Un mundo nuevo

Locales 23 de marzo de 2020 Por Gonzalo Rodriguez
En esta parte de la Argentina entendimos que es indispensable quedarnos adentro para quitarle espacio a este virus maldito y revelador, por nosotros y por los otros.
FOTO G. RODRIGUEZ.  METROPOLI FANTASMA. Av. Pueyrredón al 1700 a las 11 de la mañana. Increíblemente desierta.
FOTO G. RODRIGUEZ. METROPOLI FANTASMA. Av. Pueyrredón al 1700 a las 11 de la mañana. Increíblemente desierta.
(Especial desde Buenos Aires). - Una semana de aislamiento. Nada más y nada menos. Y mientras intentamos preparar nuestra conciencia para lo que falta, que evidentemente será más allá del 31 de marzo, asumimos que el desafío de soportarlo será más difícil de lo que conocemos.
Aquí en la ya “nuestra” Buenos Aires nada es igual. Posiblemente habrá cambiado para siempre. O al menos eso pretendemos quienes tomamos conciencia de lo vulnerables que somos ante la furia del Universo y el agotamiento del planeta. Por lo pronto, y más allá de los sentimientos y procesos íntimos que se desarrollan en cada ser humano a esta hora, lo poco que nuestros ojos pueden ver es absolutamente diferente a lo conocido.
Leemos que la “cuarentena” no se cumple del mismo modo en todos lados y nos desespera. Aquí en el corazón de la Capital el movimiento es ínfimo, desde las alturas del balcón sólo se ven personas con bolsas de supermercado o vestidas con los atuendos de sanatorio, que evidentemente salen o entran a turnos de guardia.
En esta parte de la Argentina entendimos que es indispensable quedarnos adentro para quitarle espacio a este virus maldito y revelador, por nosotros y por los otros. Cuando nos enteramos que hay más detenidos por violar la restricción que enfermos recordamos nuestra debacle moral y cultural. Ojalá todos lo entendieran y dejen de poner en riesgo nuestro futuro.
Cuando salimos, solamente por necesidad de abastecimiento, todo se da en perfecta distancia. En el ya famoso (a partir de su difusión en LA OPINION) supermercado de French casi Av. Pueyrredón te recibe un operario con una sonrisa de publicidad de dentífrico. Un pote de alcohol en gel a cada mano para embadurnarte los dedos y adentro cualquier cola es controlada por el personal de la empresa, que indica permanentemente la distancia necesaria.
Casi todos los negocios de barrio están cerrados y el tránsito se reduce a micros, algún taxi y policías en moto o cuatriciclos.
La escena, a pesar de los días transcurridos, sigue siendo novedosa. Nunca imaginamos estas postales de uno de los sitios más poblados y transitados del país. Cuando pasa el asombro sobrevienen las dudas hasta rozar el pánico. Qué será de nosotros, cómo sobrellevarán la situación los sectores menos preparados, cómo seguirán nuestros días. Acostumbrados a producir para poder vivir, cuando logremos que este mal esté en retirada seguramente tendremos que abrir la mismísima caja de Pandora.

UN APLAUSO
DEL ALMA
Todos los días, religiosamente, a las 9 de la noche en punto salimos al balcón a batir las palmas. El aplauso comenzó siendo espontáneo hace 3 o 4 días, como agradecimiento a médicos, enfermeros y personal auxiliar de los nosocomios. Ahora se convirtió en un momento sagrado.
El aplauso sigue siendo para el personal sanitario, pero también es para los que se mantienen firmes en las farmacias, en los supermercados. Para los choferes de colectivos y trenes, que facilitan el ir y venir de trabajadores indispensables para este momento. Para los recolectores de residuos, para quienes se desempeñan en las fuerzas de seguridad, para los que cuidan enfermos, para los que se exponen conscientemente y para los que tratan de hacer vidas más llevaderas.
Ese aplauso de las 9 de la noche, que dura 5 o 6 minutos, también representa una conexión entre nosotros. Vecinos aéreos, separados por una calle o una avenida, recorremos visualmente cada balcón, nos encontramos con la mirada y con el alma para enviarnos buenas vibraciones. El deseo que estén bien, que no se estén volviendo locos, que no les falte nada y, fundamentalmente, que nos cuidemos de este mal invisible e impredecible. Idéntico deseo nos estremece cuando pensamos en la amada Rafaela.

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