Sensaciones y sentimientos

Sociales 29 de octubre de 2019 Por
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Como en toda familia nacida y desarrollada entre historias de película, los videoclubes también tienen algo para contar y, si bien no necesariamente en casi inaudibles susurros, al menos en voz baja como se nombra a todo lo que es criticable.
Tal vez como efecto no deseado, las malas actitudes de la pantalla pasaban a la sala principal de los videoclubes protagonizadas por usuarios de memoria frágil, casual o intencionadamente. Pero mejor será que vayamos a los hechos.
El cliente (o usuario, o simple mirador de películas, queda a criterio del lector la categoría a establecer) llegaba por lo general después de las 20 al vídeo club con toda la gama imaginable de sensaciones. Como había hecho reserva de una película para ese día, debía solamente retirarla. Ingresando al local, lo dominaba la satisfacción futura de ver la película. Acercándose al mostrador, tenía la esperanza fundada de que estuviera disponible y luego de pedirla al encargado, experimentar la feliz sonrisa por tenerla en la mano.
Hasta que recibía el primer “no”: la película no había sido devuelta, a pesar de que ya se había cumplido el horario previsto para el caso. Si el cliente, con evidente desánimo y creciente pesadumbre y pesimismo, insinuaba “¿podrían llamarlo para pedir que la devuelva?”, llegaba el segundo “no”, y éste lapidario. El encargado decía que no tenían el número de teléfono, o bien que mejor sería esperar un poco a que la devolviera ese mismo día.
En este estado de cosas el usuario, dolido porque no iba a poder ver la película hasta quien sabe cuándo, reflexionaba “los que no devuelven las películas son más villanos que los de la pantalla” y, humillado, imaginaba hacia el incumplidor todas las venganzas juntas que había visto en la pantalla del cine, experimentando una dolorosa síntesis de realidad y ficción donde todas, lamentablemente, no llegarían a concretarse.
En 1983 con la llegada de la democracia, al abolirse la censura de las películas se permitió su exhibición, completa y sin cortes, en salas de cine con la obligación de señalar con triple equis (XXX) las de contenido pornográfico que deberían verse sólo en salas destinadas exclusivamente a ese fin. En los videoclubes se habilitaron habitaciones separadas para ubicar esas películas “XXX” que, permisiva e inculpadamente, se identificaban como “condicionadas”.
Como la prohibición había durado muchos años (décadas en realidad) hubo una larga generación que, como no las había conocido a pesar de rondar los 40 años de edad, tenía ahora el derecho por ley de quitarse la curiosidad. Entraba entonces a esas habitaciones procelosas cautelosamente y con exagerada dignidad, fingiendo ser, no ya conocedores sino hasta catadores expertos de esas películas a las que, a pesar de todo, necesitaba referir como “condicionadas”.
Las ansiedades frustradas (el sistema de reserva de películas parecía ser verdaderamente el modo más probable de no poder ver el material que debería estar disponible), así como el “nuevo” material XXX (que a poco de su descubrimiento por nosotros empezamos a llamar cancheramente “porno”) fueron dos realidades de choque con lo concreto; de alguna manera nos hicieron madurar. No estábamos tan preparados como creíamos para el continuo devenir del cambio que, por suerte, siempre está produciéndose y haciéndonos crecer.
No lo hemos descubierto todavía, pero todos somos videoclubes en espera de los estrenos que llegarán con el nuevo día.


Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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