La última cita del Gringo Tullippa

Información General 03 de enero de 2020 Por Edgardo Peretti
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ARCHIVO EDP EL MATRIMONIO. Egidio Cremona y Carolina Barbieri. EL BOLICHE. Despacho de bebidas y pensión. En Avellaneda y Lisandro de la Torre, aún en pie.
ARCHIVO EDP EL MATRIMONIO. Egidio Cremona y Carolina Barbieri. EL BOLICHE. Despacho de bebidas y pensión. En Avellaneda y Lisandro de la Torre, aún en pie.

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Por Edgardo Peretti

El del Gringo Tullippa es uno de los grandes misterios que aún no ha resuelto la historia de la ciudad de Rafaela pese a que ya casi ha pasado más de un siglo largo desde que se lo conoció en estos pagos.
Su paso por este terruño ha tenido un grado de ignorancia, primero, hasta arribar a convertirse en todo un desafío de los nuevos tiempos, especialmente cuando los historiadores se pusieron a escarbar en los anales del mundillo rafaelino post fundacional y pre-ciudadano, por ubicarlo en algún lugar, entre 1881 y 1910.
En ese transcurrir no han faltado muchas mentiras y escasas verdades (comprobables, al menos) que sumergen a este personaje en las tinieblas más profundas. ¿Quién era este tipo? Trataremos de verlo.
Una de las grandes curiosidades que se exponen en un primer acto avizorador del caso es que la precitada mención a los intereses nunca bien ponderados de los espulgadores de hechos, se define en una primera y contundente definición: nunca nadie se interesó por la vida, la pretendida gloria y la inexistente leyenda del Gringo Tullippa, cuyos demás datos de identidad se han perdido en los más representativos ejemplares de la sapiencia acriollada de hecho y de derecho por la inmigración. 
Dicho esto avanzaremos con algunas definiciones conceptuales que bien podrán acercarnos –creemos- a encontrar la luz que nos alumbre, al menos, con la potencia de una vela.
En primer lugar hay que decir que el Gringo Tullippa no era argentino, que tampoco era italiano y que no se supo jamás su nombre de pila, pequeña molestia de índole social, que la sociedad de ese entonces – valga la redundancia- no tomaba muy en cuenta.
El autor ha hurgado en algunos trabajos de índole experimental a este respecto cuya mención podría ser tomada en cuenta con un poco de buena voluntad. A los fines meramente ilustrativos habremos de referirnos a un imperdible diálogo entre dos personajes de la obra “Colorado Ayacucho” (Karlovich Ediciones, 2012) donde José, el herrero, le pregunta a don Gómez (contertulio laboral de hábito diario) acerca de los motivos sobre los cuales al conocido como “Gringo” Petrucci se lo apoda y nombra de esa manera, y donde el interpelado responde, sin hesitar, con un contundente: “No tengo la menor idea”.
Necesario será entonces, acceder a algunos de los datos de este personaje. El Gringo Tullippa no nació en Italia ni en Argentina, porque llegó al mundo en Quebec, Canadá, para más datos, el primer día del año de 1890. Su madre y su padre habían partido de la Lombardía itálica unos meses antes, encandilados por la oferta de prosperidad, riquezas y futuro venturoso que le había hecho llegar un colonizador, o sea un contratista de inmigrantes que –obviamente- lucraba con los sueños ajenos. 
Menos necesario sería, entonces, adjetivar beneficios cuando la familia lo único que anhelaba era poder comer más o menos seguido. Como presume, con absoluta certeza el lector, lo que tanto se había prometido, nunca se cumplió y, además se llevó la vida de los padres, víctimas de tantas privaciones, enfermedades, frío, nostalgia y el siempre inestimable aporte del hambre.
Un grupo de paisanos que decidió quedarse a tentar suerte, le consiguió un pasaje de una clase que no viene al caso calificar aquí, con lo que el pequeño apareció en el puerto de Génova un mes después, pálido y sin brillo en sus ojos; los parientes que lo recibieron no tuvieron demasiadas contemplaciones y lo mandaron a trabajar al campo con otros parientes, relaciones de sangre en las que se dejaba, precisamente, eso. Sin saldo a favor.
El chico se cansó y un día se marchó con su pequeña pobreza y la inmensidad de sus sueños hacia el interior. Así llegó a la Lombardía, y mientras se conchababa en tareas menores nutría su cuerpo de experiencias y fuerzas. Los habitantes de esta zona eran más generosos que sus parientes genoveses y, si bien no pagaban en abundancia (en realidad, nada), le aportaban comida y algún cobijo.
Aprendió a cuidar la hacienda con sapiencia y a manejar la pequeña labor del tambo. No podía quejarse: comía y tenía resguardo en los terribles inviernos de la zona, viviendo en el arco medieval que indicaba la entrada del pueblo, a la vez que se utilizada como establo público.
Pero sus sueños siempre fueron de vuelo corto. Un día, el que regenteaba el lugar, un tal Egidio Cremona, le dijo que tenía que dejar el sitio porque él y su esposa se irían, a América, a un país llamado Argentina. Su mejor ocurrencia fue preguntar: “Y, no me llevan?”.
Cremona lo escuchó, miró a su joven esposa y dio su conformidad, no sin antes aclarar que lo que los esperaba no era mejor que lo actual y que empezaban de cero, con lo puesto (que no era mucho), con lo cual siempre estaría rondando sus vidas un viejo conocido: el padecimiento.
Conclusión: el primero de enero del año del señor de mil novecientos, los Cremona, junto a otros paisanos del mismo pueblo de Rivarolo Mantovano arribó a un sitio en el medio del campo, donde no había montañas ni arroyos ni la odiosa nieve, sólo campo, horizonte y planicie. Estaba de nuevo en América.

