Por Hugo Borgna
¿Cómo luce más un escrito? ¿La prosa es utilitaria, solo necesaria para explicar cómo se debe usar un artefacto de uso hogareño?
¿Es la poesía la que reina? ¿Es la prosa el vasallo sacrificado, condenado a explicar austeramente, cuando no ha aparecido aún la palabra que asegure el brillo, y que siempre promete el idioma?
¿Garantiza la poesía contra granizo, accidentes naturales y tumulto?
Estas cuestiones siempre se resuelven en los talleres literarios en favor de la poesía. Los asistentes, ávidos de elogios, anuncian triunfalmente que van a leer una poesía suya compuesta especialmente para ese cenáculo del saber decir. Interiormente perciben los escritos de prosa como provenientes de aves que no aprendieron aún a volar.
Elda Massoni, en su taller de escritura, antes de ejercer la inspirada docencia para poetas, cuentistas y novelistas, estaba literariamente preparada en verso y en prosa, como para ayudar al desarrollo de sensitivos alumnos.
Ella sabía nadar en sinuosos ríos con palabras rebeldes como peces. Prosa y verso eran formas debidamente aprehendidas y así se transmitían.
(“Manuel miró las avecillas celestes compartiendo una miguita de pan en pleno vuelo. Las saludó gallardamente con su único guante al que le faltaban dos dedos. Se inclinó para tomar una margarita de pétalos dorados y luego acomodó en su cabeza el sombrero lila con cintitas multicolores. Cuando decidió trepar a la copa del brachichito, lo hizo con la elegancia de un príncipe que sube las escaleras de su palacio. Se ubicó en la cima, sacó del bolsillo izquierdo un libro y se dispuso a leer en alta voz. Las avecillas celestes fueron ocupando las ramas cercanas para escuchar el cuento de nunca acabar”. de Lector en las alturas, de “Susurros”.)
Hay quienes sostienen que es indispensable llegar a las fuentes, aunque se corra el riesgo de naufragar en orillas de lugares comunes o senderos en los que terminan empapándose los escritores impacientes.
Desde los orígenes los textos utilizados por los creativos son poesías. Empeñosamente lidiaban contra corrales enteros de toros de afilados sonetos, escrupulosamente respetuosos de la rima y la métrica. Clavaban filosos cuartetos y tercetos. Gozaban con el esfuerzo de autores que caían en la cuenta de la obligatoriedad. Si no aceptaban las reglas del caso, serían despreciados por sus contemporáneos: no serían nadie.
En el Siglo de oro hubo un cultor de la prosa, ingeniosa y galante como ninguna. Sigue hablándonos con su valor a toda prueba, triunfador en prosa con una novela que a todos nos dejó locos, además de acomodar en lugar visible a un criterioso (¿) compañero de vía, con su sentido casi permanente de la realidad.
(“Todo estaba quieto, pero era la calma que precede a la tempestad. No había prisa, ni vuelo de pájaros, ni lagartijas reptando en la siesta silenciosa. De pronto, una extraña ola de elementos leves fue cubriendo puertas, ventanas, la visión de los árboles y del cielo. El viento huracanado se desató precisamente cuando puse las plumas del ganso al sol, antes de armar el gran edredón que cubriría mis noches de invierno”. (de Edredón, “Susurros”)
En “Señales en la Tierra y en el cielo”, compilación de sus obras, -como una despedida- en la contratapa se puede apreciar, junto a una foto, una poesía llamada “Nombre” y es referencia de “Elda”. Dice: “Tan leve – con una “e”, vulgar interjección – seguida de una ele – que ni llega a ser lluvia – o llanto, o llanura siquiera – Después la “d”, de dar – ¿y o doméstica, tal vez? – y al final esa “a”- un poco abierta – algo asombrada – Elda me llaman - y yo respondo – dócilmente.
Elda Massoni nació el 28 de agosto de 1938. Apreció y mostró el mundo.
Dejó señales, en poesía y prosa, de su manera de experimentar la escritura.
Habría que construir una casa con aberturas que no puedan cerrar.
Aceptar los indicios que la habiten.
Olvidar el concepto de olvido.