Un nene, su hermanita y una prima pasan a pedir por mi barrio casi diariamente, incluso los domingos. Sus edades oscilan entre 7 y 10 años. Ahora que comenzaron las clases, se los ve después de las 18, pero hasta la semana pasada inclusive, sus visitas se producían entre las 12 y las 17. El mes pasado los he visto también en otro sector de la ciudad, ya al caer la tarde, de modo que es fácil suponer que su itinerario debe durar gran parte del día.
Así pasaron sus vacaciones, deambulando por el asfalto abrasador, a pleno sol, sin ninguna protección para sus cabecitas, soportando temperaturas verdaderamente infernales, repitiendo una y otra vez el clásico y triste “¿tiene algo?”. Y ahora que volvieron a la escuela, también son obligados a sacrificar el tiempo de juegos y ocio que cualquier niño adora tener.
Si estoy bien informado, Rafaela cuenta con suficientes comedores infantiles como para que ningún chico pase hambre. Y si la asignación universal no alcanza, igualmente, no hay excusas: un menor no debe estar recorriendo la ciudad golpeando puertas, especialmente con un clima tan sofocante. No sé qué figura legal cuadra, pero se parece mucho a una despiadada explotación infantil.
Hagamos una contundente comparación con el mundo animal: ni la más feroz de las bestias envía a sus cachorros a cazar para traer el alimento. Si así sucede en criaturas salvajes de cerebros inferiores al nuestro, entonces, disculpar a los progenitores de esos niños por su ignorancia o falta de cultura es contradecir a la más elemental ley de la naturaleza: la instintiva protección a las crías.
La inteligencia que abismalmente nos distingue incluso de los demás mamíferos no puede relativizarse ni siquiera cuando se vive en la pobreza. Sé que semejante afirmación suena demasiado radical. Pero, al menos, es así en el sentido de que las calles no están invadidas de pequeños que piden. O sea, quienes están a cargo de estos tres chicos ven que sus vecinos no hacen lo mismo con los suyos. Sospecho entonces que no les importa.