Tendencias y fracturas en un orden mundial convulsionado

Notas de Opinión 05 de enero de 2020 Por
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En este convulsionado panorama de la comunidad internacional, con tendencia a profundizarse, constatamos la existencia de un creciente fenómeno: una tendencia centrípeta, que implica mirarse hacia adentro, en una postura más nacionalística que universalista, que implica apartarse de los fenómenos de apertura e integración.
Si la globalización dio origen a una tendencia centrífuga de configuración de un casi único mercado mundial, recientes acontecimientos dan cuenta de que tal globalización -para algunos, inevitable y duradera- goza de mala salud, y es dable entonces analizar hasta qué punto será un fenómeno perenne, ilimitado, sin perjuicio de que la necesaria interdependencia entre los Estados marca de alguna manera un camino sin retorno.
La Unión Europea había nacido con fuerza luego de la II Guerra Mundial, cuando los Estados europeos, ancestralmente en guerra unos contra otros, entendieron que la mejor garantía para la supervivencia, incluso frente a las potencias emergentes de EE.UU., la Unión Soviética y luego China, era la unión, la unión en la diversidad ("In diversitatem concordiae", como reza su bandera); lo cual implicaba multiplicar los lazos comerciales, culturales, afectivos y de todo tipo entre dichos países, de modo tal de crear un sistema tan imbricado y de particular sinergia, que nadie osaría "sacar los pies del plato" porque ello conllevaría la improbabilidad de que el Estado en cuestión pudiera cumplir sus fines: orden, seguridad, libertad, justicia, paz, bienestar económico, bien común en síntesis. No los unió tanto el amor, sino el espanto, como diría el inefable Borges.
Pero está claro que la globalización y su intrínseco universalismo tienen sus límites. Ya Trump había advertido que las supuestas bondades de la globalización habían de hecho dejado sin trabajo a vastos sectores obreros nacionales, que no dudaron por tanto en votarlo. Cultor del centripetismo, con su "America First", que no es otra cosa que una decisión proteccionista, unilateral e individualista, entendió que en modo alguno ello significaba prescindencia de los conflictos mundiales. sino hacer frente sólo a aquellos que directamente amenazaran la seguridad nacional (con toda la ambigüedad de este concepto equivoco, polivalente, y plurisémico).
Otro reciente ejemplo lo da el Reino Unido. Decidido. a pesar de todos los augurios en contrario, a respetar la voluntad popular (después de todo, mal que nos pese. son democráticos), está llevando adelante la decisión tomada en el referendum del 23/6/16: el 31 de enero se producirá el Brexit, la ruptura con la Unión Europea, que inaugurará una era de marcada incertidumbre sobre la que no caben efectuar pronósticos  medianamente certeros. El Reino Unido, a quien le costó integrarse a la Unión Europea, por la falta de convicción propia y las aprensiones de De Gaulle, -recién lo hizo en 1973, o sea 16 años después del Tratado de Roma de 1957-, orgulloso de su posición insular, y aprovechando al máximo sus vínculos con EE.UU., decidió adoptar una posición individualista, centrípeta, de una magnitud v consecuencias todavía inciertas, cuando no indescifrables. No se trata de una postura suicida, sino a tono con el cuestionamiento que al integracionismo se ha estado verificando en los últimos tiempos.
Dentro del Reino Unido, Escocia también está a un paso de escindirse. Lo mismo intentó Cataluña en el Reino de España, cuestión que, si bien ha sido en principio abortada, en modo alguno está solucionada: las tendencias nacionalísticas e independistas de los catalanes siguen vigentes y, al decir de conspicuos comentaristas, es el principal problema de política (no sólo exterior) que afronta España.
La guerra comercial entre EE.UU. v China, a duras penas tan sólo atenuada recientemente, es otra demostración de que el libre cambio, la apertura de los mercados, el establecimiento de reglas de juego válidas en todo el orbe, es algo en crisis. El neoliberalismo y los sistemas democráticos están cuestionados, como lo demuestran también los atisbos nacionalistas -muchas veces de corte fascista y xenófobo- que proliferan en casi todos los países de Europa. Ni qué hablar de los típicos populismos latinoamericanos, también de incierto devenir y futuro.
Pareciera que el mundo, el orden de la comunidad internacional. poco a poco se va desmembrando, resquebrajando en su unidad, esa unidad que marcó a fuego la segunda mitad del siglo XX. Resquebrajamiento montado sobre insatisfacciones colectivas (son patéticos los episodios de Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia, España con los indignados, Francia con los chalecos amarillos), en un cuestionamiento a un orden democrático que demuestra una vez más que democracia no es solamente voto popular para elegir autoridades, sino vigencia plena del derecho de cada uno y de cada familia a un desarrollo pleno. Si a ese descontento se le suma un descreimiento en valores básicos, un hedonismo a ultranza, una pérdida de las utopías, un individualismo y narcisismo crecientes, una falta de espiritualidad y de certeza en lo trascendente, que torna en verdadero sólo el presente y sólo lo empíricamente demostrable (ignorando que las verdades son sólo verdades falsables), una falta de emoción (ya nada nos emociona o conmueve), en fin, todas ellas características del hombre posmoderno, cabe concluir que estas tendencias a buscar sólo en lo personal e inmediato (y esto vale también para los Estados) -negadoras del valor de la unidad, de la común-unión- tenderán a proliferar.
Probablemente, los hechos luego demostrarán que tales rupturas no servirán para lograr un orden más justo, como ya ha quedado demostrado en la historia, con lo cual pareciera cierto que esto no se trataría más que de ciclos, que la historia marcha según ciclos (fenómeno que en Argentina es harto evidente, al menos en lo económico), con lo que, a la gran desilusión que tal estado de cosas conlleva, cabe esperar un retorno a la unidad, a la apertura, a la consideración del otro no como mi enemigo sino como un copartícipe en el proyecto, anhelo y necesidad de mejores condiciones de vida.
La Europa destruida por las guerras dio lugar a la parición de la Unión Europea, el más alto grado de integración que registra la historia moderna. Los latinoamericanos. por rivalidades absurdas, ad intra, que sin embargo no colapsaron en una guerra global, no lograron nunca dicha unidad: el Mercosur y otros intentos integracionistas gozan de muy precaria salud, y las invocaciones a la "Patria Grande" no pasan de ser meras expresiones de deseo ajenas a la realidad.
Ojalá que en Argentina no se verifique este fenómeno de desunión, aunque es un peligro latente: agresividad, revanchismo y relajamiento de los vínculos afectivos son señales de alerta. Después de todo, nuestras luchas intestinas vaya si hemos tenido: y por tanto la pacificación de los espíritus y el concordar en políticas de Estado básicas y duraderas, es -parafraseando y extrapolando a KANT- un "imperativo categórico". Para el ilustre filósofo, la moral de todo hombre debe poder reducirse a un solo mandamiento fundamental, nacido de la razón, y a partir del cual se puedan deducir todas las demás obligaciones. Así, imperativo categórico es toda proposición Que declara a una acción (o inacción) como necesaria; denotando, por tanto, una obligación absoluta e incondicional. ("Obra de tal manera que la máxima de tu conducta pueda convertirse en ley universal"). Es hora de establecernos como pueblo, imperativos categóricos que trasciendan a los gobiernos de turno: sólo así será posible la unión. Y la supervivencia, claro.

Profesor universitario de Derecho Internacional Público y Derechos Humanos; miembro del C.A.R.I. (Consejo Argentino para las relaciones internacionales) y de la Asociación Argentina de Derecho Internacional.

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