Por Gabriela Frenquelli de Santi (Especial para LA OPINION). - Todos los que creemos en Dios sabemos que lo encontramos en la cercanía. Nuestro Dios vive en nosotros y se nos hace patente en la naturaleza, las personas, los signos de los tiempos… y sobre todo en la Eucaristía. Allí nos encontramos con un Dios tan cercano y amante que se nos ofrece como alimento, como confidente, como amigo, como verdadero Salvador…
Ya son varios los años que con verdadera alegría presto mi pequeño servicio en la catequesis familiar y como todos mis compañeros catequistas, mientras preparamos nuestros encuentros, suspiramos y le preguntamos a Dios: Señor, ¿dónde vives? ¿Cómo será verdaderamente tu tierra, tus costumbres, ese Mar de Galilea, tu pueblo, tus caminos? No creo que exista cristiano que escuchando la Palabra de Dios no haya deseado ver o estar en esos lugares santos.
“Vengan y vean” (Jn. 1, 39ª) Personalmente, tanto le pedí que me invitara a su Tierra que -como siempre- me escuchó y el 3 de mayo de este año partimos con un grupo de 44 personas a Israel. Afortunadamente, en la comitiva se encontraban dos maravillosos sacerdotes: José Luis Riberi y Miguel Cerminatto quienes hicieron de este viaje una verdadera peregrinación.
La mano de Dios estuvo siempre con nosotros: un grupo de personas de distintas edades y ciudades (Suardi, Ceres, San Guillermo, Esperanza y Rafaela), algunos conocidos y otros no, de distintos caminos y momentos en la fe, pero tan seguros de que su Señor los invitaba que no existió roce ni problema alguno entre nosotros. Tampoco hubo altercados con respecto a la salud, ni accidente, ni tuvimos que sufrir un episodio de violencia- que sabemos son frecuentes en esos lugares… nada. Una verdadera comunidad creada entorno a Jesús que buscaba crecer en su espiritualidad allí, en ese lugar del mundo donde eligió hacerse hombre.
Mientras permanecimos en su Tierra sentimos sus caricias, disfrutamos de todos los regalos que nos dio: renovamos nuestros bautismos en el río Jordán y nuestros matrimonios en Caná de Galilea donde en una boda Jesús hizo su primer milagro, transformando el agua en vino. Tuvimos la gracia de celebrar la Santa Misa en soledad en la mayoría de los santuarios, lo que le dio una intimidad muy especial a nuestros encuentros con el Señor. Realizamos un Vía Crucis por los lugares que nuestro Señor recorrió para ofrecer su vida por nosotros. Duró seis horas pero a todos nos pareció conmovedor y culminó frente del Santo Sepulcro un día domingo a las tres de la tarde, lugar, día y hora de su Resurrección y rezando la Coronilla a la Divina Misericordia. ¡Qué más se puede pedir!
Hoy sigo reviviendo esos momentos y muchos más, y no dejo de admirarme de la grandeza y generosidad de su amor. Como el salmista digo: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me hizo? (Salmo 115). Como dije anteriormente, siempre me escucha, y ya me puso a hacer varias cosas que con renovada alegría las hago para muy pobremente devolverle algo de tantísimo que me dio. Una de las cosas es esta: decirles a ustedes que no es necesario ir a Israel para encontrarse con Jesús. El mismo que vivió en aquellas lejanas tierras nos espera en el Sagrario o expuesto en las Adoraciones Eucarísticas (En Catedral los lunes desde las 7:30 a las 18:30 hs), en todo hermano que nos necesita de la manera que fuere, porque está enfermo, solo, preso, necesitado.
Pero si tenemos la posibilidad de ir a Su Tierra, no lo dudemos, somos tan pocos los cristianos allá. Sólo un 2% de la población israelita en Jerusalén es cristiana católica. En Belén el 50% y es la proporción más alta. La gran mayoría es musulmana, luego judía y luego cristianos de las iglesias ortodoxas rusa y griega.
¡Qué pena Señor que en Tu Tierra tu pueblo sea la minoría! Los hermanos franciscanos, principales custodios de los lugares santos, piden que se incremente el número de peregrinos para poder sostener su obra.
En lo que respecta a la violencia y a la falta de seguridad, no puedo garantizar nada, sólo compartir mi vivencia y asegurar que no padecimos en ningún momento un incidente violento. Se pueden ver soldados con armas custodiando pero no vimos a nadie siendo perseguido ni arrestado.
“Eran alrededor de las cuatro de la tarde” (Juan 1, 39) En este pasaje bíblico que cité desde el comienzo, los discípulos sufrieron tal impacto al encontrarse con el Señor que se les grabó a fuego en sus memorias ese momento. Tal fue lo movilizante de su invitación a su casa que hasta la hora quedó plasmada en el Evangelio. De la misma manera que se nos graba en la memoria y en el corazón cuando conocemos a la persona amada o cuando nacen nuestros hijos.
Pienso que lo mismo nos ocurrió a cada integrante de nuestra peregrinación. Jamás nos olvidaremos lo vivido y los lazos que creamos entre nosotros como verdaderos miembros de una Iglesia de quiere hacer presente a Jesús hoy, no se desdibujarán jamás. Nos hemos comprometido a trabajar para facilitar y promover la visita a la Tierra de Jesús para aquellos hermanos que siempre lo han deseado y que tal vez les es imposible alcanzar esa meta. Dios mismo se encargará de mostrarnos cómo.
AGRADECIMIENTOS
Por último quiero agradecer a todas las personas que de una forma u otra hicieron posible que nuestro sueño fuese realidad: a mi familia que se ocupó de mi casa e hijos, a mis compañeras de grupos de oración y catequesis que nos sostuvieron con su oración y que me honraron depositando su confianza en mí para llevar conmigo sus intenciones y deseos (tantos pedidos, grandes cimientos, súplicas que me hicieron sentir una vasija de barro pero también un instrumento de paz), a Monseñor Franzini que permitió que dos excepcionales sacerdotes nos acompañaran y a Dios.
¡Gracias Señor por permitirnos llegar a tu casa y compartir con nosotros todo lo tuyo! Pero por sobre todas las cosas, gracias Señor por hacerte uno como nosotros, vivir en la pobreza de nuestra humanidad y salvarnos por amor.