Vivía una vez en una ciudad muy chiquita con nombre de mujer, Rafaela, y frente a un ancho callejón llamado Centenario, un chico cuyo nombre no recuerdo pero su mote sí. Era para su familia el “Chitín”. En aquel 25 de Mayo de 1921 no tendría el “Chitín” mucho más de siete años y hacía muy pocos días que había venido del campo con sus padres para radicarse definitivamente en la pequeña ciudad. Esa mañana, muy temprano y pese al frío, saltó de la cama al escuchar los disparos de las bombas en la plaza, se vistió y corrió a sentarse frente a su casa porque le dijeron que algo iba a pasar. Pero tuvo que esperar casi cuatro horas para que pasara. Envuelto en gris polvareda y rugiendo estrepitosamente el automóvil Dort de don Armando Romitelli cruzó al fin por el callejón gastando los últimos metros de una larga vuelta de casi 400 kilómetros. No sólo había llegado, lo que ya era toda una proeza, sino que había ganado la dura competencia. “Chitín” nunca había visto un coche como ese, un verdadero auto de carreras, con el número once pintado en su frente, las ruedas de auxilio atrás, las correas asegurando el capot y los escapes cortitos rompiendo el habitual silencio del mediodía. Los nuevos disparos de bombas de estruendo, esta vez festejando la llegada del joven piloto rafaelino a la meta, consiguieron entusiasmar hasta al siempre serio padre de “Chitín”. Por primera vez lo tomó de la mano y rápidamente lo llevó hasta la plaza principal. Y allí pudo ver de cerca al automóvil ganador, palpar los finos neumáticos y tocar las chapas aún calientes por el trajín sufrido. Fue un encandilamiento total del niño por la máquina. Desde ese día sólo jugaba con ciertos objetos descartados que eran para él autitos de carrera que arrastraba de rodillas por diminutas y tortuosas rutas polvorientas trazadas en el patio de la casa. Tenía uno preferido, el que siempre ganaba; era una cajita de madera sin tapa que lucía un número once pintado desprolijamente con tinta azul y que piloteaba un invisible piloto llamado Romi Teli.
Pasado un tiempo y estando ya cercana la Navidad, “Chitín” pensaba que el Niño Dios nunca le había traído un juguete como a otros chicos que conocía. Habitualmente para esa fecha sólo recibía una bolsita con almendras, un turrón y dos o tres duros caramelos anaranjados que sabía encontrar por la mañana dentro de los botines que sus padres le hacían dejar al pie de la cama. Pero esta vez, se dijo, tenía que pedirle algo más al Niño. Un juguete, un autito como el Dort para que, con una piola, lo pudiese correr por el callejón con el imaginario Romi Teli al volante. Y le transmitió la idea a la madre quien, a su vez, la retransmitió al jefe de la familia. Para su sorpresa el serio papá no se enojó; casi que esbozó una sonrisa. A instancias de su madre y ayudado por ella, “Chitín” escribió trabajosamente la correspondiente solicitud al Niño Jesús destacando en ella el buen comportamiento durante el año transcurrido con el agregado de que había pasado a primero superior en la escuelita de campo. La madre se hizo cargo de la nota y no se habló más del asunto. Él estaba seguro que ella la iba a despachar con estampillas y todo. Mientras tanto el padre, en nombre del Niño Dios, recorría vanamente los pocos negocios de la ciudad y hasta los bien provistos Grandes Almacenes Ripamonti, pero de todos ellos salió con las manos vacías; el automovilismo deportivo estaba en pañales y aún no se ofrecían autitos de carrera de juguete como el que buscaba. No le quedaba otra que volver a las golosinas e inventar una buena excusa. Tomando un ajenjo en el Bar Pinerolo comentó sobre su búsqueda, recibió algunas sugerencias de los otros parroquianos que para nada solucionaban su problema y, resignado, compró allí los consabidos caramelos duros anaranjados. De regreso se encontró con su vecino don Bartolo, el carpintero, y entre otras cosas que charlaron, también lo enteró de su búsqueda fracasada. Don Bartolo, un viejito rengo y solterón, se encogió de hombros y allí terminó la historia.
La víspera de Nochebuena la madre le dijo que colocara sus botines “de salir” bien lustrados al pié de la cama. “Chitín” no había mencionado más sobre su pedido, total para qué hacerlo si estaba convencido que el Niño no le fallaría. Estaba jugando en la vereda cuando se le acercó don Bartolo para preguntarle aquello de “¿qué te va a traer el Niño Dios?”. Con seguridad respondió que un autito de carrera como el Dort de Romitelli. Sonrió don Bartolo y le dijo que por las dudas, como el niño Dios a veces pasaba apurado, además de las botitas en el interior convendría que deje afuera de su casa ese par de alpargatas que estaba usando. Así, le aseguró, le haría más fácil la tarea al Niño al no tener que trepar hasta la ventana. Esa Nochebuena al pie de la cama brillaban las botitas negras “de salir” y afuera, frente a la puerta principal, el par de alpargatas “de uso diario”.
Calurosa mañana fue la de esa Navidad. Los padres aún dormían y “Chitín”, ya bien despierto, no se animaba a levantarse del todo para espiar lo que había al pie de su cama. Por fin, despacito, se asomó y allí estaba... el paquete de duros caramelos anaranjados. Afloró su desilusión con un nudo en la garganta y muchas ganas de llorar. Su piloto Romi Teli se había quedado de a pie; el Niño le había fallado! De pronto se acordó de las alpargatas. Y si fuera qué!.. Corrió descalzo, la puerta del frente estaba cerrada pero la ventana no. Saltó y lo vio. Sobre las deshilachadas alpargatas esperaba un autito de madera y lata con el número once, igualito, igualito al Dort. Lo tomó con sus manos como se toma a un objeto sagrado y se sentó en el suelo ahora sí para llorar, pero de contento, imaginando que a su lado un invisible Romi Teli, brazos en alto, también festeja con él ese regalo del cielo. Detrás del tapial don Bartolo el carpintero está observando la escena sin ser visto por el “Chitín” y la amplia sonrisa que muestra su rostro contrasta con esa lágrima que se desliza despacito por su mejilla colorada. Sus habilidosas manos de viejo artesano la secan como con vergüenza y después, lentamente, el hombre se va rengueando por la vereda con la inmensa felicidad de haber sido, aunque no sea más que por una vez en su larga y solitaria vida, el Niño Dios.