“El día que diga pavadas o haga papelones, me retiro”

Información General 17 de junio de 2020 Por Redacción
El próximo 30 de octubre cumplirá 82 años. Vital y activo, sigue en el camino laboral pero sin temor a la despedida.
Por Susana Ceballos

La noticia circuló por redes, Héctor Larrea, el hombre que a fuerza de creatividad, carisma y talento se convirtió en rey de la radio y maestro de muchos cantaba el “no va más”. El profesional que cambió la forma de comunicar en el dial, el hombre amable y sin escándalos, el erudito del tango y “gardeleólogo” pero sobre todo, la voz amiga que despierta afecto en miles de argentinos le decía adiós a la profesión. ¿Podía ser cierto?
Es el mismo Héctor Larrea quien en una entrevista con Teleshow despeja las dudas. “Por ahora y mientras me contraten sigo”, afirma con una carcajada genuina. “Mis amigos y colaboradores están advertidos. Me deben avisar si empiezo a decir incoherencias, entonces sí me despido del aire, sobre todo si me convierto en un tipo gruñón y maltratador". Admite que “los 80 años son una bisagra” por eso no hace planes a largo plazo. “Voy resolviendo mes a mes, mientras no haga papelones ni diga tonterías no me retiro”.
Con la despedida sobrevolando, pero para alegría de sus oyentes sin pista de aterrizaje, la pregunta es ¿cómo imagina ese adiós? “No haría un último programa. Haría un penúltimo. La radio es aire y con el aire se va todo y no vuelve. Así que simplemente trabajaría como todos los días”. No tiene planes pero sí un deseo: “Solo espero no irme mal, quiero irme conforme, contento y agradecido”.
Para ese penúltimo no piensa qué volvería a hacer de todo lo que hizo. “Ya está. No conservo archivos, grabaciones, nada”. Aunque, maestro en jugar con las palabras, aclara “Si me preguntás algo que quiero es Rapidísimo” y ese “quiero” engloba deseo y afecto.
Larrea se mantiene activo y vital. Todos los días, conduce por Radio Nacional, El carromato de la farsa y los domingos repasa la obra del “Morocho del Abasto”.
La cuarentena por el Covid-19 afectó su rutina, obligado a quedarse en su casa realiza el programa desde allí. Lejos de la queja se adaptó a la situación. “La radio me instaló un buen equipo. Mi voz y la de mis compañeros salen bien. Les doy el pase con la diferencia que no están en el estudio sino en sus casas”. Admite que “algo del encanto se pierde, la sorpresa”, pero lejos de quejarse lo toma como un desafío.
Comparte que su rutina comienza a las 10 de la mañana cuando se levanta. Productor de sus ciclos elige qué contenidos desea compartir con los oyentes, pero lejos de “cortarse solo” trabaja en equipo y no se “le caen los anillos” cuando tiene que pedir ayuda ante los nuevos formatos digitales. Luego de un almuerzo sencillo ya está listo para empezar el programa que dura de 14 a 16. Al terminar, una siesta tan corta como reparadora es obligada.
Después del descanso, retoma su rutina de hombre inquieto. Junto al periodista Norberto Chab, comunicados por teléfono, preparan el programa que conducen cada domingo acerca de la obra de Gardel. “Se cumplen 130 años de su nacimiento y tratamos de explicarle a la audiencia por qué Gardel es Gardel”. Larrea cuenta -más como anécdota que como blasón- que Chab, reconocido investigador gardeliano, se inició en esa pasión gracias a un segmento de Rapidísimo donde justamente explicaban su obra.
Pero si Larrea es una auténtico animal de radio, también es hombre de una sola mujer. Por sus problemas de salud, Ely, su esposa y compañera de toda la vida, está en un geriátrico. Su patología necesita el cuidado constante de profesionales, pero también el cuidado amoroso de ese hombre que siempre estuvo a su lado. Hasta la cuarentena, todos los días la visitaba. Con el comienzo de la pandemia y ante el riesgo, las visitas mutaron a largas charlas telefónicas. Hoy y con los permisos adecuados la ve día por medio “pero siempre con un plástico que nos separa”, aclara. Amoroso cuenta que la mima llevándola alguna golosina, a veces complicadas de conseguir porque es celíaca.
En los primeros días de encierro disfrutó de la compañía de Laura, su hija que vive en Noruega. Suele visitarlo dos veces al año y justo lo hizo cuando se dictaminó la cuarentena. Ahora regresó al país nórdico, “Porque como decía Atahualpa ‘los parientes son como el pescado, después de tres días apestan”. Con Florencia, su otra hija, hablan a diario, también con los nietos. “Evito las videollamadas. Me ven con los pelos largos, desprolijo, todo barbudo y empiezan a llorar del susto”, cuenta poniéndole humor al encierro.
A la noche, luego de la cena vuelve a disfrutar de sus otros dos grandes amores: la música y los libros. “No leo todo lo que quisiera porque tengo el achaque del ojo seco. Pero, a pesar de tantos años con auriculares mantengo el oído fino así que puedo disfrutar mucho de la música”. Para eso elige algunos de los cientos de cds -no revela cuántos-que tiene en su casa. Están todos ordenados por género y autor. “Es lo único ordenado”, reconoce divertido. Si no encuentra algo lo busca en YouTube “lo uso mucho, hay de todo. Es una maravilla, mi perdición”, pero las plataformas de música no lo convencen. Escuchar música no es solo por placer sino parte de su rutina de trabajo. Elige todos los temas que pasan en sus ciclos por eso se acuesta recién a la madrugada. Erudito del tango puede contar la historia de cada orquesta, cada cantor, arreglador y compositor del género.
