Sensaciones y sentimientos

Sociales 03 de diciembre de 2019 Por
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BETO FORMENTO: LO INDELEBLE
Cuando se piensa que siempre lo más nuevo será mejor que lo anterior se tiene una verdad a medias, lo que hoy deslumbra necesitó en su momento conocer el principio de la luz y el modo de producirla. El dibujo es, puede decirse, un arte originario.
Alguna vez se pensó -e incluso se dijo- que hay artes menores y mayores por sí mismos. Se atribuyó al dibujo la categoría de simple apoyo del texto, una forma esquemática de la idea abstracta y originaria; en esa categoría se incluyó a la historieta, modo gráfico de comunicación que algunos pretenden rebautizar como “comic”, olvidando tras un pocillo de café cortado que las huellas que ha dejado la historieta como género son indelebles. Como la recordación cotidiana de alguien que era un personaje de la ciudad y a quien se trataba con frecuencia.
Roberto Formento nació en octubre de 1953 en la ciudad nuestra. No se sabe si primero surgió la vocación o el sobrenombre Beto, pero seguramente las dos cosas lo acompañaron desde muy jovencito. En sus comienzos miraba con mucho interés la hoja completa de la revista “Heavy metal” para lograr esa calidad de imagen. Concretó su deseo de publicación cuando la Editorial Columba, en 1973, lo aceptó como colaborador de la revista D’Artagnan, desarrollando la historieta “Aquí la legión”, refiriendo a la Legión Extranjera originada en Francia.
La esposa Susana y el hijo Pedro conformaron su familia. Ella aportaba el color a los dibujos, ya que él los culminaba en negro.
Beto Formento conoció el éxito y la aprobación de expertos y de simples lectores. Una dificultad motriz ensombreció su vida originándole una personalidad retraída, a pesar del triunfo que significaba el reconocimiento recibido en áreas importantes del dibujo publicitario. Hizo trabajos para el público italiano y el inglés: eran estos últimos muy puntillosos y exigentes en cuanto a detalles.
Creando, fue individualista, rotundo y estructurado. Exigente con él mismo, su virtud era la sencillez. Se sentía libre dibujando y -especialmente- a Superman, su ídolo.
Hacia 1983 decayó la venta de revistas de historietas (El Tony, D’Artagnan, Intervalo, entre otras) y eso le provocó una depresión que no pudo superar: su placer creativo y razón de ser era el dibujo.
Queda hoy la duda ¿habría tomado como ayuda la llegada de la informática al dibujo? Puede que sí pero, pensándolo mejor, alguien que como él ponía toda la atención a los cuadritos bien poblados de detalles -y sobre todo por la acción de la mano y no por un insensible teclado- habría preferido la manualidad, que respondía directamente al cerebro.
Un 23 de octubre, pocos días después de cumplir 37 años, su lápiz favorito (un portaminas, el mismo que nunca prestó a nadie) y Roberto Formento, con “Beto” incluido, quedaron definitivamente acostados apuntando hacia algún trazo nuevo que quisiera volar.
La quietud no es falta de acción y sí vida suspendida esperando que un impulso generoso de voluntad ponga en movimiento los silencios de la espera.
O por un vuelo inesperado que encienda los motores y tiempos dormidos de todos los lápices.
Y por qué no, por el canto del color que hubiera podido haber desarrollado Beto Formento.
O también, por ejemplo, mediante un simple y natural soplo de Superman.

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