Era una auténtica hija del desierto: hermosa y tenaz como las flores que brotan después de la lluvia. Sobrevivió al intenso calor, la sequía y las privaciones, pero la prueba más terrible que tuvo que afrontar fue someterse a un rito brutal que la llevó de una aldea de pastores en Somalía a la revista Vogue al revelar su secreto más íntimo y doloroso, esta valiente mujer espera ayudar a poner fin a una inhumana tradición que ha dejado mutilada a millones de inocentes desde hace mucho tiempo.
LA HUIDA
La familia era un tribu de pastores del desierto de Somalía. De pequeña disfrutaba intensamente de la libertad de observar la naturaleza: sus imágenes, sonidos y olores. Sin embargo poco a poco la felicidad se esfumó. La vida se hizo más difícil. A los cinco años ya sabía lo que era ser mujer en Africa: soportar sufrimientos terribles en silencio y sin poder hacer nada. Las mujeres son la columna vertebral de Africa, realizan la mayor parte del trabajo y a pesar de esto carecen de poder para tomar decisiones. Tenía unos trece años cuando se hartó de esas tradiciones. Ya no era una niña sino una jovencita de piernas ágiles y llena de energía. Antes no le había quedado más remedio que sufrir pero al volverse adolescente decidió huir de la casa. Su calvario empezó cuando su padre le dijo que ya había elegido esposo para ella.
Consciente de que debía actuar de prisa le reveló a su madre el plan de escapar. Pensaba ir a buscar a una tía que vivía en Mogadiscio, la ciudad en la que nunca había estado. Mientras su padre y el resto de la familia dormía su madre la despertó y le dijo –vete ya – miró a su alrededor pero no había nada que llevar, ni agua ni comida, así que descalza y con una túnica para cubrirse echó a correr por el oscuro desierto. No sabía en que dirección estaba Mogadiscio, sólo corrió sin pensar. A mediodía ya estaba bien internada en el desierto. La desolación se extendía hasta el infinito. Presa del hambre, la sed y la fatiga aminoró la marcha y empezó a caminar. Mientras analizaba donde se dirigía escuchó a alguien llamarla por su nombre ¡era su padre! El corazón le dio un vuelco pues sabía que si la alcanzaba la obligaría a casarse. Pese a que le llevaba mucha ventaja había conseguido seguirla por las huellas que ella dejaba en la arena. Nuevamente echó a correr.
Miró hacia atrás y lo vio aparecer en lo alto de una loma. El también la vio. Aterrada apretó el paso. Era como ir deslizándose sobre olas de arena, ella remontaba una duna y el descendía por la anterior. No paró de correr hasta que el sol se puso y la oscuridad le impidió ver.
Para entonces estaba muerta de hambre y los pies le sangraban. Horas después el sol de la mañana le hizo abrir los ojos. Se puso en pie y echó a correr de nuevo. Así siguió durante varios días que fueron hambre, sed, miedo y dolor. En uno de esos ratos que se entregaba el sueño la despertó un ruido extraño. Al abrir los ojos vio la cara de un león.
Trató de levantarse pero hacía días que no probaba bocado y las piernas se le doblaban. Apoyó el cuerpo contra el árbol que la había protegido del despiadado sol de Africa. Su largo viaje a través del desierto, había llegado a su fin. Estaba serena, dispuesta a morir- ven y acaba conmigo de una vez- estoy lista. El león la miró fijamente y ella también, entonces se relamió las fauces y empezó a pasearse frente a ella con movimientos elegantes y pausados. Podía atacarla en cualquier momento. Finalmente dio media vuelta y se alejó, disuadido quizá al ver la poca carne que ella tenía pegada a los huesos.