Si tiene ganas mira alguna serie, también escucha radio. ¿Qué sintoniza el hombre que cambió la radio argentina, la figura que dinamizó los programas hasta un ritmo febril sin resignar profundidad y logró ser popular pero jamás vulgar? “No hay un programa fijo. Escucho un poco de todo y siempre algo de FM Tango”. Y estas recorridas por el dial le vuelven a confirmar que a pesar de que hace años se asegura que la radio morirá sigue vivita y coleando. “Es que es un medio práctico, cómodo. A quién no le gusta escuchar a un tipo hablando y poder contestarle”.
La vida social no la extraña, siempre fue reacio a participar de fiestas y eventos. “Comenzaba el programa muy temprano y había que madrugar, no tengo mucha noche. Iba al teatro, bastante menos al cine pero no más. Soy medio ermitaño”.
La historia cuenta que de joven era empleado contable de un frigorífico, pero él quería meterse en la radio. Un día le mandó una carta a Antonio Carrizo para preguntar qué requisitos debía cumplir para acceder a ese mundo. “Hay que tener buena voz, secundario completo y mucha lectura”, le contestó el maestro. Larrea no los cumplió, los superó. Se recibió de locutor en el Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica y se declaró en estado de lectura a y aprendizaje permanente.
Cultor de la amabilidad como estilo de vida y no como pose, si le preguntan si sus colegas actuales cumplen los requisitos que le señaló Carrizo, esquiva la polémica pero no la reflexión. “Habría que preguntarse qué contenido es el que reclama la gente. Las audiencias hoy son menos exigentes”. Recuerda con orgullo que en sus ciclos había lugar para el espectáculo pero no para el chimento y mucho menos la ofensa. “Hoy en el programa recordé un jugador de apellido Barbalarga y pedí que propusieran otros apellidos raros. Pero comenzaron los chistes groseros con los apellidos y lo corté”. No lo hizo por pacato -“hay gente que putea al aire y no queda mal”- pero sí por respeto al oyente “la propuesta era buscar lo raro no lo ordinario y no provocar que alguien se sintiera mal”.
El próximo 30 de octubre Larrea cumplirá 82 años y la radiofonía argentina, cien. Para festejar tanta vida se está preparando una biografía homenaje escrita por Martín Giménez, con los testimonios de Alejandro Dolina, Santiago del Moro, Nora Perlé, Graciela Borges y Marcelo Tinelli, entre otros. El hecho que envanecería a más de uno a él lo tiene algo preocupado. “Cuando me dijeron que lo estaban haciendo pensé que era un chiste. No pude impedirlo. Me da mucho pudor”. Sobre los que van a colaborar asegura “pobres. Si te piden la opinión para un libro sobre una persona estás obligado a hablar bien. Es un problema”, señala divertido para subrayar “a mí no me gustan esas cosas”. Recuerda que cuando cumplió 80 le organizaron un homenaje en el CCK, se rehusó a ir, argumentó que no era necesario pero ante la insistencia aceptó con una condición: no subir al escenario. “No me gusta, es feo, es como querer hacerse aplaudir y yo estoy en la radio por razones íntimas, por un deleite personal. Lo que yo vivo en la radio cada día es mucho más intenso”.
Cada vez que se le señala su rol como innovador del dial se corre del lugar del mito. Si se le asegura que junto a Antonio Carrizo y Cacho Fontana son la “Santísima Trinidad de la radio argentina” dice que no, que es imposible compararlo con esos colegas. “Ellos sí fueron maestros e innovadores”. De Carrizo señala que fue una “figura demasiado grande” que “marcó todos los rumbos y aportó el afán de aprender y de pensar”. De Cacho Fontana admira su “voz artística” y que inventó el show.
“Yo hago radio, ellos hacían arte. Si se analiza a fondo, al lado de ellos pierdo”, enfatiza, pero los que saben de radio dicen que si Carrizo aportó la cultura y Fontana el show, el creador del oficio de “entretenedor” fue Larrea. Solo luego de 45 minutos de charla, aceptará que solo él como nadie supo entender el gusto de la gente y lograr un equilibrio perfecto entre humor e información, actualidad y análisis, invitar a pensar y hacer reír.
Su programa Rapidísimo empezó en 1969 y se mantuvo más de 30 años al aire. Bajo su batuta se revalorizaron géneros musicales como el tango, el folclore y el bolero. Entre momentos de humor desopilante siempre generaba un espacio para la reflexión, para el análisis, para los temas solidarios, para la charla sin grito…
Más de una vez, Larrea contó por qué en sus programas es tan importante la risa. Su papá murió cuando él tenía apenas 10 años. Por un tiempo -que le pareció infinito- ese hijo vio a su madre sumida en la tristeza. Hasta que un día, prendió la radio, justo daban un programa cómico y se produjo el milagro: su mamá sonrió. El chico descubrió dos cosas: que la risa era sanadora y que quería trabajar en la radio.
Larrea destaca este tiempo que transita porque “se van ciertos miedos, cierta falta de serenidad, hay más luz, podés dialogar tranquilamente con tu alma”. Por ahora, como cantan las hinchadas, “no se va, Larrea, no se va". Y cuando lo haga, lo hará con la misma dignidad con la que se manejó en la vida. Y aunque no le gusten los homenajes, ojalá acepte este ¡gracias por todo, maestro!



Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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