En las últimas décadas nos hemos visto inundados por un torrente de palabras, dondequiera que vayamos estamos llenos de palabras. “Palabras apenas susurradas, palabras proclamadas ruidosamente o gritadas con cólera; palabras habladas, recitadas o cantadas; palabras en discos, en libros, en paredes o en el cielo. Palabras en muchos sonidos, muchos colores o muchas formas; palabras que escuchar, leer, ver o mirar de reojo. Palabras que tintinean, que se mueven lentamente, bailan, saltan o se retuercen”.
Parece que no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que la palabra se usaba de otro modo, antes de la aparición de los medios de comunicación masiva, antes de la irrupción de señales que indican que nos detengamos, o que cedamos, antes de la invasión de avisos publicitarios anunciando promociones u ofertas.
El sacerdote holandés Henri J. M. Nouwen, docente de Teología y Psicología pastoral en USA Cala, en su libro “El camino del corazón” (Ed. Guadalupe) cala en las búsquedas del hombre actual, y uno de los temas sobre el que indaga es el silencio. Según el autor del libro, las palabras han perdido su poder creativo. “Su multiplicación ilimitada nos ha hecho perder la confianza en ellas y nos ha llevado a pensar con mucha frecuencia que no son sino “puras palabras”.
A raíz de esta idea, Nouwen reflexiona acerca del silencio. “El silencio es el hogar del verbo”, sostiene, “da fuerza y fecundidad a la palabra. Podemos incluso decir que las palabras tienen la finalidad de revelar el misterio del silencio que las proceden”.
El filósofo Chaung Tzu ( ) había expresado en relación a ello: “La utilidad de la red está en los peces que coge. Cogidos los peces, se olvida la red. La utilidad de la trampa radica en los conejos que captura. Capturados los conejos, se olvida la trampa. La utilidad de las palabras está en las ideas que expresan. Entendidas las ideas, se olvidan las palabras".
Henri J. M. Nouwen distingue tres aspectos del silencio. El silencio nos hace peregrinos, el silencio guarda dentro el fuego, el silencio nos enseña a hablar. Para este teólogo el silencio “protege el fuego interior”. Y entonces cita a Diadoco, para quien “las ideas valiosas siempre evitan la verbosidad, siendo ajenas a la confusión; el silencio oportuno es, pues, precioso porque es la madre de los pensamientos sabios”.
Pero las ideas de Diadoco irían contramano en el estilo de vida que predomina actualmente. Generalmente se nos ha hecho creer que todos los sentimientos y emociones deben ser compartidos con otros. Y en relación a este punto es posible detenernos a pensar en el uso que los jóvenes y adultos hacemos de las redes sociales (Facebook, Twitter, Myspace, etc.). ¿Qué significa “compartir” en la Web? ¿Somos concientes del alcance, ventajas y desventajas de hacer pública una idea?
Nouwen afirma: “La gente que se reserva y no expone su vida interior tiende a provocar un ambiente inquietante, y muchas veces son considerados inhibidos, asociales, o simplemente raros. Pero atrevamos a plantar al menos la pregunta de si nuestro modo profuso de compartir no es más compulsivo que virtuoso; de si en vez de crear comunidad, tiende a hacer chata nuestra vida en comunidad”.
En nuestro mundo “charlatán”, en el que las palabras parecen haber perdido su capacidad de comunicar, el silencio puede ayudarnos a mantener nuestra mente y nuestro corazón anclados en el mundo futuro, permitiéndonos pronunciar desde allí una palabra creadora y recreadora del mundo presente.
Demasiadas veces las palabras son superfluas, inauténticas y de poca profundidad. Pero la pregunta final para este autor no sería si decimos mucho o decimos poco sino si nuestras palabras evocan ese silencio que viene del interior. “El silencio es una cualidad del corazón que puede incluso acompañarnos en nuestra conversación con los demás. Es como una celda portátil desde la que hablamos a quienes lo necesitan y a ella regresamos después de que nuestras palabras han dado fruto”.