El urbanismo frente a la ciudad actual

Hábitat 04 de noviembre de 2019 Por
Sus desafíos, mediaciones y responsabilidades.

El próximo 8 de noviembre se celebra en más de 30 países de cuatro continentes Día Mundial del Urbanismo. Es un día donde se reconoce y promueve el papel de la planificación en la creación y manejo de comunidades urbanas sostenibles con el marco del ordenamiento regional al que pertenecen.

El Día presenta una excelente oportunidad para contemplar la planificación desde una perspectiva global, pues es un evento que apela a la conciencia de los ciudadanos y las autoridades públicas y llama la atención hacia el impacto ambiental que produce el desarrollo de ciudades y territorios.

Por eso en este número queremos repasar los desafíos del urbanismo frente al mundo y la ciudad que cambia constantemente.

El urbanismo es una dimensión de la política, como lo es la emisión de moneda, la seguridad ciudadana, la fiscalidad, las infraestructuras de comunicación, el abastecimiento de agua, la educación obligatoria, la sanidad pública, las fuerzas armadas, etc. Por lo tanto cada época debe reconstruir el urbanismo, como política primero, y en sus métodos y técnicas también. Veamos pues los cambios globales que inciden en el urbanismo local. Los procesos sociales, económicos, tecnológicos y culturales son globales. Pero el urbanismo es local. Cada ciudad tiene una especificidad propia y los marcos políticos y jurídicos son de ámbito estatal y local. No hay, o por lo menos no es suficiente, que haya una regulación adecuada de los procesos globales que actúan en mercados salvajes y donde los poderes financieros y las empresas multinacionales imponen su fuerza sobre los Estados y los gobiernos locales. Es precisamente en el nivel local donde se materializan los efectos y desde donde es posible plantear la resistencia. Pero es necesario tomar conciencia de algunos procesos globales visibles que inciden, en muchos casos negativamente, en los territorios urbanos.

1. La disolución de la ciudad en las periferias y la exclusión social en las áreas

Se tiende a una urbanización difusa, dispersa, fragmentada y segregadora, la no ciudad. Barrios cerrados, conjuntos de vivienda social lejos de la trama ciudadana, centros comerciales que no son centros urbanos solamente rodeados de estacionamiento, puntos nodales cuya única vida la da la gasolinera, un bar y un pequeño supermercado, polígonos industriales pomposamente denominados parques de innovación tecnológica y que pueden ser galpones de almacenamiento, suelo expectante pendiente de obtener beneficios especulativos, vías más o menos rápidas al servicio de los autos privados, contaminantes y condición para multiplicar el precio del suelo, etc.

La otra cara es la ciudad compacta y excluyente, donde se concentra principalmente una parte importante de sectores altos y medios, residentes y/o usuarios de las áreas centrales, donde se realizan grandes proyectos complejos para el terciario superior (financiero, administrativo, comercial), la “nueva economía” (o “economía del conocimiento”), las instituciones políticas, etc. Los centros históricos se museifican y se gentrifican, los barrios residenciales se securizan mediante la homogeneización social, los barrios populares van modificando su población a medida que se produce la renovación urbana y algunos barrios degradados son refugio de colectivos marginados, no necesariamente marginales. Progresivamente los sectores populares son excluidos de la ciudad, del lugar donde se puede ejercer la ciudadanía, el derecho a la ciudad se pierde o se reduce a mínimos.