HIJA DEL DESIERTO
Antes de huir de casa su vida había girado en torno a la naturaleza y a la familia. Como la mayoría de los somalíes, eran pastores y tenían reses, ovejas y cabras. Los camellos les proporcionaban el sustento diario, pues las hembras daban leche para alimentarlos y apagar la sed, lo que representaba una bendición cuando se encontraban lejos de las fuentes de agua. Ese era su desayuno y también su cena. Se levantaban al salir el sol. Su primera faena era ir a los corrales a ordeñar. Criaban animales sobre todo por la leche y para trocarlos por otros bienes. De niña llevaba rebaños de 60 y 70 ovejas y cabras a pastar en el desierto. Tomaba una vara larga y echaba a andar con sus animales, canturreando una tonada para que la siguieran. Al igual que sus parientes no sabía cuantos años tenía. Sólo podía hacer conjeturas respecto a su edad. Sus vidas estaban regidas por el ritmo de las estaciones y los movimientos del sol, la necesidad de lluvia determinaba sus desplazamientos y las actividades cotidianas dependían de la duración del sol. Sus hogares eran chozas de forma abovedada, de casi dos metros de diámetro, hechas de varas e hierbas entretejidas.
Cuando era hora de partir las desmantelaban y trasladaban a lomo de camello. Luego cuando encontraban un sitio donde había agua y vegetación volvían a levantarlas. La choza les proporcionaba sombra para protegerlos del sol abrasador y espacio para almacenar leche fresca. Por la noche los niños dormían a la intemperie, bajo las estrellas, apretujados en una estera. Su padre dormía junto a ellos siempre vigilante.
La madre era muy bella. Tenía el rostro de una escultura de Modigliani y la piel oscura y tersa como tallada en mármol negro. Se crió en Mogadiscio, en el seno de una familia acomodada y poderosa. Su padre por su parte siempre había sido un nómada del desierto. Cuando pidió la mano de la madre, la abuela se negó rotundamente, sin embargo su madre huyó de su casa cuando tenía unos 16 años y se casó con él. Su madre la llamaba de cariño Avdohol, que quiere decir “boquita”, pero de nombre le puso Waris que significa “flor del desierto”. En su país a veces deja de llover por varios meses. Pocos seres sobreviven pero luego llueve a cántaros y aparecen unos botones de color amarillo anaranjado: las flores del desierto, un milagro de la naturaleza.
RITO CRUEL
En una cultura nómada como la suya no hay sitio para una mujer soltera, así que las madres se sienten obligadas a ofrecerles a las hijas las mejores oportunidades para conseguir marido. Y en Somalía se tiene la creencia que los genitales femeninos son malignos, la mujer se considera impura, lasciva e incasable hasta que le mutilan estas partes: el clítoris, los labios menores, la mayor parte de los labios mayores. Al final la herida se sutura y sólo queda la cicatriz y un orificio. Pagarle a una gitana para que ejecute esta práctica, llamada infibulación es uno de los mayores gastos de la familia, pero se considera una buena inversión. Si no pasan por este rito las hijas no se vuelven apetecibles como futuras esposas. A las niñas no se les explican los detalles de la infibulación: son un misterio. Uno sabe sólo que algo especial le va a ocurrir al llegar a cierta edad. Así pues todas las niñas somalíes esperan con ansias el día en que se convertirán en mujer. Por tradición el rito se celebra cuando la chica alcanza la pubertad, pero con el tiempo se ha venido practicando cada vez más a menor edad.
Cierta noche cuando ella tenía unos cinco años la madre le dijo: -tu papá fue a ver a la gitana, un día de estos ella va a venir. La víspera de ser infibulada su familia se mostró muy cariñosa con ella y a la hora de cenar le tocó más comida. La madre le dijo que no bebiera mucha agua ni leche. Se fue a acostar y no pudo dormir bien a causa de la emoción. Más tarde su madre apareció e indicó con señas que se levantara. Aún no había amanecido. Tomó su manta y se echó a andar tambaleándose de sueño. Caminaron entre los matorrales- Esperemos aquí- le dijo la mamá y se sentaron en el frío suelo. Estaba aclarando cuando oímos los pasos lentos de la gitana. Instantes después apareció junto a ella. –Siéntate allí- ordenó señalando una piedra plana; no habló más, fue directamente a lo suyo. Su madre la tendió sobre la piedra, se sentó detrás de ella y apretó su cabeza contra el pecho rodeándola con las piernas. Se abrazó a sus muslos y ella le puso un trozo de raíz entre los dientes –muerde con fuerza- le dijo.
