“Hortensia”, el humor hecho historia

Información General 04 de abril de 2020 Por Edgardo Peretti
La revista cordobesa se publicó durante casi dos décadas, tiempo más que suficiente para hacerse famosa en todo el país y convertirse en leyenda de la expresión gráfica. De sus páginas surgieron muchos de los mejores dibujantes y humoristas nacionales.
IMAGEN DE RED// SIMBOLOS.- “Negrazón” y “Chaveta”; el primero y uno de los últimos números de “Hortensia”.
IMAGEN DE RED// SIMBOLOS.- “Negrazón” y “Chaveta”; el primero y uno de los últimos números de “Hortensia”.

El 31 de agosto de 1971 aparecía una nueva revista en Córdoba y en el país. Era “Hortensia”, publicación dedicada al humor textual y, esencialmente, gráfico. Su creador y mentor fue Alberto Cognini, un artista y dibujante proveniente de bellas artes que ya contaba en su haber con varios premios nacionales e internacionales.
Nacido en Bell Ville (Córdoba) en 1930, era conocido como el “Gordo” y supo llevar su producto a la fama. Físicamente, el mismo era una edición de papel de algo gramaje (no ilustración), de 20 páginas, con un tamaño de 36 cms. de alto por 27 de ancho, impreso a tres tonos: blanco, negro y algún otro (básico) de ocasión.
Primero fueron 2.500 ejemplares quincenales y en su mejor momento llegaría a los cien mil. Esto, gracias a la distribución nacional a cargo de la empresa Vaccaro Hnos. de la capital, un detalle para tener en cuenta.
¿Cuál era el secreto de Hortensia? Ubicándonos en el necesario contexto de 1971, hay que apelar, primero a la continuidad de la crítica social de los sesenta que tuvo en Córdoba a su máximo epicentro y a exhibirla desde un costado humorístico, aunque explícito.
También era un humor puro, cordobés básico, alejado del tono neutro de los “Patoruzú”, “Afanancio” o “Piantadino”, por citar otras vertientes, apelando a giros idiomáticos propios y costumbristas. Esto, sumado a un equipo de humoristas de primer nivel y el aporte de figuras que serían leyenda, conformaron la base de la primera aparición en el escenario nacional.
“Hortensia” era transgresión pura; toda cordobesa, todo picardía inteligente, crítica social en ese escenario y con personajes que todos conocían.
Su propio nombre proviene de una mujer mayor, Hortensia, que vendía flores en la zona céntrica de Córdoba, que andaba a las puteadas todo el día y que no dudaba a en mostrar sus partes íntimas cuando se enojaba. “La papa” es el término que se utiliza en tierras cordobesas para referirse a la anatomía genital femenina. Pero nadie se asustó. La revista agregaba a su nombre un cartelito que decía, precisamente, “la papa”, y una leyenda que desafiaba: “Acá estoy para decir lo que se me antoja, o no?”.
El director se presentaba asimismo como “El irresponsable” al firmar sus editoriales y agregaba a la mención del Staff a su esposa, Sara Catán y “3 hijos 3”.
A los personajes cotidianos que describía – y mostraba- agregaba dos que dibujaba y guionaba personalmente: Negrazón y Chaveta, dos vagos que hablaban con giros y tonada de pura esencia cordobesa y que se desplazaban por las sierras con su moto “Puma” (La Pumarola, a decir de los mismos) y se bebían todos los vientos y los vinos en el bar y despacho de bebidas conocido como “Rinconcito’s”.
También marcó tendencia en los avisos comerciales que la sostenían, ya que los mismos se ilustraban con humor referencial a cada producto promocionado.
El equipo de los creadores locales estaba integrado por escritores y dibujantes tales como Juan Perrotti, Miguel Bravo, Alfredo Pequi, Amuchástegui, Alonso (El Pelao), Spedale, Oviedo (el Gordo) y Peiró, pero también aportaban en cada edición nombres tales como Cristóbal Reynoso (Crist), Chamartín, Marino, Martino, Ian, Roberto Fonatanarrosa, Caloi, Sabat, Bróccoli, Ortiz y Cuel. Lo mejor del país estaba en las páginas de un producto que se hizo famoso en pocos años.
Muchos de sus giros idiomáticos (solo conocidos y aplicables en la provincia mediterránea) se hicieron de uso común en el resto de la Argentina sin pudores ni filtros. Nadie ignoraba a Hortensia en la Argentina de los años setenta y ochenta.
Pero el tiempo también pasa para los grandes acontecimientos. Cognini falleció en 1983 (a los 53 años) y antes había partido su esposa. Su amada revista quedó a cargo de sus seguidores leales, quienes la sostuvieron hasta 1989, cuando dejó de salir. En esas dos décadas el mundo había cambiado; el rumbo del capitalismo mercantilista y los grandes idealistas y dramas de la época ya no tenían espacio ni ganas de reírse.
Eran otros tiempos. Otra publicación, “Humor Registrado” se había instalado, ahora de Buenos Aires, y marcaba el rumbo. Terminaba una época de oro, rica en creativos y delirantes diferentes, pero nada impedía que la voracidad del almanaque (y la biología) se lo devorasen.
Hoy, cada ejemplar es un objeto de culto. Es difícil circular por las sierras sin encontrar una referencia, una foto o hasta un monumento (como en Cura Brochero) que evoquen a los míticos Negrazón y Chaveta. Amantes de las leyendas como son los cordobeses aseguran que en cada risa, en cada boliche o en cada ocurrencia se siente por las noches el andar acatarrado de la “Pumarola”, aunque ahora con el Gordo Cognini también a bordo, formando un trío que ya es leyenda.

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