La tía Francisca

Información General 16 de diciembre de 2019 Por
UN CUENTO DE NAVIDAD

La tía Francisca no era mi tía. En realidad no había ningún lazo de sangre que nos ligara, pero el amor que sentía por mi hermano y por mí era absolutamente más fuerte que cualquier parentesco.
Era del campo, como se dice -todavía- en mi pueblo. Había nacido en una familia de trabajadores rurales, en la zona de Vila, y como todo niño (o niña, sin distinción) pasaba por la cotidianeidad de las labores propias de la chacra, donde el tambo de madrugada y su barro no le eran desconocidas. Quien ha pasado por esto no necesitará más explicaciones al respecto.
El caso es que en su adolescencia consiguió un trabajo en el frigorífico, donde estar en la línea de producción de embutidos o atando matambres no era, precisamente, un paseo dominguero, pero al lado del tambo familiar era una temporada en el Caribe, todo incluido.
Con mucho esfuerzo fue ahorrando sus monedas y consiguió comprarse su casita; digna, cómoda, confortable y cálida. Esta cultura del trabajo le dio otras posibilidades, como viajar y acceder a lugares que para la época, mediados de los sesenta eran quimeras, como los lagos del sur argentino o cruceros al carnaval de Río de Janeiro.
La recuerdo con su guardapolvo blanco, llegando de la fábrica (como se le decía al frigorífico), y preguntándole a mi madre por nuestras cosas. Era común que al atardecer nos sentara en la vereda junto a ella, con su sillón de lona plegable y nosotros con nuestras sillitas de mimbre. Al grupo se había sumado otra vecina, Nanci, amiga del alma de aquellos primeros años.
La tía Francisca alternaba su vida laboral con visitas a sus amigas y concurrencia diaria a la Parroquia del Sagrado Corazón, donde colaboraba con los curas a cargo, el padre Enrique (gigante alemán que todos los chicos queríamos) y Teodoro, también de la orden del Verbo Divino. Nunca formó una familia y, como era usual a la cultura costumbrista de la época, cuidó a su madre hasta el final.
El premio máximo que otorgaba la tía para el buen comportamiento semanal era una visita a la Heladería “San Martín”, de la familia Monroig en la tarde del sábado, donde disfrutábamos de un helado con gustos de libre elección, aunque con la variedad del “carioca”, revolucionaria entrega con cobertura de chocolate que solía tener algunas visitas al piso debido a su tamaño.
El otro premio era la participación en el armado del arbolito navideño. Cada 8 de diciembre, cuando volvía de la misa, nos reunía en su living donde reaparecía el pinito, sus adornos y lo más notable: el pesebre, todo lo cual había estado en guarda sobre la lejana geografía del ropero durante el año.
Este acto era sublime. Ella ponía el pastito, los animalitos (con camello incluido) y dejaba que nosotros coloquemos el niño Jesús en su cuna de pasto. Para no generar disputas, cada uno lo ponía una vez; lo llamativo es que el muñeco (de yeso) era demasiado grande para la proporción de la escena ya que tenía como treinta centímetros de largo y, además, le faltaba un brazo.
No hace falta decir que el 24 siempre aparecía algo para nosotros; sencillo, humilde, glorioso que en la mañana del 25 era nuestro pasaje a la felicidad.
Me conmueve todavía una fecha donde había pocas monedas y ella recortó la etiqueta del aceite “Patito”, con la figura del animalito pegada a un humilde animalito de cartón que se convirtió en símbolo de esas hermosas navidades, pobres de material, grandiosas de amor.
Pasaron muchos años. La querida tía Francisca terminó sus días olvidada, apenas asistida por mi madre, en un gris final, absolutamente inmerecido.
Por estos días, mi corazón se pregunta qué habrá sido de aquel Jesús del pesebre, sin un brazo, con su tamaño de exceso y mirada tierna. Quizás se lo llevó la tía a su descanso, en el cielo, lejos del odio que no conocía, cerca de su amor, que meció mis días.
O tal vez, casi seguro, está sentada con el Jesús en la mano, meciéndolo en su sillón de lona, en alguna nube, con los silloncitos de mimbre, esperando el regalo que todos los años le mando en Navidad en alguna nube traviesa que anda por el barrio: un beso grande atado a un patito amarillo.

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