En busca de… Ana María Ramos, cantante, bailarina y docente

La Palabra 09 de mayo de 2020 Por Raúl Vigini
Hacerse copla y crecer Vive en la ciudad de Salta pero nació en la capital argentina. Tiene una trayectoria destacada como cantante, docente de danzas clásicas y españolas. Trabajó en escuelas en las áreas de música y expresión corporal. Integró propuestas musicales y didácticas de prestigio que le valieron el reconocimiento profesional. Su obra cultural trasciende las fronteras del país, y continúa firme su vocación de compromiso con lo popular. De una vida plena con el arte le cuenta a LA PALABRA en este encuentro.
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1 / 3 - archivo Ana María Ramos - Arte y cultura: Los alcances sensibles de Ana María Ramos

LP - ¿Dónde nació? ¿Qué recuerdos vienen a su memoria de ese entorno que la rodeaba? 

A.R. - Nací en Buenos Aires. Tenía buena memoria y era una lectora compulsiva, empecé a leer sola a los cuatro años. No tuve hermanos. Mi mejor amigo y compañero de juegos era mi padre. Salíamos al parque, al cine, y en casa pasábamos tiempo leyendo cancioneros, cantábamos juntos.

LP - ¿Cómo se dio su paso por las aulas desde su infancia hasta la adolescencia?  

A.R. - Fui siempre a escuela pública. Recuerdo los nombres de muchas de mis maestras. Hice el jardín de infantes en Agronomía, inolvidable experiencia que me permitió jugar con niños de mi edad. Amé la escuela y fui buena alumna en general. Después de la primaria estudié danzas hasta recibirme de profesora.

LP - ¿Frecuentó otros ámbitos culturales desde su niñez hasta su juventud? 

A.R. - Me gustaba ir a los museos y exposiciones, aunque no había recibido una educación  orientada hacia ello, pero las lecturas me impulsaban a buscar esas actividades. No  tuve mucho apoyo familiar para eso.

LP - ¿En qué disciplina del arte orientó su gusto y dedicación? 

A.R. - La danza en general -también folklórica-, el teatro, el canto popular y la literatura.

LP - ¿De quiénes aprendió más en el camino artístico? 

A.R. - Admiré mucho a mi profesora de danza, Aurora Flores. En música, mis grandes referentes fueron los clásicos, escuchaba diariamente. Me fascinaban el jazz y la música española -Granados, Albéniz, Tárrega-. En mi infancia, me enamoraba la voz de Lolita Torres y cantaba su repertorio. Aprendí de la lectura, y de la radio. Escuchaba mucho teatro, había tres emisoras que emitían teatro en mi primera juventud. Autores universales, clásicos y modernos. Les debo todo. Llenaron un  gran vacío en mi anhelo de crecer artísticamente. Yo escribía desde la primaria, lo hago aún, sin muchas pretensiones. Hice teatro vocacional por un tiempo.

LP - Cuéntenos de sus participaciones en distintas formaciones con la música.             

A.R. - Empecé como solista en forma vocacional. Ya había conocido a los grandes de nuestra música y me emocionaban Falú, Yupanqui, Claudio Monterrío, Carmen Guzmán, Ramón Ayala. Principalmente como autores, aunque también hubo intérpretes que me conquistaron, como Suma Paz, las primeras Voces Blancas, algunos grupos del interior. En el 67 conocí al que después fue mi compañero y padre de mis hijos, David Pérez, salteño, que me llevó a conocer Salta y todo su caudal poético y musical. Me quedé. Y formamos el Dúo Alborada. Trabajamos mucho en el norte y países limítrofes. Fue una experiencia muy enriquecedora y gratificante. Durante un corto período formamos junto con el Dúo Herencia de Hicho Vaca y Melania Pérez un cuarteto con el que trabajamos un tiempo, sin dejar de  ser cada pareja un dúo cuando se podía, era un tiempo difícil. Cuando nos separamos tuve oportunidad de integrar con tres estudiantes bolivianos otro cuarteto, era la única mujer, se llamó Urumarka. Los otros integrantes eran los hermanos Carlos y Roberto Arteaga y Ramiro Gutiérrez Páez. Duró unos tres años, lo que más rescato de esa experiencia es la amistad, mis viajes a Bolivia y el repertorio, que era de nuestra autoría.