Acerca de su vida exterior y otros menesteres
El Gringo supo adaptarse en poco tiempo al lugar. Cremona no hacía trabajos de campesino sino que había instalado una especie de fonda y almacén que contaba con despacho de bebidas y oficiaba de comisionista. El joven ayudante se adaptó rápidamente a sus tareas que consistían en cuidar de los caballos, limpiar el establo y colaborar en las tareas del comercio. Del resto de la limpieza se encargaba la mujer de Cremona, llamada Isolina.
Esta vez ya no había establo sino que le habían armado una habitación en un sitio de la casa (que alquilaban en un principio, pero que ya habían adquirido), a la vez que sus responsabilidades aumentaban, como por ejemplo cuando debía ir en la volanta hasta el ferrocarril Central Argentino a buscar bultos que llegaban desde la capital.
Ya ingresado en la adolescencia, el Gringo sabía quiénes eran los proveedores de su protector, hablaba perfectamente el castellano y se había ganado el respeto de todos. En ese entonces, en el amanecer del nuevo siglo, la población aumentaba y el negocio prosperaba, aunque siempre tendría la duda acerca de los fondos que le permitieron emprender un negocio toda vez que de Italia salió con lo puesto y un poco menos.
Tullippa tenía un secreto. Lo había guardado, primero por pudor y luego por prudencia, aunque nunca lo dejó perderse: hablaba y escribía con corrección tanto el inglés como el francés, conocimiento que había adquirido en su primera década en Canadá, donde su madre insistía en el punto como base de su futuro. Y el futuro llegó. 
También el amor.
El primer tópico lo expuso ante su ámbito una noche en que Cremona y otros amigos, que solían juntarse a charlar hasta altas horas de la madrugada, aunque en un intercambio alejado de los chistes burdos del bar o de las bromas de los trabajadores que allí acudían; no, era gente muy culta que evidenciaba buen tono y siempre el respeto ante cada uno. Por sus labores de limpieza, y a su sentido común, trataba de estar en un lugar prudente y lo único que siempre escuchaba era algo así como el “ojo de Dios que todo lo ve”, y alguna frase como “el arquitecto del mundo”, entre otras. 
Sin embargo, una noche en que manipulaba su escoba oyó palabras en un idioma que no le parecía extraño, al contrario, lo entendía: era francés.
Se quedó parado en el marco de la puerta, escuchando a un señor de barba y traje que intentaba traducir sus palabras a una mezcla rara de italiano con algo inentendible. Los presentes se miraban perdidos. Alguien había calculado mal. Pero Cremona se dio cuenta que su empleado/protegido no se perdía palabra y lo llamó: “vos entendés algo…?. “Oui”, respondió el Gringo, captando la atención de todos. Y desde esa noche se convirtió en el miembro más joven de la ignota logia que Cremona integraba, entendiendo con creces aquellos símbolos que allí había visto.
Su vida cambió. También se enamoró, aunque el acceso a una mujer fue más complicado que al grupo tan reservado y discreto donde tenía dos funciones: traducir y otra sobre la que ya volveremos.
Aurelia no era una mujer diferente desde lo físico, quizás tampoco desde lo intelectual (pensamos, con ese atisbo maldito de los que juzgamos vidas ajenas sin pudores), sin embargo estaba enamorado. Se habían visto una vez en la herrería de Avanthay, el suizo que arreglaba carros, cuando ella iba a llevar la ropa que lavaba con su familia. Después, no por casualidad, cuando el tren que cruzaba la plaza los domingos se detenía para que suban vendedores ambulantes con algún pan aún tibio o pastelitos de dulce de membrillo.
