Las lágrimas de los chicos grandotes

Información General 09 de noviembre de 2019 Por
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FOTO EL UNIVERSO.COM TOPO GIGIO./ El célebre muñeco que se "compró" a chicos y grandes.
FOTO EL UNIVERSO.COM TOPO GIGIO./ El célebre muñeco que se "compró" a chicos y grandes.

Solían decir las tías que nunca hay que tenerle miedo a las lágrimas propias; quizás, si a las ajenas cuando eran nuestra responsabilidad. O algo parecido.
Estos días del siempre quejumbroso noviembre nos despertaron con la noticia de la partida de María Perego, italiana, de 96 años, para más datos, la mamá del Topo Gigio.
Para quienes tienen algunos años no harán falta más presentaciones. Para los de menos del medio siglo, quizás haya que decirles que era un muñeco que hablaba, que se movía y que – fundamentalmente- enternecía. En Argentina arribó un día a finales de los sesenta y se quedó con toda la fama: el programa “Casino”, un show espectacular de la TV de entonces, se puso a su disposición y su animador/conductor Juan Carlos Mareco se convirtió en su socio, su amigo, el interlocutor que expresaba todo lo que los chicos de entonces, frente a un televisor blanco y negro, queríamos saber.
El Topo Gigio era furor mucho antes que Riquelme inmortalizara sus grandes orejas en la mediatización futbolera que nos domina en estos días. Había productos de todos los gustos y pocos colores.
Algunos recortábamos la figura en madera “balsa” que nos regalaba Quito Alassino (uno de los carpinteros del barrio) y allí calcábamos (¿alguien sabrá de lo que hablo?) la figura del Topo que era prolijamente recortada con una sierrita que vendía la ferretería de Montarzino (en Ayacucho y Bernardo de Irigoyen, para más datos). Después se pintaba con témperas (otra cosa no había, salvo la escuálida acuarela) y se barnizaba para terminar la obra que, indefectiblemente, iba a parar a la pared en la cabecera de la cama llegando a reemplazar al cuadrito del Padrenuestro que allí habitaba, para bronca de la nona que en casi todo era preconciliar.
Así se fue yendo nuestra infancia. Con la inocencia perdiéndose de a poco, sin necesidad de otros colores que no sean los de la vida y de los sueños; cuando vimos al Topo policromático, ya era otro mundo. Alguna lámina, una canopla escolar, un cuaderno viejo; en algún lugar Gigio vive, aunque su mamá se haya ido, aunque Mareco lo espere en los cielos de los artistas.
No se moleste en dar demasiadas explicaciones. Llore sin pudores por esos tesoros que todos disfrutamos y hoy guardamos en el corazón, con alguna lágrima de nostalgia, como chicos que somos grandes, con alma de pibes y alas de gorrión.
(Dedicado a la querida memoria de Jorge “Topo” Quatrocchiochi, que se fue joven, hacia ese cielo de pelotas de trapo e ilusiones truncas donde no falta algún Gigio para adornar la pieza.

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