LP - ¿Qué actividades fue desarrollando a partir de su radicación en Salta? 

A.R. - Como dije, formamos el Dúo Alborada, primero nos llamábamos Los Arauacos pero no era fácil de retener y lo cambiamos. Empecé a enseñar danza en distintos ámbitos de la ciudad. Tuve dos hijos y me dediqué a esas tres actividades. Estudié en la Escuela Provincial de Música por cuatro años. Comencé a hacer letras para canciones de David y de otros músicos.

LP - ¿Cuándo se interesa por la literatura? ¿Cómo se dio esa formación? 

A.R. - Desde la  infancia. Mi padre me traía libros y me los devoraba. Me gustaban las canciones con letras bien escritas, y me las aprendía. Tuve una maestra en quinto grado que despertó en mí la necesidad de sumergirme en la poesía. Creo que todo eso me inició. Por ejemplo, la letra de las antiguas canciones españolas y las de zarzuela, las letras de  Manzi, Buenaventura Luna, Dávalos. Y después, el teatro universal, rico en diálogos inteligentes y  argumentos de profunda fuerza dramática… Españoles y latinoamericanos en su mayoría, por supuesto, pero también otros.

LP - ¿Qué objetivo se propuso al dedicar su vida al arte popular?  

A.R. - Con David, y en la última etapa de los 60, creíamos en la importancia de la canción testimonial, y en difundir un repertorio no comercial, que tuviera buen contenido poético y música de calidad. De alguna manera, educar, construir conciencia tanto estética como social.

LP - ¿La docencia la tuvo como protagonista? ¿Con qué propuestas? 

A.R. - Tuve participaciones parciales en  escuelas, pero lo más importante fue la experiencia recogida en la Escuela de Bellas Artes Tomás Cabrera, que me incluyó en sus equipos de Areas Integradas de Expresión en los 80. La propuesta fue y sigue siendo la educación a través del arte. Pude aprender muchísimo junto a mis compañeros de equipo, y también aportar mis experiencias. Como resultado de lo compartido en esa tarea escribí un cuaderno de actividades acompañado para entonces de un cassette con canciones -Jueguicantos del Jardín-, material para acompañar el desarrollo del trabajo docente en las aulas de primera enseñanza. La Universidad Nacional de Salta y Canal 11 lo publicaron y junto con el autor de la música, Ramiro Gutiérrez Páez, dictamos cursos para docentes en todo Salta, y en Bolivia. Hace dos años culminamos una segunda edición corregida y aumentada del material, en forma independiente, bajo el nombre Jueguicantos en la Escuela, que incluye actividades para grados de primero y segundo nivel.

LP - ¿Ha tenido la posibilidad de lograr grabaciones de sus trabajos musicales? 

A.R. - Realicé una grabación independiente de temas propios con la colaboración inestimable del músico cafayateño Valentín Chocobar,  haciendo el acompañamiento y los arreglos. Con el Grupo Urumarka habíamos realizado un disco de vinilo larga duración impreso en Cochabamba, también con temas propios. Posteriormente, tuve que realizar otra grabación con temas de autores salteños para cumplir con los requisitos y así acceder al mérito artístico de la provincia. Hasta aquí, cantaba. Después, un  popular músico  boliviano, Willy Claure, me invitó a hacer letras para unas cuecas que quería grabar. Participé en cuatro de ellas y en realidad, el disco fue un éxito, lo cantaron intérpretes de jerarquía y se lo puede escuchar en Youtube como Cuecas para no Bailar.  

LP - ¿Conocen su obra fuera del país?

A.R. - Este disco compacto fue grabado en Suiza y el autor realizó recitales en diferentes lugares de Europa donde  se escucharon las obras. Eso no me ha dado fama ni dinero, pero me alegra. En Argentina lo que se conoce es Baguala de Alfarcito, un tema que compusimos con David Pérez y que grabaron diversos intérpretes, la más destacada es Melania Pérez. También grabó un bailecito que me pertenece con Willy Claure en la melodía, Valle Chico.

LP - ¿Tiene herederos en su profesión? 

A.R. - Mi hijo Daniel Pérez heredó nuestra vocación, es guitarrista, actualmente radica en Santa Cruz, Bolivia. Su género es el jazz y la música de los grandes musicales de Broadway.

por Raúl Vigini

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