Perdiendo la vista en el horizonte, los pensamientos se mezclan con un sinfín de sensaciones y de pronto mis ojos se cruzan con unos niños carentes de casi todo, jugando con tierra, con soldaditos despintados y un autito todo roto y un poco más adelante otros -dueños de casi todo- jugando con un avión a control remoto y un auto lleno de luces y brillos. Meditaba para mí, qué difícil eso de la igualdad de oportunidades, cuándo se podrá lograr... alguna vez se podrá lograr?
Cuántas cosas habrá que cambiar en el mundo para ser justos y carecer de prejuicios perversos... como por ejemplo cuando decimos “esos villeros”, o ese pibe qué puede saber si viene de una villa o, tiene una familia muy pobre, madre promiscua, padre delincuente y así sucesivamente muy sueltos de lengua... y los niños del centro que tienen padres de mucha solvencia económica y marketing social y un colchón de soledad que sólo les sirve para refugiarse en ocupaciones superfluas y que seguramente no le hacen bien al espíritu. Lo más triste es que ambas clases de padres pelean en la escuela defendiendo lo indefendible, por su gran complejo de culpa -aunque no quieran verlo- por sentir que no pueden cumplir con las obligaciones que implica el rol de padres, complejo en los tiempos actuales, pero no imposible.
La sociedad posee una careta tan grande que me indigna, decimos que no se estigmatiza, ni se rotula, ni se discrimina, pero no decimos: vive en barrio tal u otro barrio tal, vive en una villa, ya con eso los hundimos en un pozo profundo en que parecería sólo hay estiércol y no es así, la gente que vive en “una villa” como dicen, tiene sentimientos, pensamientos propios y sueños que aunque la sociedad se empeñe en destruirlos, ellos aún escondidos en un cofre de fantasía, los tienen. ¿Por qué no pueden tener sueños? ¿Es que los sueños sólo son para ricos? Y pobre de nosotros y pobres niños ricos -muchas veces- con casi todo, les falta la familia, ese olorcito a hogar que transforma todo en mágico.
Qué pasó con la familia que ya no hay tiempo para pensar juntos, para dialogar, para reír también juntos y lo que es peor no hay tiempo para amarnos.
Si existe la familia consolidada, puede existir en nosotros la misericordia y la piedad para juzgar al otro y no esa crudeza implacable que deserta el alma de las personas.
La familia es la estampa ideal para cualquier persona que quiera sentirse realizada, de lo contrario quien tuerce la ruta de la vida seguramente tiene un rollo sin resolver con su familia, aunque esta no lo sepa, a veces ni la propia persona ha logrado dilucidarlo.
¿Por qué decir villa si podemos decir barrio?, ¿por qué decir ese pobre chico en lugar de hacer algo que transforme ese pobre en gran chico? Con tan poco podemos hacer feliz a alguien y nos ensañamos con acrecentar distancias en lugar de acortarlas. Por qué no intentar sumar y no restar... Dejemos de lado las diferencias, ¿un poco más o mucho más o casi nada de dinero nos puede convertir en príncipes o mendigos? Categóricamente no!
Empecemos a decir quiero y querer y que no se quede solo en una vana palabra que se pierde. La sociedad tiene en sus manos la posibilidad de dar oportunidades, al menos no descalificando por la ubicación geográfica o por la cuenta corriente, sino despertando a un nuevo amanecer, más diáfano, más humano, más auténtico. Debemos de una vez por todas reconocer que la miseria humana, la periferia humana, la “villa humana” está en los sentimientos, en los instintos más profundos, en cómo cada uno construyó el propio imperio de su vida, si con cimientos sólidos basados en el respeto, el amor y la justicia o en cimientos de barro en los que está mezclado el odio, la injusticia y la necesidad de destrucción. Somos libres de elegir y deberemos asumir las consecuencias de nuestros actos y no buscar excusas para cada cosa, escapando a la responsabilidad que nos cabe como constructores de una sociedad más equitativa... como si esto fuera poco, hoy tenemos al papa Francisco que ha confirmado el norte de los que queremos un cambio genuino.
El miedo paraliza, el deseo moviliza y el amor mueve muros gigantes... ¿lo intentamos?... no mañana, hoy.