Su Majestad, el excusado

Sociales 29 de marzo de 2020 Por Redacción
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Fascículo 1. Génesis


Por Edgardo Peretti


Alejado de las malintencionadas suspicacias de convertir a esta entrega en un panfleto escatológico, reivindicamos la propuesta de mostrar variantes de un cotidiano fenómeno cultural, social y sanitario por excelencia que convive con nosotros desde hace décadas: el querido excusado.
Conocido también por el “fondo”, el “fondito” o el “alejado”, debido a su ubicación alejada de la vivienda familiar, compite en una nebulosa linguística nunca aclarada, salvo por el uso que le dio el tiempo. En el diccionario de la Real Academia Española (que es un libro donde están todas las palabras de la lengua castellana y sus significados, aclaro para aquellas generaciones que creen que es una pantalla de led) el término “excusado” se reconoce sólo para la acción de excusarse, lo que supone una manera elegante que tenían los usuarios cuando debían acudir al servicio, según podríamos llegar a interpretar.
La nominación más adecuada para el acto natural está citada en el término “letrina”, tal como decía la tía Ofelia, que en realidad lo hacía para hacer rabiar a la suegra, hay que decirlo; pero para nosotros esto se aplicaba debido a que el ámbito también servía como espacio de lectura circunstancial, aunque esto se tratará más adelante.

Historia y origen

Debe quedar en claro que cuando los asentamiento humanos dejaron de ser meras referencias en la nada, la vida social obligó a tomar una serie de medidas, no sólo ante la sanidad sino también el decoro y la intimidad. Tanto inmigrantes (de todas las etnias) como los naturales, tenían en claro que este ejercicio vital del ser humano debía tener ciertos códigos, no escritos, por cierto, pero sensatos.
Por eso apareció la letrina, alejada de la vivienda en el campo, o en el fondo del patio en la ciudad. Allí concurrían damas, caballeros y niños, aunque el sector masculino lo hacía sólo para necesidades mayores, ya que su anatomía le permitía ejercer esa ventaja sin contratiempos, salvo viento en contra; por decoro, las damas acudían de manera habitual.
Mucho se hablará - en realidad, se escribirá- en este pequeño ensayo acerca de situaciones de todo tipo que fueron surgiendo con el correr del tiempo y que han quedado atesoradas en todas las familias.
Se mencionaba en una de las mías (cada gringo tiene vertientes variadas para relacionarse por sangre) el caso del tío Marcelo; veterano solterón (hermano del jefe de la familia), hombre honesto y trabajador sin pausa ni lamento.
El citado tío casi no tenía vicios: alguna ginebra en el boliche el sábado, un vino en la mesa y una escapadita sanitaria trimestral al lupanar. Nada criticable. Claro que en la mesa había adquirido el mal hábito (pésimo, en realidad) de comenzar sus flatulencias en la misma reunión, lo que indicaba un inmediato paso por el excusado.
Al parecer, la finada madre se lo consentía porque era el más pequeño, y su hermano se hacía el sordo (literalmente), aunque a los sobrinos les causaba el consabido asco.
Decidieron darle una lección. Con la complicidad de la madre, que preparó un robusto guiso invernal de panceta, lentejas, batata y zapallo, le agregaron un frasco entero de “Salt Canal” (marca de la sal inglesa, laxante poderoso si los había). El tío se comió los tres platos de rigor y a la hora de comenzar su exhibición sintió que la mano venía pesada, pero no se detuvo; era un clásico, había un prestigio que defender, y al tercer intentó sucedió lo que tenía que suceder, inexorablemente.
Lejos de ruborizarse, y ante la huida del resto de los comensales, siguió comiendo, tomándose tiempo para acuñar una frase que haría historia: “…y buéh, para andar a los pedos, mejor…”. (Telón piadoso)

Continuará.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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