Por Hugo Borgna
El cine argentino, sensitivo y tenso pulsador de la realidad interior de las personas, ha producido históricamente dentro de la compleja tarea de darle forma verosímil a secuencias de la vida, películas que representan la profundidad emotiva de persona y personajes, unidos en la actitud de interpretar y exhibir.
El caso de Eliseo Subiela, nacido en Buenos Aires el 27 de diciembre de 1944, es típico: la personalidad que exhibe actitudes de gente “común”, pero con el enriquecedor agregado de ser autor también del guión de la película.
Un nombre emblemático para el oficio es el de Mario Soffici, quien le dio tonalidad y vida al blanco y negro de la imagen. Desde entonces muchos nombres pasaron, directores de personales características, intimistas o sociales. Estremecieron todos a una platea ansiosa de ver cómo cada uno mostraba su ángulo personal para contarlo por medio de la ficción en una pantalla, lo suficientemente grande como para que ningún detalle de la historia deje de manifestarse.
Eliseo Subiela fue productivo al modo de los grandes realizadores y mucho más lejos en la búsqueda de verdades interiores expresadas en situaciones no comunes de la existencia de cada persona corriente, puestas todas en filosos ángulos agudos perforando situaciones cotidianas creativamente, llamando la atención de un público que abría el ángulo decisivo a partir de un punto cardinal que había asumido para esa situación, un protagonismo pocas veces esperado.
Todo comenzó en 1986. “Hombre mirando al sudeste” fue un punto inicial hacia un espacio nunca mirado desde entonces. El diálogo se enriqueció con impactos visuales que invitaban en su modo abstracto, a penetrar en un modo de percepción habitado por la sorpresa y la admiración. Nada es común en Subiela. Si a eso agregamos el aporte de significativa síntesis en la imagen, tendremos el panorama de lo que habilita ese modo de cine tan abierto al cambio.
Su filmografía incluye, después de haber mirado al sudeste, “La conquista del Paraíso” en 1981; “Ultimas imágenes del naufragio” en 1989; “El lado oscuro del corazón” en 1992; “No te mueras sin decirme adónde vas” en 1995; “Despabílate amor” (1996) y “Pequeños milagros” en 1997.
No termina allí su producción: en el nuevo milenio concretó “Las aventuras de Dios” (2000); “El lado oscuro del corazón 2”,( 2001); “Lifting de corazón” (2005); “El resultado del amor” (2007); “No mires hacia abajo”, (2008) y “Rehén de ilusiones” en 2012.
Agregó a lo previsible en modos de hacer cine, imágenes apoyadas en la ciencia ficción y la fantasía. Su modo de mostrar incluye abundantes dosis de imaginación en lo visual y en lo que hace a su concepto.
Recibió distinciones en casi cada una de sus películas. Nada en ellas es previsible o de características habituales en el ámbito de la cinematografía.
Su cine no tiene nada de descartable ni de “segunda idea sólo aceptable en el conjunto”. La crítica especializada -esa que necesita siempre comparar- ha destacado como más significativas a “Hombre mirando al sudeste”, siempre vigente en preferencia espontánea y también, en el mismo plano, “Últimas imágenes del naufragio”, “No te mueras sin decirme adónde vas”, y a “El resultado del amor”.
Hay, para la sorpresa siempre esperable en Subiela, un ámbito no explorado.
“No mires hacia abajo” configura un inhabitado enfoque de circunstancias íntimas. Lo hace por medio poco frecuente, dejando en claro que lo que es más sensitivo para el hombre no influye tanto en la mujer: construye una especie de manual básico para una relación ideal de sexo, atendiendo a la femenina parte emocional.
Dentro de un esquema abiertamente expresado en lo sexual, construye una película donde lo erótico no es un objetivo sino un medio y, en todos los casos, sin necesidad de apoyo en lo pasional.
Sí, es decisivamente didáctica. Conserva la capacidad de transmitir una bella y poética sensualidad.
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Eliseo Subiela, director y guionista -esta vez también protagonista total- terminó su película el 25 de diciembre de 2016 en San Isidro, a los 71 años.