A los 22 años de edad Amedeo llegó a la capital de Francia en 1906. Tal vez por el ambiente antisemita de la ciudad Modigliani desarrolló una actitud agresiva cada vez que se insinuaba una crítica a algún judío. Muchas de sus peleas en los cafés -y pese a su corta estatura, fue temido protagonista de famosas trifulcas- tuvieron origen en la defensa de su origen judío. Llegó a París con algo de dinero que gastó en muy poco tiempo. Nada previsor se instaló en un hotel equivalente a tres estrellas. Comenzó a frecuentar los cafés donde se hizo conocer entre los artistas. En esos años Montmartre comenzaba a resultar caro, debido en parte a la fascinación que su leyenda ejercía entre los adinerados turistas americanos, pero aún albergaba la principal comunidad artística parisina.
Cuando se le terminó el dinero Amedeo alquiló un estudio destartalado en la zona baja de la colina y se dedicó a la escultura y al estudio de pintura y dibujo en la Academia Colarossi, un Instituto muy famoso al que concurrían centenares de estudiantes. Allí apareció otro personaje fundamental en el devenir de la carrera de Modigliani: es el escultor romano Constantino Brancusi; animado por él, Modi que nunca había renunciado a su vocación de escultor decide en 1909 consagrarse a esta actividad. Las obras de este período que se prolonga hasta 1914 están realizadas en talla directa y son fruto de un proceso de estilización debido mucho al arte negro -que por esa época fascina a la mayor parte de los artistas de vanguardia- pero también a las estatuarias egipcias y griegas arcaicas. En el verano de 1912 regresa a Italia. En Livorno encuentra un taller y reanuda la escultura.
Según una leyenda -sólo documentada en parte- las críticas de sus amigos livorneses harán que en un ataque de despecho el artista arroje sus esculturas al Canal de los Holandeses de la ciudad toscana, desaparecido para siempre. Esta decepción, unida al alto costo de los materiales, la necesidad de disponer de un taller adecuado para la talla de la piedra y los problemas de salud que el polvo ocasionaba a sus débiles pulmones, forzará el abandono de esta disciplina por parte del artista. Sin embargo, el intenso ejercicio de síntesis que caracteriza esta etapa dejaría una huella profunda en su producción posterior.