Su majestad, el excusado

Sociales 01 de abril de 2020 Por Redacción
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Fascículo 4 – Lectura y educación

Por Edgardo Peretti

En medio del debate eterno sobre el destino de la lectura y sus actores, el mundo literario ha dejado de lado, quizás por desprecio o soberbia, la importancia que tiene desde siempre en nuestra sociedad la presencia de material literario en el baño.
Esto no es nuevo y me anima a desafiar a los lectores sobre la veracidad de esta cuestión; quizás hoy los nuevos dispositivos hayan reemplazado a las vertientes clásicas, pero el producto final resiste.
El baño es un reducto de lectura por antonomasia; no importa el rubro ni el producto, siempre está. Y en ello habrá que acudir a los orígenes, a esa esencia que me ha llevado a ver en penumbrosos cubículos sanitarios un sitial para diarios y revistas.
Esto no es nuevo. En los primeros tiempos, la utilización del papel higiénico era un bien suntuario, y se reemplaza – con éxito- con el papel de diario.
Por razones de juventud (siempre candidato, por ser joven) este escriba recuerda una afortunada nota a un verdulero de un pueblo cercano, a quien se lo entrevistaba, como nota de color, por ser suscriptor del diario por 50 años.
El tipo, ante el grabador, no tuvo empacho en admitir que le gustaba el material, y que el tamaño (sábana, entonces) le permitía aportar envoltorios de sus productos en el mostrador con gran comodidad. Apagado el “Panasonic” (glorioso amigo, donde estarás?) no dudó en admitir que “..bueno, también sirve para el excusado!!”. Esto último no lo publiqué.
Pero el mundo es mucho menos simple. En el excusado de mi nona Romilda (famosa por acceso literario en estos días y célebre por su inolvidable “bayonesa”) el papel que se usaba era el del periódico “Esquiú”, que la señora de Pignatta (dulce y santa mujer) vendía en la puerta de la parroquia, a beneficio de la caridad, por supuesto.
El secreto que había logrado que el citado diario terminase (luego de su lectura, obvio) en el alambre que contenía el “limpiador” del excusado, era su papel más suave y su tamaño considerable, aunque se cortaba prolijamente en cuadrados de unos 20 centímetros de lado.
Pasados algunos años, con alguna experiencia de vida propia y con los nonos ya en otro plano, me preguntaba si el “pare” (padre mayor, en piemontés de escaso uso familiar), habida cuenta su pública postura anticlerical, permitía el ingreso de ese tipo de lectura a su hogar.
Mi tía, que tampoco ya está, me aclaró la situación: “Por supuesto. Papá era muy abierto, y él mismo cortaba los pedazos y los colgaba en el excusado”.
Tramposo, el viejo.

(Continuará)

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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