueva) se presentaba recitando “soy del Doctor Clodomiro Villanueva, bgnmmm de la Nación” (anticipo claro de la “sanata” de Fidel Pintos) y pergeñaba engaños y pequeñas estafas, como aquélla en que recibió el encargo de una ama de casa: hacer una pileta para ejercicios, y la hizo… pero no la que se imaginan, lectores, sino una de lavar (esas que ya no existen, donde se frotaba las prendas con jabón sobre una tabla de madera) y, ante el reclamo de la mujer, airadamente defendió su obra diciendo que él había prometido “una pileta” y eso hizo, agregando orondamente “mi vieja la usa y vea qué músculos tiene ahora”
Es necesario admitir que había una humor, a veces simple, en la búsqueda de un mensaje para toda la familia; no hay que olvidar que “Patoruzú” llegó a vender 300.000 ejemplares semanales en los años cuarenta y cincuenta, mediante la fórmula que hoy se llamaría “ingenua”, y que apuntaba a destacar las buenas costumbres y el respeto por los demás. No es poca vigencia: el 30 de abril de 1977 apareció el número 2045 de la revista. Fue el último.
Será más necesario decir que semejante perdurabilidad no podría haberse conseguido si el modo elegido de dirigirse al público lector hubiese sido solo de una ingenua simplicidad.
“Patoruzú” comprendió al hombre de entonces y le dio un material donde lo que primaba era el sentido común, ese mismo pequeño gran ideal que los “avisados” de hoy parecen haber perdido.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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