Su majestad, el excusado

Sociales 30 de marzo de 2020 Por Redacción
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Fascículo II – Construcción

Por Edgardo Peretti


Continuando con nuestra minuciosa y ciudadana exégesis acerca de la vida familiar de los excusados, avanzaremos en esta entrega con lo que era primordial: la construcción; y en segundo término, sus consecuencias en el rubro de la construcción.
Habíamos advertido al lector acerca de la ubicación del espacio sanitario respecto de la distancia de la casa; esto es a no menos de treinta o cuarenta metros de la misma, y en el cardinal opuesto – terminantemente- al pozo de agua, la bomba o el molino, para evitar contaminaciones futuras. En su sabiduría, el campesino ya advertía la necesidad de no envenenar la naturaleza.
En el lugar señalado se cavaba un pozo cilíndrico que tenía una boca de un metro y medio (promedio) y una profundidad de 8 a 10 metros, según la referencia que hubiese de la napa freática allí. No era para cualquiera. Se contrataba a un especialista; el “pocero”, quien con un par de ayudantes concretaba el pedido.
La tierra se sacaba en balde con una cuerda que se movía sobre una roldana, ubicada en forma cruzada sobre la boca y en muchas ocasiones se colocaba un espejo para que el reflejo del sol ilumine al que estaba abajo cuando la luz natural era escasa. No era un trabajo fácil; el aire no abundaba en el fondo, aunque se les permitía fumar. (¿?).
Durante el laboreo se cuidaba de no arruinar los bordes, porque allí se cruzarían luego tres o cuatro palos de quebrado, se apoyaría un par de chapas de cinc y sobre las mismas se arrojaría una considerable cantidad de hormigón, tomándose el debido recaudo de dejar una lata de aceite (de 4 litros YPF) en el medio que, luego, una vez seco el material, sería el indicador del espacio de ingreso al uso.
El “aujero” (SIC), como se decía.
Después se incorporaba la construcción: cuatro paredes de material con ladrillo de 15, de un metro y medio por otro tanto (a gusto del consumidor), con un techo de chapa (a dos aguas), un ventanuco triangular en una o dos paredes laterales y una puerta mirando al descampado.
El tema del material de la puerta fue puesto en debate en otra poco reconocido aporte literario de este mismo autor (Ver “El velorio del tío Pedro”, editado por la UNL), ya que en algunos sitios era de madera y en otro una cortina de lona o, simplemente, de arpillera; en el primero de los casos, con suficiente espacio arriba y abajo por obvias razones de salubridad.
Para el piso se aprovechaba el hormigón, el cual podía ser todo parejo o mantener una diferencia (una especie de escalón por decirlo de manera sencilla). Eso sí, entre la anatomía del usuario y el destino final, la nada misma.
El saber popular suele albergar aquí también numerosas anécdotas. Una de ellas sostiene que no fueron pocos los constructores entusiasmados que se daban cuenta que se habían olvidado de la puerta cuando querían salir al final del día.
Como decía la Ñata, cuando alguien le señalaba “las cosas que hay que ver”: “…y las que faltan!!”, retrucaba la señora mientras jugaba a la loba en la modalidad de espejito y con enganche doble.

(Continuará)

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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