El hombre que amaba las bochas se fue. Eligió una calurosa tarde de sábado para dejar de sentir el agobio de su cansado corazón y emprendió un camino ineludible, al que nunca le sacó el cuerpo y al cual -tozudamente- desafió sin límites.
Omar Tosello prefirió juntar lágrimas de la lluvia del domingo para su humilde despedida, tan silenciosa como sus pasos y dejó una profunda huella en los aledaños de la esquina de Ayacucho y Almafuerte, la que en su condición de taita modernizado custodiaba.
Conocedor de la vida desde sus ópticas más variadas, transitó el trabajo en sus diversas facetas, las más disímiles, las más cambiantes, aquellas que servían para el culto de eso que formaba parte de su vida.
Nada le vino fácil. Sin embargo salió a ganarse el sustento con todo lo que tenía. En la redacción de LA OPINION marcó una huella propia; pícaro, entrador, buscador incansable de resquicios para las crónicas que otros despreciaban o no le otorgaban entidad de trascendencia. Fue un pionero en las notas a animalitos perdidos, especies raras y hasta humanos en sus facetas más variadas. Sabía mirar adentro de las almas de una manera especial, explorando virtudes y defectos, y siempre tenía la salida picaresca o la ocurrencia adecuada.
Su letra prolija, y sus viajes a lo que algunos -hoy- llaman productos bizarros, era una moneda corriente. Era amigo de todos en todos los sitios, sin separar condición social o presencia; adonde iba, siempre tenía un amigo o un conocido, nunca le faltaba un mate a la hora de socializar y se quedaba en la raíz de las cosas. Mejor dicho, se quedaba con la raíz y la esencia misma de todo eso.
En materia de periodismo fue el primero en especializarse en el rubro de las bochas, una pasión total, tanto en la radio, en la gráfica y la televisión. Y estamos hablando de treinta años con el calendario marcha atrás.
El hombre que despertaba a centenares de jugadores de blanco en cada domingo, esperando por el sorteo de partidos tuvo un paso importante por la TV y siguió siendo un referente.
Cuando pasan estas cosas, uno se da cuenta que después de las lágrimas que dolor impone (y las que nadie debe negarse) hubo un tipo que pasó por la vida con todas sus cosas, virtudes y defectos, alegrías y tristezas, amigos y…amigos. Al fin y al cabo, la partida tan temida como natural; ese viaje del que nadie cuenta nada y que duele a los que se quedan.
Omar Tosello vivió a su modo, con una mujer y una familia que lo cuidó hasta que el último ancla se soltó del puerto y lo liberó de esa guerra dura que tenía con su corazón.
Partida de sábado, dolor del domingo, tristeza de lunes. Hoy empezamos a recordarlo. El hombre que amaba las bochas no perdió su sonrisa ni aún en el instante final. Se fue en paz a jugar en esa cancha eterna que otorga el tiempo que no se mide. Arranca con las lisas. No podía ser de otra manera.