Ella estaba paralizada de miedo ¡Me va a doler! – murmuró apretando los dientes- Trata de aguantar cariño – susurró para tranquilizarla- Se valiente por mí y acabará pronto. Al mirar entre sus piernas vio a la gitana.
Ella le echó una mirada severa y fría y luego se puso a hurgar en un morral raído. Metió sus dedos huesudos y sacó una navaja de afeitar mellada.
Tenía sangre seca en el filo. La vieja escupió en la navaja y la limpió con su vestido. En tanto hacía esto, su madre le vendó los ojos y ya no vio más nada. En eso sintió que le cortaban las carnes. Oía el vaivén de la navaja sobre su piel. El dolor era indescriptible. Trató de no moverse pues pensó que cuanto más lo hiciera más duraría el tormento. Por desgracia las piernas le empezaron a temblar, a sacudirse sin control.
¡Por favor dios, que acabe ya! Imploró antes de desmayarse. Cuando recobró el sentido ya no tenía la venda y vio que junto a la gitana había un montón de espinas de acacia. Con ellas le hizo varias perforaciones en la piel y luego tomó una hebra de hilo blando para suturar la herida. Ella ya no sentía las piernas pero el dolor en la región genital era tan intenso que deseó estar muerta. No recuerda nada más, salvo que cuando volvió a abrir los ojos la gitana se había marchado. Con tiras de tela le habían atado las piernas desde los tobillos hasta la cadera para que no se moviera. Entonces miró la piedra: estaba bañada en sangre como si sobre ella hubiesen sacrificado un animal. Encima había trozos de su carne secándose al sol. Este le caía a plomo en la cara así que su madre y hermana mayor Aman, la llevaron arrastrando hasta la sombra de un arbusto y la dejaron allí mientras terminaban de hacerle un refugio. Esta era la tradición: erigieron un cobertizo debajo de un árbol donde permanecería sola varias semanas hasta que se restableciera. Al cabo de unas horas no podía aguantar las ganas de orinar, entonces llamó a Amán que la empujó para colocarla de costado y luego hizo un agujero en la arena-Adelante- dijo. La primera gota hizo que le ardiera la carne como si le hubieran puesto ácido. Al coserme la gitana le había dejado un orificio del diámetro de un fósforo por el cual orinar y más tarde dejar salir el flujo menstrual.
Pasaron los días y ella seguía en el cobertizo. Entonces contrajo una infección que le dio fiebre. Perdía el conocimiento de a ratos. La madre le trajo agua y comida para las dos semanas siguientes. Acostada allí, sola, con las piernas aún amarradas no podía evitar preguntarse ¿Por qué? ¿Para qué me hicieron esto? A esa edad no sabía nada acerca del sexo; sólo sabía que la habían mutilado con autorización de su madre. Sufrió mucho al ser sometida a ese rito brutal pero tuvo suerte. Muchas niñas mueren desangrándose a causa del trauma, las infecciones o el tétano. Dadas las condiciones en que se realiza la mutilación asombra que haya sobrevivientes.
LA FLOR DEL DESIERTO EN REBELION
Una noche cuando ella tenía unos 13 años su padre la llamó y le presentó a un señor de unos setenta -vas a irte cariño. Te he encontrado marido. –No papá, no; no me quiero casar- y allí surgió desesperadamente una idea que venía repitiendo: huir. Se imaginó viviendo con el viejo en algún sitio remoto y aislado.
Luego cuando muriera de un infarto tendría que vivir sola o criar sin ayuda a cuatro o cinco niños. Aquella no era la vida que ella quería. Esa noche decidió partir a Mogadiscio situado a orillas del océano Indico.
