Están nerviosos, rezan, piden, sufren, prometen. Cada vez que el bolillero da vueltas se esperanzan con que sea su número, con que sea su oportunidad. No se trata del gordo de Navidad, aunque tranquilamente podría serlo dada la fecha; en realidad no tiene que ver con un juego de azar sino con el futuro, con la vida misma, con la educación.
Cientos de padres y chicos se abarrotan en las escuelas secundarias públicas de Rafaela en busca de un lugar para cursar el primer año de la escuela media. El sistema evidentemente colapsado, que presenta divisiones de más de 40 alumnos no puede contener a adolescentes que lo único que quieren es estudiar. Por lo cual la única alternativa que se encuentra es la de reducir cada una de esas voluntades a un número de bolillero, dejando que sea el azar el que decida el futuro de los estudiantes. De esta manera lo que debería ser un derecho garantizado por el Estado, termina convirtiéndose en la "suerte" de los ciudadanos.
Falta de previsión, falta de planes a largo plazo, falta de proyección del sistema educativo hace que año a año padres y alumnos rafaelinos tengan que someterse a situaciones de estrés y tensión en busca de un lugar disponible en la escuela que eligieron para sus hijos, sea por afinidad, cercanía o modalidad. Tanto la falta de vacantes como la desigual distribución de los inscriptos en los establecimientos educativos son responsabilidad del Estado. Este es el encargado de coordinar acciones que equilibren el sistema y aumenten la oferta educativa. Claro, esto no se hace de un día para otro; se debe planificar con tiempo y yendo delante de las situaciones, no detrás de las consecuencias.
No alcanza, salir a "apagar el fuego" en diciembre con un plan de cabotaje que trate de contener a quienes se ven fuera del sistema, se necesitan proyectos troncales que transformen en previsibles el futuro de los adolescentes. Los bolilleros que se utilizaban en un momento de la historia argentina para determinar los temas de un examen que debía rendir un alumno, hoy vuelven a rodar para definir el acceso o no a una vacante en las escuelas. Parece que estuviéramos retrocediendo en vez de avanzar. Seguimos mezclando la "suerte" y la educación, dos cuestiones que deberían estar lo más lejos posibles; dado que mientras la primera da indicio de imprevisibilidad, la segunda debería ser todo lo contrario.
¿Pero, qué pasa si la suerte no acompaña? Además del sentimiento de angustia e incertidumbre comienza el derrotero de los padres, primero por la Regional y luego por las escuelas en donde se supone hay vacantes, o por lo menos se intentará que las haya. Y el esperado fin de ciclo escolar, con todo lo que significa terminar la escuela primaria, se convierte en un motivo de preocupación que en nada se condice con la satisfacción de haber concluido el mismo. Y lo peor es que nos estamos acostumbrando, comenzamos a naturalizar lo que a las claras es una falencia del Ministerio de Educación, que lejos de plantear una solución en serio quizás está pensando en contratar a Riverito para "cantar" los números el próximo año.