 

2. La relativa impotencia de los gobiernos locales y la complicidad con las dinámicas urbanizadoras y excluyentes

Los gobiernos locales en general disponen de importantes competencias urbanísticas, aunque estén condicionados por el marco jurídico (legislación suelo, del planeamiento urbano, de la fiscalidad, etc) y por las políticas públicas (infraestructuras y transportes supramunicipales, programas de vivienda), así como por las empresas concesionarias (o que actúan en el mercado) de servicios de carácter universal, es decir que afectan al conjunto de la población (agua, energía, tecnologías digitales, grandes equipamientos sobre los que no tienen dominio (cuarteles, estaciones ferroviarias o de buses, cuarteles militares, edificios de la Iglesia en el caso español y de otros países,etc). A pesar de lo cual tienen una capacidad teórica y legal para regular la ordenación del territorio. Pero si son pequeños o medianos difícilmente pueden resistir a las presiones urbanizadoras, sean por parte de las entidades financieras o por mediación de los promotores y constructores, sean por la presión de los propietarios de suelo, grandes y pequeños, que pretenden conseguir fuertes beneficios especulativos.

La urbanización periférica sean infraestructuras o construcción y los grandes proyectos de renovación urbana son hoy, en muchos casos, unas de las principales fuentes de acumulación de capital por medio de una economía especulativa. Y con frecuencia el resultado es el despilfarro por el escaso uso de las infraestructuras y ingentes conjuntos de viviendas, y a veces de oficinas, que nunca fueron ocupadas.

3. Los comportamientos sociales y las tendencias manipuladas. Las desigualdades sociales y la precarización de las clases populares y medias

Los comportamientos sociales de resistencia y de alternativa inciden obviamente en los procesos urbanísticos. En muchos casos están a favor de las tendencias positivas, las que sintetizamos como el urbanismo ciudadano o el derecho a la ciudad. Pero con frecuencia los comportamientos sociales, conscientemente o no, tienden a favorecer las dinámicas perversas y disolutorias de la ciudad.

Uno de los comportamientos sociales que pueden calificarse de “anticiudadanos” es la vocación de las clases media y altas preferentemente por crearse espacios propios y excluyentes, bien creando barreras simbólicas o mediante privatización de facto de los espacios públicos. Las motivaciones, en gran parte manipuladas son la “seguridad”, el afán de “distinción”, mitificación del “medio ambiente”, el sentirse en un entorno en que todos son como uno, lo que Aristóteles llamaba la “idiotez”.

La difusión urbana y los barrios cerrados o perdidos en la nada tendrán quizás la naturaleza próxima pero la multiplicación de infraestructuras y del tráfico de automóviles genera contaminación, despilfarro de suelo y altos costes de energías no renovables.

 

4. ¿La tecnología como garantía de progreso? Las smart cities

Todos sabemos que la tecnología sirve para lo bueno y para lo malo, unos se aprovechan de ella y otros no acceden a sus útiles aplicaciones, las promesas tecnológicas en muchos casos producen víctimas o frustraciones. Pero hay profetas más falsos que la falsa moneda que proclaman los grandes beneficios de las nuevas tecnologías como el charlatán Florida o el economista Glaeser y se han hecho famosos y distinguidos alcaldes se autoproclaman que están en la vanguardia de las ciudades inteligentes, pero en inglés smart cities.

Las llamadas “nuevas tecnologías” de información y comunicación (tics) han generado nuevos usos de organización interna de las administraciones públicas, empresas privadas y organizaciones sociales, permiten acumular y organizar mucha más información, facilitan a los individuos acceder a informaciones y comunicaciones incluso en tiempo real tanto para sus actividades profesionales como para sus relaciones sociales y personales. Se multiplican las redes sociales y múltiples formas de intercomunicación virtual entre personas y entre colectivos. Pero que de ello se derive que se trata de un nuevo “modo de producción” pues también podríamos considerar que la generalización del automóvil y del teléfono también hubiera sido otro modo de producción. Las promesas de las tics llegan a extremos ingenuos por parte de alcaldes ingenuos que incluso consideran que la tecnología actual nos permitirá suprimir las desigualdades sociales. Las tecnologías no son neutras, pueden ser incluyentes o excluyentes, democratizadoras o concentradoras de la información y controladoras de la comunicación. Y cuando alguien rompe la fortaleza para hacer llegar la información a los ciudadanos el poder político los persigue.

 *Este texto forma parte de uno más extenso escrito por Jordi Borja.

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