Nos hemos reunido en esta oportunidad como lo han hecho tantos a lo largo de estos más de 200 años de historia celebrando este día en el que recordamos nuestro primer gobierno patrio. Por ello queremos agradecer a Dios -de ahí la palabra latina Te Deum- y a tantos hermanos el habernos regalado esta hermosa nación. A la vez deseamos expresar nuestro amor a la patria, de la que nos sentimos y nos vamos haciendo ciudadanos. Este amor lo manifestamos cuando “nos cargamos la patria al hombro” y la vamos construyendo como casa común, o la deshonramos cuando la instrumentalizamos para fines particulares, ya sean personales o partidarios.
Dar gracias contiene en sí un hecho de sabiduría. Nos hace más conscientes de lo que somos y de dónde venimos. La gratitud nos hace evidente que gran parte de lo que somos -para no decir todo- lo hemos recibido de otros. Dando gracias reconocemos que no todo depende de nosotros, ni que nosotros podemos con todo. La dignidad común es la de necesitarnos. Hay “otros” que nos han ayudado y nos ayudan. Para los que somos creyentes distinguimos en esos “otros” la mano misteriosa y discreta de “alguien” que obra y que con su trabajo nos ayuda, nos acompaña y nos inspira. Dar gracias nos ubica en nuestra realidad de sabernos necesitados de “otros” y sobre todo de un “otro” a quien llamamos Dios. Como sabiamente nos lo recuerda el preámbulo de nuestra Constitución nacional reconocemos “la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia”. Nosotros por tanto damos gracias a Dios por ser nuestra “protección” y “fuente” de la cual nace y se sostienen nuestras vidas, y nuestra nación.
Los tres textos bíblicos recién proclamados ponen de manifiesto algunas claves absolutamente necesarias para la conformación de cualquier tipo de comunidad humana, incluso la de una nación como ha sido el caso del pueblo de Israel. La magnanimidad -expresada en la benevolencia, en la humildad, en la dulzura, en la paciencia y en el perdón-. La protección de Dios manifestado de modo espléndido en el salmo responsorial “el Guardián de Israel no duerme… cuida tus entradas y salidas” y finalmente el lavatorio de los pies donde pone de manifiesto la necesidad del servicio. El creyente tiene en Dios -en nuestro caso, manifestado en forma humana en Jesús- al gran maestro que nos enseña y nos ayuda a ser magnánimos y serviciales: “Ustedes serán felices si sabiendo estas cosas las practican”.
Nos toca celebrar esta acción de gracias en el contexto histórico en el que estamos. Asumiendo con pasión sus posibilidades e intentando juntos desentrañar sus complejidades y contradicciones. En nuestro caso, celebrando los 100 años de la ciudad de Rafaela. Si es verdad aquel proverbio popular de que “las cosas no suceden porque sí”, la elección del papa Francisco en este contexto de los bicentenarios, ha sido un hecho que no sólo nos ha llenado de sorpresa y de alegría a todos, sino que nos lleva casi necesariamente a la reflexión. Nos hemos sentido con orgullo, argentinos. Se trata de un argentino que ha sido llamado a ser un referente mundial. Los medios de comunicación social nos han regalado la posibilidad de encontrarnos con un hombre excepcional del que en realidad conocíamos muy poco. Un líder cuya vida se hizo pública y se han puesto de manifiesto cantidades de anécdotas desconocidas por la gran mayoría de nosotros. Historias verdaderamente edificantes.
Más allá de lo que cada uno pueda pensar o creer, el liderazgo de Francisco trae consigo una especie de alegoría, de la que quizás convenga tomar nota. Llaman la atención su sobriedad, su coherencia de vida con el Evangelio que proclama y sus delicadezas humanas, especialmente con los más pobres. Ha sido una persona que más allá del lugar que ocupó no ha perdido su historia ni su horizonte. Cobran especial resonancia esas palabras pronunciadas a pocos días de ser elegido Pontífice “mi único poder es el servicio” -como las de Jesús en el Evangelio-, o aquel gran acto de humildad “recen por mí”. Vuelven a resonar aquellas palabras que decíamos “magnanimidad y servicio”, ahora encarnadas en una persona cercana, el papa Francisco. En un mundo necesitado de testigos y con un vacío importante de auténticos liderazgos, la vida de Francisco puede ser una interesante parábola para los argentinos.
En Bergoglio encontramos una atrayente combinación, presente ya en varios de nuestros próceres. En él encontramos a un hombre donde su gran talento y su buena formación se han visto potenciados y purificados por una serie de valores éticos sustentados en su convicción religiosa, cuyo producto final ha sido una personalidad excepcional. La combinación de estos factores -talante personal, formación y su convicción religiosa- han dado por resultado una persona noble y generosa. Han dado al Bergoglio que se nos reveló y que continuaremos conociendo. En definitiva un buen líder.
Resulta muy difícil ser un auténtico líder o un buen ciudadano si además de talentos personales y de una buena formación, no se tiene un parámetro ético
-fundamentalmente la magnanimidad y el servicio- que vaya modelando la personalidad. El servicio desinteresado al otro, la benevolencia, la humildad, la paciencia, la compasión y el perdón, todos ellos mostrados gráficamente en el lavatorio de los pies que Jesús hizo a sus discípulos, son parte irrenunciable en este contrato ético que nos debemos.
El líder tiene una responsabilidad docente frente a la ciudadanía. Su presencia no es ignorada y mucho menos inocente. Así como decimos que la ley tiene un carácter pedagógico y educativo, el líder en sus acciones u omisiones hace docencia. Esto cobra particular importancia en todos los que tenemos algún tipo de responsabilidad frente a otros. También es cierto que los ciudadanos tenemos los líderes que elegimos y que de algún modo nos reflejan. Debemos reflexionar con seriedad sobre este asunto. Siempre. Con mayor responsabilidad durante este año de cara al tiempo eleccionario que iniciaremos próximamente.
Pidamos a Dios -el “guardián que no duerme”- que nos ayude a todos, más allá de nuestra responsabilidad y credo, a ser magnánimos y serviciales. Si lo somos haremos un gran bien a nuestra patria y a nuestros hijos. Dejaremos una buena patria y buenos hijos. A la Virgen de Guadalupe, patrona de nuestra diócesis, nos confiamos.