"Nombrarte recuerdo" o el espejo de agua

Información General 09 de noviembre de 2019 Por
El arte… los bordes Fernand Deligny- El arte, los bordes y el afuera.

(Por Luisina Valenti). - Si un género ha tensionado, en los últimos tiempos, el borde siempre conflictivo, difuso, entre lo real y la representación, o el teatro y lo que hemos convenido en llamar vida, es la autoficción. Híbrido e inclasificable, este género no ha cesado de formular la pregunta por el borde: ¿Cuáles son los límites de la teatralidad? ¿Puede un cuerpo desconocer su materia vívida en la escena? ¿Puede lo real tomar la escena y transfigurar en ficción? ¿Puede un cuerpo representarse a sí mismo, desdibujarse y definirse en un mismo movimiento?
“Nombrarte recuerdo” ensaya éstas y otras preguntas, habita esa zona de frontera, la difumina, juega con ella. Una mise en abyme es el punto de partida de esta obra, que implosiona en un ensamble de piezas de biodrama. Un grupo de teatro prepara su obra de autoficción: la propia experiencia se vuelve material escénico de los actores. Las palabras intentan nombrar aquello que vibra en el cuerpo: una electricidad sanguínea que descarga imágenes, nombres, historias. La piel es un cuaderno que lleva escrito, sobreescrito y borroneado un ensayo infinito de eso que fueron y que son. Es noche de función y habitar la escena permite desandar heridas devenidas cicatrices, mostrarlas, hacer narrable una huella. Abrir una herida en el lenguaje donde amarrar un relato.
Siete monólogos se entrelazan dando lugar a una obra polifónica que aborda los vínculos, el amor, las huellas que deja el amor cuando se retira como una marea despiadada, postales de infancia, el dolor que conlleva estar en este mundo. Siete cuerpos habitan la escena, que se transforma y reconstruye en cada una de las historias para albergar estos relatos.
Aparece entonces el trabajo con la materia vivida, una reconstrucción de eso que fue y se hace presente en la escena: registro de lo perceptual desde los sentidos y las emociones, lo íntimo, el núcleo del recuerdo. Pero también el trabajo de actores y actrices, el oficio del hacerse y deshacerse en un espacio intemporal y puro presente que contiene, en la posibilidad de la paradoja, las luces y las sombras de quien presta su cuerpo para ser habitado por la ficción. Ellos también son ese borde.
Dice Deligny: “Esa palabra que hablaba de linde llegó a evocar al navío mismo. Subir a bordo [bord] suele decirse. Queda el mar, que sería el afuera. Y queda preguntarse si la obra de arte no tiene algo de pez volador, de ese afuera. […] Si el pez volador parece descabellado, nada impide pensar que a pesar del incesante calafateo, el afuera se filtre y llegue a hacer ese charco que refleja el rostro de quien mira y hace de espejo sin serlo. Suele decirse que el mar refleja aunque nadie se vea en él”.
Como el pez volador, la obra es un poco ese espejo de agua que desdibuja los planos y vuelve al primer gesto del teatro, hace más de dos mil años: la catarsis. “Nombrarte recuerdo” es la posibilidad de habitar -en el más pleno sentido de la palabra- un espacio devenido teatro, un navío que atraviesa, a costa de cuerpo y lenguaje, la memoria personal y colectiva. Una invitación a surcar las aguas profundas del recuerdo y empaparse de relato.





Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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