Mucho se ha hablado, analizado, denunciado sobre el tema de la vehemencia de nuestros niños y adolescentes en la manifestación de sus anhelos y ambiciones. Y no es para menos, pues cada movimiento o actividad que ellos realicen o expongan, va impreso el mañana de nuestra humanidad toda, dado que allí están precisamente nuestros futuros trabajadores, educadores, gobernantes y conductores que regirán los destinos de nuestros pueblos.
Vehemencia, agresividad, brusquedad, belicosidad, son todos adjetivos que cuadran perfectamente dentro de las actitudes que demuestran en su comportamiento muchos adolescentes, llegando en algunos casos al delito del homicidio.
Hasta aquí, nada nuevo, pues las circunstancias diarias nos muestran pavorosas realidades en colegios, universidades, en el deporte, en hogares donde niños y adolescentes agreden intempestivamente contra cualquier adulto que intente ponerles freno a estas violentas manifestaciones juveniles.
Pero ¿quien educó a estas nuevas generaciones?, ¿quien llevó a estas inocentes e infantiles mentes por el camino del desacato y la insubordinación? Sin ningún asomo de duda, la generación que los puso al mundo, los alimentó y los está intentando educar. Entonces, la falla, el desacierto, el fracaso ante tamaño descalabro está en nosotros, los adultos. ¡Y no le busquemos pelos al huevo!
¿Somos sinceros en nuestra forma de comportarnos frente a ellos?, ¿no le mentimos nunca?, ¿lo que le decimos, hacemos? Y si como padres cumplimos con todos los requisitos necesarios, cuando el niño comienza a contemplar su entorno, ¿qué mira por la TV, o escucha radio o las groseras palabras que hoy empleamos en las conversaciones? Y el fútbol y otros deportes en general, y las artes, la música, ¿le muestran equidad y sinceramiento? Y la calle, el comercio, la publicidad, ¿hay suficiente franqueza y verdad en las propagandas?, o cada uno tratamos de avanzar en las cuatro manifestaciones más comunes de cualquier forma y a cualquier precio, sin importarnos el resto.
¿Le parece que ese panorama es óptimo para formar un adolescente que busca ejemplos de rectitud, honestidad, justicia y respeto para con el prójimo, pero hay más. Otra de las principales causas de rebeldía, se debe a que nuestras adultas generaciones, no hemos sabido elegir a dirigentes, gobernantes y conductores capaces de trabajar con honestidad y sentido de responsabilidad equitativa. Al sentirse frustrado, y ver una sociedad adulta en permanente crisis, muestra su disconformidad de la única manera en que a esta sociedad extraviada le duele, o sea con violencia hacia cualquier estrato social del mundo en que les toca vivir.
Ay de nosotros si no intentamos un giro de noventa grados y comenzamos a sincerarnos desde nuestros hogares, nuestras instituciones y nuestros gobiernos, pues marchamos hacia un caos del cual nos costarán lágrimas de sangre, el emerger de esta caótica confusión en la cual estamos inmersos.
Se dice que el poder corrompe. Pero desde lo puramente personal, considero que en el dominio político, el mando de una institución, el gobierno de un hogar o la tarea de informar, el poder corrompe al corrupto. El sano, honesto, fuerte en sus decisiones equitativas y justas, nunca caerá en la indecencia, el robo o el libertinaje.
Esa es la persona que nuestros adolescentes están buscando. Tratemos de complacerle y la agresiva actitud juvenil perderá adeptos a medida que nuestros jóvenes observen el recto proceder de progenitores, conductores u gobernantes.
El cambio urge, es inaplazable y además exige prontitud.