Al pasearse por sus calles iba alargando el cuello para contemplar los elegantes edificios blancos rodeados de palmeras y flores de vivos colores. Llegó varias semanas después de haber huido. Se alojó en la casa de su hermana Aman quien le ofreció alojamiento y dinero. Con todo era evidente que no congeniaban. Volvió a mudarse. La mañana siguiente volvió a salir a buscar empleo. Fue a hablar con el capataz de una obra en construcción y empezó a trabajar como albañil. Todos pensaban que no aguantaría pero pasó allí un mes y logró ahorrar 60 dólares. Se los envió a su madre por conducto de un conocido, pero nunca los recibió.
Un día haciendo la limpieza en casa de su tía llegó el esposo de otra hermana de su madre al que habían nombrado embajador de Somalía en Londres e iba a trabajar allí ¡Londres! No sabía donde estaba pero sí que era un lugar muy lejano y lejos quería estar. Llamó a su tía y con voz suplicante le dijo – Por favor pregúntale si podría llevarme a mí.
Luego la llamó y ella entró de un salto. Se quedó plantada con el plumero de ristre, mascando un chicle. El la observó y le dijo: sos joven, vas a estar bien allá. Iremos a Londres. Al día siguiente el tío pasó a recogerla y le dio un pasaporte. Lo miró maravillada. Era su primer documento con su nombre que veía.
CAMBIO DE RUMBO
Empezó a asistir a clases gratuitas de conversación, lectura y escritura en inglés. Una tarde al volver a casa sacó la tarjeta del fotógrafo que le había introducido en el bolsillo. Fue al cuarto de Halwu, se la mostró, le contó la historia y le dijo que nunca supo que quería ese hombre -¿y por qué no telefoneas y se lo preguntas?- repuso. Su amiga llamó y al otro día fue a inspeccionar el estudio de Mike Gross. No sabía que iba a encontrar allí, pero cuando abrió la puerta penetró en otro mundo. El vestíbulo estaba tapizado de carteles con fotos de mujeres hermosas. Lo supe en el acto: Esa era la oportunidad que buscaba. Volvió al estudio dos días después. La maquilladora la hizo sentar y puso manos a la obra: tomó cepillos, algodones, esponjas y me aplicó en el rostro toda clase de cosméticos. Cuando terminó dio un paso atrás y muy sonriente le dijo: ahora mírese al espejo. Lo hizo. Su cara se había transformado. La tenía dorada, tersa, iluminada por el maquillaje. La mujer la llevó donde estaba Mike que le hizo sentar en un banquillo. Se puso a observar aquellos objetos que nunca había visto: la cámara, las lámparas y los cables que colgaban como serpientes.
Muy bien dijo él. Junta los labios y mira al frente. Alza la barbilla. Perfecto, ¡qué belleza! Mike sacó un trozo de papel de la cámara y le dijo que se acercara. Ante sus ojos fue apareciendo una imagen como por arte de magia. Cuando examinó la fotografía apenas pudo reconocerse.
Era una mujer hermosa, como las de los carteles del vestíbulo. La habían transformado. Ya no era Waris la sirvienta sino Waris la modelo.
VIEJAS HERIDAS
Poco después una representante de una agencia de modelos que había visto las fotos, le envió una prueba para conseguir empleo.
El lugar estaba atestado de modelos profesionales que caminaban como leonas al acecho. Se acercó a una de ellas y le preguntó de que se trata.
- Es para un calendario de Pirelli. -Ah, vaya, dijo, haciendo como que entendía. Que diablos es esto. El fotógrafo Terence le ofreció té y le mostró sus trabajos que tenía sobre la mesa. En cada página había una mujer despampanante.
-Este es el calendario del año pasado, le dijo. Este año va a ser distinto. Sólo mujeres africanas.
Su carrera como modelo fue en rápido ascenso. Trabajó en París, Milán, Nueva York, donde le fue de maravillas y empezó a ganar más dinero que nunca. Hizo una serie de comerciales para una joyería ataviada con sábanas blancas. Apareció también en anuncios de cosméticos para Revlon. Poco después su imagen figuraba en las grandes revistas de moda: Elle, Glamour, y las grandes ediciones italianas, británicas y estadounidenses de Vogue.
