Sensaciones y sentimientos

Sociales 07 de enero de 2020 Por
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TAPA// Presentación de la última obra de Peretti.
TAPA// Presentación de la última obra de Peretti.
PERETTI: CRONICA DE UN RELATO ANUNCIADO
“Algunos todavía caminan. En cada persona hay una multitud de almas y fragmentos de corazón y odio. Las raras mezclas terminan conformando al ser que llamamos humano, aunque solo sea por una cuestión de semántica”
De ese intenso modo introduce Edgardo Peretti el texto propiamente dicho de su novela “Estación Romilda”, aparecida en el cercano diciembre del año recién vivido. Como muy pocas las cosas que aparecen sorpresivamente (los verdaderos “eventos”, por ejemplo), lo demás es material reciclado aunque no lo parezca. Peretti ha vuelto a su género inicial, la novela, donde había cobrado vida ese sacristán llamado Félix, iluminado por el faro de Lehmann. Y lo hizo en un tamaño diferente, casi de bolsillo, muy portable con una mano.
No perdió de vista Peretti su incondicional pertenencia a la narrativa. Ha dado a luz (así podría llamarse también la creación de un libro) a un ejemplar literario donde, fiel a su estilo ágil, incisivo y con morosidad en la presentación de los datos clave, esos que solo se muestran bien a la vista en las páginas finales. Antes de esta novela había incursionado en textos apoyados en anécdotas de personajes de carácter, sin profundizar especialmente en mensajes de valor permanente.
Como en anteriores trabajos, no identifica exactamente el lugar de los hechos: sabe que si lo hace así, el mensaje se diluirá por la fuerte presencia literaria que implica señalar con precisión geográfica el escenario. Y Peretti quiere eludir esa influencia, pretende que su voz escrituraria quede grabada en todos los ángulos sensibles del lector cómplice. No interesa saber dónde ocurrieron los hechos: lo fundamental es recalcar que sucedieron y quiénes fueron sus protagonistas, tomando de alguna manera la arquitectura literaria de “Fuenteovejuna” (Decidme, señor ¿quién mató al comendador?). A diferencia de sus anteriores obras, en que las voces corales no adquirían tanta trascendencia, esta vez son las fuertes protagonistas. Se convierten en figuras indispensables para que ocurran los sucesos. Como Lope de Vega, elige al conjunto (“Fuenteovejuna ha sido”) dejando al mínimo las fuertes individualidades.
“Estación Romilda” se lee rápidamente. Con placer. No desean los lectores perderse ningún detalle de las situaciones ni de la acidez estilística con que las baña el autor. Edgardo Peretti sabe atrapar y lo hace con elementos limpios, sin recursos demagógicos ni golpes sensibleros: es acción y razón. Hace referencia aquí, como en sus restantes libros, a personas reales del grupo social donde vive, y los identifica con nombre y apellido, un sello propio que hace “tocar tierra” a su escrito al ubicarlos en un espacio-suelo firme y tangible.
Pero Peretti logra algo más. En una especie de ascensión a una cumbre siempre intuida, demuestra una madurez notable en la elección del tema y su conclusión, quitándole a la historia la carga de ocurrir en lugar concreto y ubicable. Intenta, como simbólico ejemplo de un modo de ver las realidades, proyectarlas hacia cualquier tiempo y sitio: importan, por sobre todo, las actitudes más que el escenario ocasional.
“Estación Romilda” divierte y hace pensar. Este retorno feliz a la novela se percibe gratamente aunque el drama esté acechando. Esa “rapidez” con que se lee y percibe se va transformando en observada atención cuando se está llegando al final de la obra. Sabiamente no lo dice; la insinúa, eludiendo lo explícito. Queda así a la vista el mensaje profundo de Peretti como una voz de alerta que intenta anidar y ser guardado como semilla por cada lector.

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