Hay una vieja anécdota de Nicoló Paganini que merece la atención. Terminaba de brindar uno de sus conciertos de violín (supongo que con un célebre Stradivarius, que hoy cuestan un millón de dólares, o más). La gente no terminaba de aplaudirlo. Al retirarse del gran teatro se encuentra en la puerta con un viejito que toca su violín esperando una limosna. El instrumento no era precisamente de lo mejor, y el viejito se las arreglaba como podía. Todo el mundo pasaba de largo, sin tirarle una miserable moneda en el sombrero que se encontraba a sus pies. Imagino que, después de semejante concierto de Paganini, la interpretación del pobre hombre sonaba especialmente mala.
El maestro, siempre buen observador, se percata del hecho y no puede menos que abrir su corazón a la generosidad.
Pero no es con dinero, sino con algo mucho mejor: toma el violín del abuelo y comienza a ejecutar algunas de sus canciones. No es difícil imaginar la reacción de los presentes. Paganini aprovecha la circunstancia. Interrumpe sus interpretaciones y, tomando el viejo sombrero del hombre, lo pasa entre todos con el fin de recaudar. ¡Nunca el viejito había logrado reunir tanto dinero, ni siquiera con varios días de sus "conciertos" .
Más allá de lo puramente anecdótico, el testimonio de Paganini muestra que es posible ayudar de otros modos a los necesitados. El gran maestro del violín puso su talento al servicio de una necesidad concreta; que en este caso hasta sirvió para socorrer económicamente al mendigo.
En este hecho se trató de una iniciativa personal, con todo su valor. Lo bueno es que también existen infinidad de organismos cuyos miembros se comprometen a prestar sus servicios profesionales. Pensemos, por ejemplo, en las Redes Solidarias de Profesionales, surgidas en 1995 en el Departamento de Laicos de la Conferencia Episcopal Argentina. La integran sobre todo médicos de diversas especialidades, dispuestos a prestar gratuitamente sus servicios a los más necesitados.
La solidaridad personal es buena. La organizada, mejor.