Pese a los éxitos de su nueva vida conservaba las heridas de la anterior. El orificio que la gitana le había dejado hacía que tardara unos diez minutos en orinar. También menstruar era un tormento. Cada vez quedaba más discapacitada durante varios días que iba a la cama y esperaba que pasara el terrible dolor. Cierta mañana mientras llevaba una bandeja sufrió un desmayo repentino y dejó caer los platos .Cuando recobró el sentido su tía le dijo- Tenemos que llevarte al médico- haremos una cita con el mío para esta tarde. No le reveló al médico que la habían mutilado. Cuando la examinó no descubrió su secreto. Entonces se dio cuenta que tenía que buscar otra opción. -Tal vez debería ver a un especialista, le dijo a su tía. -No, repuso con tono tajante. ¿Qué le has contado a esos hombres? -Nada, ya sólo no quiero sufrir.
El mensaje implícito en sus palabras era que la infibulación consistía en una tradición venerable y no tenía que discutirla con los blancos. Con todo empezó a comprender que lo que tenía precisamente que hacer y que no deseaba seguir padeciendo, volviéndose una inválida diez días de cada mes.
Cuando fue al consultorio del Dr. Mike Macras le dijo – Hay algo que no le he contado. Soy de Somalia y punto…y ni siquiera la dejó terminar.
-Vaya a cambiarse, quiero examinarla- Al ver que ponía cara de terror agregó- no se preocupe, nada malo le va a pasar. Explíquele que el orificio que le dejaron para orinar es demasiado pequeño, le dijo el Dr. Mike Macras el desconocido que era somalí como ella. Ni siquiera entiendo cómo ha podido sobrevivir. Es preciso operarla lo antes posible. Y luego dijo: -la pueden operar pero esté consciente que eso alteraría su cultura. Se volvió al médico con recelo y luego le dijo que no.
Aplazó un año la decisión de someterse a cirugía. Antes tuvo que resolver ciertos problemas prácticos, así como las dudas de última hora.
Macras le hizo un buen trabajo y siempre le estará agradecida. -Ud. no es la única, le dijo. Aquí vienen mujeres aquejadas de lo mismo todo el tiempo: mujeres de Sudán, Egipto y Somalia. Algunas llegan embarazadas, otras arriban de Egipto y muertas de miedo. Vienen sin permiso del marido y yo las opero.
Cuando fue madre, se completó su ciclo. La alegría que le dio fue intensa. La vida es lo único que le importa y eso es lo que quiere dar a luz. Luego de completar su ciclo de vida como mujer, que empezó al ser infibulada a los cinco años.
Cuando ella tenía unos treinta sentía aún más respeto por su madre. Con el paso del tiempo y conforme iba aprendiendo más aumentó su conciencia de que por culpa de un rito cruel muchas mujeres en Africa tienen que vivir con dolor.
Pasó el tiempo; la revista Marie Claire le pidió una entrevista. Al día siguiente se sintió aturdida y avergonzada. En adelante todo el mundo sabría su secreto más intimo. Ni sus amigos más cercanos sabían lo que le había ocurrido de pequeña y pronto iban a saberlo millones de desconocidos.
Cuando piensa en las niñas que sufren lo que ella sufrió se le parte el alma y la rabia aflora. Con gran orgullo aceptó la invitación del Fondo de la población de la ONU para integrarse a la lucha.
Regresará a Africa a contar su historia y a denunciar este crimen. A sus amigos les preocupa que algún fanático intente matarla pues una gran cantidad de fundamentalistas consideran la mutilación genital femenina una costumbre sagrada prescripta por el Corán.
Pero eso no es verdad. Ni el Corán ni la Biblia la mencionan siquiera. Su mayor deseo es que en el futuro ninguna mujer tenga que sufrir esta terrible experiencia y por eso está luchando. Desde el día en que se salvó de morir devorada por un león tuvo la certeza que Dios tenía planes para ella y que había una buena razón para que viviera. Le han encomendado una tarea y esa es su misión.
La lucha será peligrosa y confiesa que tiene miedo, pero debe arriesgarse. Es lo que ha hecho toda su vida.