El don de donarse germina del quererse

Notas de Opinión 21 de marzo de 2020 Por Victor Corcoba Herrero
Un ánimo interconectado a otros siempre hace florida la vida; en cambio un espíritu triste, marchita cualquier sonrisa. Con la pandemia del COVID-19, y con el cierre de centros escolares, tenemos la posibilidad de crear vínculos más seguidos entre las escuelas, los padres, los docentes y los alumnos.

Los días son tan inciertos, que hay que aprovechar los buenos momentos de sosiego, cuando menos para fortalecernos internamente. La realización con la que todos soñamos comienza con el don de donarse. Hay que pasar del egoísmo a pensar en los demás. Encerrarse en uno mismo es como enterrarse de por vida. Es necesario vencer aislamientos, pues nadie es autosuficiente por sí mismo, al menos para recorrer el camino de la complacencia, que está en el compartir, en la entrega generosa, que es lo que verdaderamente da sentido a nuestro camino existencial. 
No olvidemos que lo importante es el bienestar psicológico, el poder sentirse laborioso y en paz consigo mismo. Precisamente, fue el rey de Bután hace muchos años, quien optó por una filosofía de gobierno basada en la felicidad de sus súbditos; y, para ello, inventó el concepto de felicidad Nacional Bruta (FNB) en vez del Producto Interior Bruto. Quizás, en este preciso instante, también tengamos que reinventar otras políticas monetarias, cuando menos más poéticas y menos interesadas.
Dicen que la cuarentena y el distanciamiento social son la receta adecuada para luchar contra el impacto del COVID 19 sobre la salud pública, pero para proteger la economía mundial se necesita exactamente lo contrario. Confiemos en que el estímulo fiscal adicional no lo abonen los que menos pertenencias tienen, por aquello de mantener el equilibrio y la solidez, o sea, la conjunción entre el verbo y el verso.
De todos modos, hemos de reconocer con cierta alegría que la vida no adquiere sentido por el poder que se aglutine, ni tampoco por el dinero que se posea, sino por la lucha en buscar el bienestar del prójimo, por la entrega y capacidad de servicio. Esto es lo que verdaderamente nos hace querernos. Si cada análogo nos propusiésemos ayudar a una sola persona a vivir mejor, esto sería suficiente para que el mundo se hermanase más y para justificar nuestras andanzas.
En efecto, el don de donarse germina del quererse, pues, como en su tiempo dijo el filósofo francés Auguste Comte (1798-1857), “vivir para los demás no es solamente una ley de deber, sino también una ley de felicidad”; y esta placidez del alma, no olvidemos que es lo que en realidad nos imprime fortaleza para proseguir camino y dejar huella.
El rastro de la fascinación y del asombro es lo que nos embellece y entusiasma.
Por cierto, vienen a mi memoria esos auténticos poetas de corazón, que han hecho de su vida un poema de verdades, una autenticidad de latidos, contribuyendo de este modo, a poner emoción en tanto interior humano insensible. Con razón decía Lorca que “la poesía no quiere adeptos, quiere amantes”. Sin duda, la inspiración literaria, como el cultivo de cualquier otro arte, nos pone en movimiento activándonos la creatividad, nuestros modos de percibir e interpretar las diversas situaciones, y esto contribuye a que germine una vía de expresión que nos armoniza.
Sin embargo, causa insatisfacción que nos hayamos acostumbrado a no dar valor a nuestro patrimonio inmaterial, fundamental para mantener nuestros vínculos y poder ser felices recordando, pero también viviendo, ya que la tranquilidad no depende tanto de lo que tenemos, como de lo que somos: memoria y camino.
De ahí que el ámbito de las tradiciones sea vital, al menos para mantenernos en pie, máxime en una época en el que el espíritu deprimente nos circunda por doquier, a personas de todas las edades y condiciones sociales. Por ello, es fundamental abordar temas que conjuntamente nos afectan a todos, como es la erradicación de la pobreza, reducir al mínimo la desigualdad en el mundo, cuidar y proteger el planeta. En este sentido, el don del auxilio es primordial, y al respecto tendremos que crear conciencia entre los ciudadanos, ya no solo para sentirnos mejor, sino también para entregar un mensaje de esperanza y solidaridad a todas aquellas personas que sufren a consecuencia de nuestras absurdas contiendas e injustas acciones.
Sea como fuere, cuánto más uno se quiere más se cultiva el hacer del donante, porque realmente la alegría proviene de esa relación entre humanos, que nace del sentirse aceptado, comprendido y valorado. La satisfacción que imprime trabajar unidos, significa vivir las labores de cada día con el ánimo en comunidad, y esto siempre es gratificante.
Ahora, con la pandemia del COVID-19, extendida oficialmente alrededor del mundo y con el cierre de centros escolares, tenemos la posibilidad de crear vínculos más seguidos entre las escuelas, los padres, los docentes y los alumnos. Algo que nos va a enriquecer a todos, con el intercambio de experiencias, a través del aprendizaje a distancia, con la utilización de las herramientas digitales y seguimiento directo del proceso. Desde luego, un ánimo interconectado a otros siempre hace florida la vida; en cambio un espíritu triste, marchita cualquier sonrisa. 
Por tanto, la mayor colaboración y cooperación que podemos hacer en favor de todos es despojarnos de agobios y angustias, sembrar sonrisas y afectos. Seguro que se nos cambia esta cara de afligidos. Recuerda lo que dijo un filósofo: "Los cristianos dicen que tienen un Redentor; Yo creeré, creeré en el Redentor cuando tengan la cara de redimidos, felices de ser redimidos"; (Misa en Santa Marta, Papa Francisco, 21 de diciembre de 2017).
Naturalmente, en un corazón acorazado por la venganza y el odio no hay lugar para la felicidad. Por desgracia, nos hemos acostumbrado a hacernos daño a nosotros mismos. Saber perdonar y pedir perdón es el mayor gozo. Quien lo probó lo sabe. Experiméntelo, se lo aconsejo.

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