Fue lo único que se mantuvo en esa temperatura del pan. El amor llegó en poco tiempo y la pasión se hizo carne, sangre y pensamiento. Los encuentros furtivos se reiteraron en las horas de la siesta de ese verano feliz, cuando la pausa imperaba, o en las noches de otoño, cuando los ocres tapizaban los suelos y las calles aún de tierra. 
Pero ambos sabían que era un amor prohibido. Nadie aceptaría a un gringo con una sirvienta, menos morocha, peor aún, pobre y que ni siquiera sabía leer. Por eso se juraron amor y silencio eterno, avanzando en la plenitud de los años jóvenes hacia un futuro que no existía. Así, durante tres años.
En ese tiempo, el Gringo ya tenía caballo propio y las relaciones con la gente de la logia le había abierto muchas puertas, incluso ya estaba ajeno a la escoba y más cercano a la pluma, ya que, además de la papelería del grupo, se ganaba unos buenos pesos escribiendo cartas para los italianos que le querían contar piadosas mentiras de bonanza a sus parientes, que suspirarían por América, más allá del mar. Algunos vinieron para ver esto, pero la gran mayoría supo cuál era la realidad, aunque ya no la contaban. No había secretos ya en el mundo.
La labor especial que la logia le había encargado al Gringo era la de dedicarse a los muertos. Como sus prácticas no estaban muy bien vistas en algunos ámbitos, cuando uno de ellos moría, la familia procedía al entierro con todos los clisés de la época y usanza: velorio interminable, cura, llanto y entierro. Cuando las sombras de la noche habían ganado el camposanto, el grupo se acercaba, desenterraba el cuerpo y el Gringo lo vestía con los atributos de su rango, se retiraban las referencias religiosas y el finado ingresaba al otro mundo (en realidad, ya hacía un par de días que estaba) con sus avatares y ropaje de ocasión.
Había palabras alusivas y todo quedaba en la nada y nadie, salvo ellos, se enteraba.
El Gringo aportaba su sapiencia en dejar al extinto en condiciones de ser visto por la congregación habida cuenta que algunos en dos días de muertos ya estaban en malas condiciones. Era un experto en el arte de la muerte, pero no lo sabía. 
Como seguía su relación con Aurelia, estaba entre feliz por eso y amargado por lo furtivo de esa pasión, y –como siempre- habían quedado en verse en el campo, en el camino de retorno del cementerio. Era invierno y la neblina no permitía ver mucho, no era espesa, pero sí molesta. Acomodó sus petates antes de subirse al caballo, pero nunca lo hizo; una bala le partió la cabeza, quedando allí, a las patas del matungo y con el rostro pegado a la humedad de la tierra que tanto profanaba.
Nunca apareció su cuerpo. Nadie jamás supo que la tierra de aquella sepultura se volvería a abrir otra vez en la misma noche y que, por cercanía, quedaría casi pegado al mandril de la justicia.
Poco se supo de Aurelia, ni de los celos de sus hermanos. Nadie hizo demasiadas preguntas y el tiempo se devoró algunos recuerdos que se fueron convirtiendo en difusos y confusos en tiempos en que la gente tenía muchas otras cosas de qué preocuparse, incluso la memoria que jamás registraría al joven morocho de ojos claros y mirada lejana que algunos años después llegaría un mediodía al estaño del boliche de Cremona a pedir una ginebra.
Allí estaba el bolichero, de ralos cabellos blancos y espesos bigotes del mismo tono, que sirvió el pedido con especial esmero y con singular parsimonia interpeló con tono paternal al cliente: “seguro que te dicen Gringo, como a tu viejo….”.

Nota del autor: esta historia, más allá de la ficción, está basada en un hecho real.




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