Mucho decir y poco hacer

Notas de Opinión 14 de marzo de 2020 Por Victor Corcoba Herrero
La existencia es tan singular que no admite comediantes de verbos fáciles ni actores que nos representen en la poesía que somos.
FOTO AFP COVID-19. El gran desafío del momento para la humanidad.
FOTO AFP COVID-19. El gran desafío del momento para la humanidad.
No sirve de nada decir mucho y no hacer nada, autoproclamarse líder desde el endiosamiento y no desde la servidumbre, juzgar permanentemente en vez de evaluar actitudes, al menos para poder reinventarse otros modos y maneras de cohabitar, forjando un espíritu más solidario e inclusivo. Lo importante es concebir nuestro diario de vida como un camino, por el que hay que enfrentarse a la adversidad cara a cara, y también a la dicha, con un talante abierto y positivo, pues lo trascendente es poder salir de la zona de lágrimas, pero también de la de confort, con el ánimo siempre en disposición de corregirse y de avanzar enmendándose.
Morderse la lengua ante situaciones injustas tampoco es de recibo. Ojalá aprendamos a cultivar otros lenguajes menos provocativos, pues de proseguir bajo este cauce depresivo de ansiedades e incertidumbres, el potencial de las personas y sus economías se verán eclipsados, y la deshumanización será tan fuerte que no podremos perder más tiempo, negándonos a nosotros mismos, y sin resolver estas realidades destructoras. Por desgracia, en ocasiones confundimos la materialización del actuar, y decimos que somos libres, obviando que lo importante es hacer, claro que sí, pero también lo que se debe.
Cuando la luz de lo auténtico deja de brillar, lo que gobierna es la falsedad, la intolerancia y la hipocresía. No caigamos en la necedad de negar lo evidente. Hay que ponerse en acción. El tiempo se agota. Recobremos fuerzas. Salgamos de este aire mortecino de indiferencia que nos guía. Actuemos. Custodiar el entorno y, sensibilizarnos con nuestros semejantes, ha de ser algo innato y como tal obligación hemos de concienciarnos, para que esa biodiversidad que nos alienta y alimenta deje de estar gravemente amenazada. Sea como fuere, en ese perenne hacer, el desaliento no puede ganarnos la batalla. El ser humano no puede rendirse jamás. Tiene que esperanzarse siempre.
Nadie abraza a ningún horizonte acompañado por el miedo. Que la generosidad sea el antídoto que nos de energía frente a tantas amenazas. El cambio climático ya está causando verdaderas calamidades, y aún quedará más por venir, en el caso de que las inversiones en energías renovables y tecnologías verdes, no pasen de los buenos propósitos y verdaderamente no se acrecienten. En efecto, se echan en falta esos hombres de bien y sobran esos héroes que se creen que con su poder todo lo dominarán a su antojo y placer.
Desde luego, los países han de adoptar estrategias para alcanzar las emisiones netas cero para 2050. Hasta ahora, únicamente setenta naciones han anunciado que están comprometidas con la neutralidad de carbono para dicho año. Muchos otros grupos están haciendo lo mismo, como las ciudades, los bancos y las empresas; pero esto, sólo representa menos de una cuarta parte de las emisiones globales. No podemos continuar con esta insolidaridad y quedar pasivos en la acción. Precisamente, los emisores más grandes deben comprometerse en hacer más, o nuestros esfuerzos en el decir, no pasarán de ser literatura.
Por cierto, en esta misma línea de inercia y desgana, el máximo responsable de la agencia de la ONU encargado de velar por la salud de todos en el planeta mostraba recientemente su inquietud por la falta de actuación para frenar el coronavirus COVID-19, reafirmándose en que la consideración de pandemia "no puede ser una aceptación injustificada de que la lucha ha terminado", lo que llevaría a un sufrimiento y un número de muertes innecesarias.
Por eso, es vital unirse, no para estar por estar, sino para hacer las cosas juntos, que es como se construye el verdadero poema. Porque nadie puede sustituirte, ni crecer por ti, ni tampoco hacer por ti lo que tú mismo has de hacer. La existencia es tan singular que no admite comediantes de verbos fáciles ni actores que nos representen en la poesía que somos.
Sin duda, vale más obrar y arrepentirse, que no proceder y arrepentirse después. Ciertamente nos hemos acostumbrado a expresar mucho, siempre de palabra, y a no llevar a buen término dicha actuación, pensando más en lo que no tienes, que en reflexionar sobre lo que puedes hacer con lo que hay. Nunca es tarde para despertar a esa acción responsable de vivir y dejar vivir, de donación y de sosiego, de compartir sueños y ayudar a cuidar la casa común, o sea, el planeta; dejando atrás todo aquello negativo que nos impida mirar hacia adelante.
Lo primordial es ver que, con la riqueza de los años, uno se hace más profundo y vive desde esa hondura. Por ello, el futuro es de los jóvenes, pero también de los ancianos, que llevan consigo muchos años de experiencia e historia. También hay que hacer más por ellos, cuando menos salir a su encuentro, porque la soledad impuesta es una enfermedad, pero con la cercanía y la escucha podemos curarla.
Porque, en definitiva, la vida es un regalo que se nos injerta, no para hacernos daño, sino para acompañarnos unos a otros e inventarnos el mejor poema consolador, poniéndolo a la práctica con el sentimiento de ser latido para tender puentes. Al fin y al cabo, uno será ese verso níveo, en la medida que haya podido hacer algo por alguien.

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