Sensaciones y sentimientos

Sociales 24 de marzo de 2020 Por Redacción
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COMPULSION: EL HECHO REAL
Se dice con frecuencia que la realidad supera a la ficción. Y se explica: cuando las circunstancias concretas superan lo hasta entonces conocido, se experimenta la rebeldía; no queremos asumir que los hombres podamos hacer cosas tan malas.
La crónica de la época dice que el crimen ocurrido en 1924 (que originó la novela y la película “Compulsión”) fue cometido por los veinteañeros Nathan Freudenthal Leopold Jr. y Richard Albert Loeb (en la ficción Judd Steiner y Artie Strauss). Eran dos estudiantes de la Universidad de Chicago, de adineradas familias, que secuestraron y asesinaron a Robert “Bobby” Franks (en la novela y película Paulie Kestler), de 14 años, también originario de una familia acaudalada. Querían demostrar que por su inteligencia superior, podían cometer el crimen perfecto.
Leopold y Loeb se hicieron amigos en la Universidad de Chicago y compartieron un mutuo interés en el crimen. Leopold estaba particularmente por los conceptos de Nietzsche sobre los superhombres (Übermensch), individuos con extraordinarias, inusuales habilidades, de intelectualidad superior que les permitía ascender por encima de las leyes y reglas que debían obedecer los seres humanos “inferiores”. Leopold se atribuyó la facultad de no estar atado a ninguna ley ética y moral de la sociedad, y convenció a Loeb de que él también la tenía. Fue Loeb quien escribió “un superhombre… no es responsable de nada de lo que haga”.
Planificaron durante largos meses el asesinato, y con esa misma meticulosidad eligieron a la víctima. Robert (Bobby) Franks, parte de la misma comunidad estudiantil, jugaba con frecuencia al tenis en la casa de Loeb y, debido a esa familiaridad de trato, consiguieron convencerlo para que subiera a un automóvil (que habían alquilado a ese efecto con nombres falsos) para que conociera una nueva raqueta que habían comprado. Franks subió, se sentó en el asiento delantero del acompañante -Leopold conducía- y Loeb en el asiento trasero. A poco de subir Bobby, Loeb lo golpeó repetidamente con un cincel (que habían comprado a ese efecto) y lo trasladó al asiento trasero, donde lo asfixió con un trapo en la boca hasta matarlo. Trasladaron luego el cuerpo a un lago cercano y, para dificultar el reconocimiento, arrojaron ácido clorídrico sobre el rostro y genitales del chico a fin de que no se supiera, por la circuncisión, que era judío. Concluyeron su macabro accionar mandando una nota a los padres de Bobby pidiendo un rescate, el que no se concretó debido a que antes de ser pagado, fue descubierto e identificado el cadáver.
No pudo ser el crimen perfecto: a Leopold se le cayeron los anteojos sobre el cuerpo del niño. Era un modelo con un detalle especial del que solo había tres ejemplares en Chicago. Por lo demás, hubo una actitud curiosa de parte de Leopold, ya que mientras Loeb transcurría su vida normalmente, Leopold hablaba con la policía y la prensa; hasta llegó a decir que, si él “fuera a matar a alguien, elegiría a un niñito arrogante como Bobby Franks”.
Finalmente, confesaron que cometieron el crimen por la adrenalina que generaba esa acción, destacando su ilusión de ser “superhombres”. Leopold dijo que el crimen había sido para él un ejercicio de inteligencia, un experimento, y que era tan fácil la justificación de matar a un ser humano como para un entomólogo matar a una abeja.
Así fueron los hechos, lectores. Hagamos ahora un pequeño silencio en nuestras reflexiones al caso y dejemos de preguntarnos, por un momento, cómo es posible tanta espantosa alevosía, tanto cálculo frío, y por qué se pierde la visión de los infranqueables límites: con sólo contemplar el siniestro fondo podremos asumir la necesidad de generar nuevas semillas.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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