El Arquitecto Viajero - Francia, la ruta de Le Corbusier

Hábitat 21 de octubre de 2019 Por

Si bien durante los 4 años que viví en Barcelona tuve la posibilidad de hacer muchos viajes, quiero contar sobre uno en especial, dado que éste, fue el principio de todo en mi vida profesional.
En el año 2007, junto a un grupo de colegas recién recibidos, realizamos un viaje de “estudio” por varios países de Europa, uno de ellos era Francia, donde realizamos lo que podría llamarse “La ruta de Le Corbusier”. Allí los 6 nos dedicamos a recorrer las rutas de este país descubriendo y viviendo en primera persona, todas aquellas obras que marcaron nuestro paso por la universidad.
Apodado como “El padre de la arquitectura moderna”, este arquitecto nacido en Suiza en 1887, decía que “La Arquitectura es el juego sabio, correcto y magnifico de los volúmenes reunidos bajo la luz”. Y así lo demostró una y otra vez con cada obra que realizó, y que pudimos conocer.
Nuestro itinerario comenzó a las afueras de París visitando La Ville Savoye, paradigma de la vivienda como “machine à habiter”, donde las funciones de la vida diaria en ella se vuelven fundamentales para su diseño. Esta obra que fue bautizada con el nombre de “Les Heures claires” (Las horas claras), ofrece la imagen de un uso libre de los “cinco puntos” de una nueva arquitectura, formulados por el arquitecto en 1927.
Continuamos luego con rumbo Este buscando la pequeña ciudad de Ronchamp, donde conocimos la Capilla Notre Dame du Haut.
El interior de la capilla es asombroso, parece una cueva, pero sin la montaña. La forma exterior hace pensar más en una escultura moderna que en un templo. Su idea fue construir un recinto en el que los mate-riales se presentasen en toda su pureza. Un espacio donde meditar, donde la sonoridad adqui-riese protagonis-mo y donde los espacios estuviesen libres de cualquier aditamento. El predominio de las curvas y el juego de materiales hacen de La Capilla una obra única. El contraste de color entre los muros y la cubierta unido al movimiento curvilíneo de los elementos y la elevación de la cubierta con respecto a los muros hace que la obra adquiera una espiritualidad y una elevación insuperables. Allí nos tomamos un buen rato para escuchar el silencio. Sin dudas que vale la pena hacer la visita.
Con el convento de Santa María de La Tourette no tuvimos la suerte que veníamos teniendo con las obras anteriores. Estaban con los ensayos de un concierto para ese fin de semana y por eso el acceso al interior estaba prohibido, así que tuvimos que conformarnos con recorrerla por el exterior. Sin embargo, fue suficiente para quitarnos el sabor amargo de la mala noticia. Como ya se nos había hecho costumbre, nos tomamos un momento para comer y a la vez observar las rítmicas fachadas compuestas con el Brise Soleil de esta obra.
Con las pilas cargadas luego del impasse, iniciamos viaje hasta la ciudad de Firminy, allí visitamos tres obras. Primero, la iglesia de Saint-Pierre, la última gran obra diseñada por Le Corbusier. Dicha obra se comenzó 6 años después de la muerte del arquitecto. Construida enteramente en hormigón, sus muros interiores se ven bañados de luces de colores provenientes de las perforaciones en la cubierta de base cuadrada y alzado cónico, emulando constelaciones de estrellas. Segundo, la Unidad de vivienda de Firminy-Vert y tercero el estadio que lleva el mismo nombre (Estadio Firminy-Vert).
Como en las anteriores, puedo decir que se confirma, una y otra vez, el increíble dominio de la luz, los espacios, los materiales y sus texturas que el arquitecto logra plasmar en cada una de sus obras.
Ya hacia el final de este tramo del viaje, y luego de recorrer algunos kilómetros más, llegamos hasta la Unite d'habitation de Marsella.
El edificio es una enorme construcción de 140 metros de largo, 24 metros de ancho y 56 metros de altura, preveía un funcionamiento interno de más de 26 servicios independientes. Cada piso contiene 58 departamentos en dúplex accesibles desde un gran corredor interno cada tres plantas, “calles en el aire”.
En el interior del edificio, los más de 300 departamentos se cruzan entre sí en el enorme entramado de hormigón armado. A media altura, una zona comercial de dos plantas se extiende a lo largo de los 135m del edificio, en el que había además salas de actos, un restaurante, un hotel, un lavadero y otros servicios de suministro.
El proyecto constituía una visión innovadora de integración de un sistema de distribución de bienes y servicios autónomos que servirían de soporte a la unidad habitacional, dando respuesta a las necesidades de sus residentes y garantizando una autonomía de funcionamiento en relación al exterior. Esta naturaleza autosuficiente pretendida por Le Corbusier era la expresión de una preocupación que comenzaba a surgir en los años veinte, en sus análisis de los fenómenos urbanos de distribución y circulación que empezaban a repercutir en la sociedad moderna.
Sus plantas bajas vidriadas, sus muros de hormigón moldeados con perfectos encofrados de tablillas, nuevamente el juego de sombras, luces y colores, hacen del hall de planta baja, una obra en sí misma. Espacios únicos en cada rincón del edificio van configurando esta icónica obra, que remata en una azotea transitable, diseñada y construida para el uso de múltiples funciones: Una pista de atletismo de 300 metros (donde por supuesto corrimos una carrera), un gimnasio cubierto, un club, enfermería, guardería, espacio social (todos sin acceso al público).
Y como broche de oro de esta etapa del viaje, nos llevamos de recuerdo, un atardecer con la impresionante vista de Marsella y el Mediterráneo, observada desde lo más alto del edificio.

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