Cuarentena: Día 4

Notas de Opinión 21 de marzo de 2020 Por Gonzalo Rodriguez
Leer mas ...
FOTO NA BUENOS AIRES. Decenas de personas haciendo cola para ingresar a un supermercado.
FOTO NA BUENOS AIRES. Decenas de personas haciendo cola para ingresar a un supermercado.
(Especial desde Buenos Aires). - La paranoia dejó de ser tal y una serena preocupación ganó la escena. Cuando nos asomamos encontramos una Buenos Aires distinta, aletargada, bucólica, en cámara lenta. Dubitativa y desconfiada. Una sombra de esa gran ciudad que te lleva por delante, que te obliga a mantenerte en guardia y que ante el menor descuido te manda a la lona. Ahora parece necesitar también de nosotros.
La locura de la semana pasada explotó contra la realidad y, alertados por lo que sucede en nuestras madres patrias, parece que hemos tomado conciencia. Entonces las calles no están abarrotadas de gente ni mucho menos y los únicos comercios que tienen movimiento son los de comestibles o fármacos. Además el transporte público se restringió por lo cual las entradas a los subtes y las paradas de Metrobus parecen un decorado.
Otra extrañeza de las calles son los cordones: se puede estacionar en cualquier lado, siempre que no sea frente a un garaje o un sanatorio. Entonces las grúas del Gobierno porteño no tienen razón de ser, al no poder succionar el auto de cualquier desprevenido que haya osado dejarlo centímetros fuera del reglamento.
La sensación es de una megalópolis preparándose para recibir la catástrofe. La administración local haciendo acuerdos con los hoteles para albergar posibles infectados, empresas textiles fabricando barbijos, laboratorios apurando la producción de alcohol en gel y una comunicación hacia los colegios públicos para que tengan listas sus aulas, ante cualquier emergencia.
Los números ajenos y las proyecciones propias evidencian que no es una exageración.

UNA OPORTUNIDAD
En casa son varios los que llevan 3 o 4 días sin salir a la vereda. Y empieza a notarse. Federico decidió cortarse el cabello, sin que los padres se molesten, y utilizar como única prenda un calzoncillo. Joaquín, vencido, aceptó aprender a lavar los platos y contentarse con ver partidos viejos en Youtube (oh milagrosa Internet, alabado sea el Señor). Agustina, adolescente, pule sus condiciones culinarias, yendo y viniendo entre la euforia y la desolación.
Comprar cualquier cosa empieza a ser toda una aventura. Los negocios dejan pasar gente de acuerdo a los metros cuadrados de sus locales, con cartelitos colgados en sus accesos del tipo “Se atiende de a 5 personas” y un operario oficiando de contralor. El famoso supermercado de la calle French con una cola centenaria, por los metros y por la cantidad de personas, con todo el mundo haciendo fila con un metro de distancia. Como en la primaria.
Las veredas se utilizan a lo ancho y todos somos conscientes que no debemos estar cerca del otro. Nos sentimos pusilánimes por pasar lo más lejos posible de cualquier caminante, por semejante destrato, cuesta asimilar que es por el bien de uno y del otro.
Así y todo, los habitantes de esta ciudad, en gran proporción, parecen haber descubierto la presencia “del otro”. Son muchos los que buscan la mirada de enfrente, los que dan permiso y hasta ensayan una sonrisa. Son muchos los que empiezan a entender que necesitamos de la solidaridad de todos. Somos muchos los que empezamos a darle valor a la labor del farmacéutico, los que elevamos casi hasta el pedestal de héroes a los que manejan un colectivo, los que miramos con fervor a un expendedor de nafta.
Quizás es una oportunidad que nos da el universo para que nos demos cuenta. Este aviso puede ser determinante. Hacemos caso y mejoramos nuestra existencia y la del vecino. O morimos en la ignorancia, histeria y egoísmo.

Te puede interesar