Por Luis Antonio Ferrero. - ¿Cómo pudo ocurrir que un grupo ciertamente poco numeroso de hombres, procedente de la España de fines del siglo XV, en condiciones tremendamente hostiles, pudo dar origen a uno de los más grandes hechos de la historia de Occidente?
La pregunta, destinada por algún autor a otro acontecimiento histórico, bien puede servirnos de introducción a esta reseña de Los dioses inútiles (Editorial Biblos, 2010) de Alver Metalli.
La novela, de muy buena y prolija narración, narra la sorprendente gesta del extremeño Hernán Cortés a comienzos del siglo XVI: refiere el inicio de la conquista de Las Indias Occidentales, que se desplegará tras los descubrimientos colombinos.
Alvaro del Cerro, “el pequeño” hijo de Don Diego Jesús del Cerro, llamado “el curtidor”, infante en la hueste del gran Comandante, junto a su hijo Santiago, forman parte de aquella aventura. El relato comienza exactamente con la batalla librada por los españoles en la desembocadura del río Tabasco (hoy denominado Grijalva), tras la cual el protagonista extravía imprevistamente a su hijo. Prosigue con las desventuras de Cortés para ser nombrado capitán general de la expedición que el gobernador Diego de Velásquez debía enviar desde la Española a las nuevas tierras descubiertas. Después vendrá la partida de la armada con once navíos “hacia las tierras desconocidas”, el encuentro con náufragos españoles de expediciones anteriores: Jerónimo de Aguilar, el cual dio las primeras noticias a Cortés de los Mexicas; y también con Gonzalo Guerrero, otro español “que aprendió a ver las cosas tal como las veían los indios”, quien le proporcionará la confirmación de que Santiago quizás vive. El relato se extiende con el castigo de los conjurados, ante cuyos cuerpos colgados Cortés les advertirá a los suyos: “Procurad en cambio cumplir con vuestro deber, porque después de Dios, todas las esperanzas reposan en nuestros brazos”, tras lo cual se producirá la “quema” de las naves…
Luego vendrá el inicio de la larga marcha -“con el pensamiento fijo en la gran ciudad”-, la alianza con Tlaxcala, la matanza de Cholula, la llegada a Tenochtitlán y el encuentro con el gran Moctezuma y el establecimiento de los españoles en el palacio del mismo. Finalmente la “triste noche que lavó nuestros pecados…”, con la cual Cortés empezó a perder su conquista primera. El rápido repliegue a Tlaxcala, la definitiva conquista de la gran capital de los Mexica, y un sorprendente final.
Los dioses inútiles describe de modo vivaz y adecuado lo que fue -como dijimos- el inicio de la conquista. La misma, a la par del descubrimiento y del poblamiento, conformaron el “gran movimiento cultural” por el que España se dio a sí misma totalmente, secundando el prolífico mestizaje cultural del cual somos aún hijos. El padre al servicio de una hueste que en el momento extremo se pregunta si tuvo algún sentido abandonar España, a Doña Dolores, su mujer, que aún vive allá en la aldea de Santillán… El hijo -siempre presente en el recuerdo del padre- que abandona a su progenitor para ir al encuentro de los pueblos nuevos a vivir con ellos “el bien que resulta de la mansedumbre” cristiana, para edificar una civilización donde “la paz y la concordia entre unos y otros” sea su fundamento. Una mesnada ávida de oro y riquezas, pero que mezcla no sólo su sangre sino todo su vivir en la conciencia de que estaban fundando algo nuevo. Unas pocas mujeres españolas siguiendo a sus hombres, aunque sea para ayudarlos a “que se recuperaran de las fatigas de la batalla”. Unos extenuados y abnegados frailes, seguros de que “las supersticiones y las malas creencias se extirpan poco a poco y con la buena doctrina” -al decir de fray Olmedo. Y sobre todo el venturoso y magnífico capitán don Hernán Cortés de Monroy Pizarro Altamirano, de quien fue “aquella conquista… grande y maravillosa”, encarnación él mismo de toda la vivacidad de la España que encuentra un mundo diverso. Este Hernán Cortés, al final de su vida, con la claridad que le dan los años viendo a los dioses de piedra vencidos que abandonan los templos en llamas, en carta al Emperador, le dirá: “De la parte que a Dios cupo en mis trabajos y vigilias asaz estoy pagado, porque siendo la obra suya, quiso tomarme por medio, y que las gentes me atribuyesen alguna parte, aunque quien conociere de mí lo que yo, verá claro que no sin causa la divina Providencia quiso que una obra tan grande se acabase por el más flaco e inútil medio que se pudo hallar, porque sólo a Dios fuese atributo” (Carta a Carlos V del 3.II.1544).
Este tipo de novela histórica -más allá de la corrección o no de tal denominación- propia del hombre y de todos los tiempos, viene muy aposta para mirar nuestro pasado adecuadamente. Un narrador que juega con el delicado límite entre la ficción y el relato histórico… Para entender que aquel tiempo está constituido fundamentalmente por hechos que acaecieron como tales: como hechos protagonizados por hombres, carnales y bestiales como siempre son y serán los hombres de todas los tiempos. Y que -en nuestro caso- hundidos hasta las verijas en el barro de la historia, tras incontables noches tristes, muchas veces sin proponérselo, dieron origen a algo que cambió la historia del mundo: Hispanoamérica, una nueva nación, hija del mestizaje y del coraje que poseían.
Muy buena lectura.