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Sensaciones y sentimientos : Cantinflas

Fue una especie de Chaplin, pero sin el costado de la tragedia ni del drama.
Crédito: Sistema de Información Cultural, México

Por Hugo Borgna

Aunque no pareció que lo padeciera, vivió sus 81 años con el signo de la extensión bien prolongada como indicador de camino a recorrer.

Este señor, con expresión de saberlo todo y estar urgido de tiempo para contarlo, tuvo -como fue lógico y esperable- un nombre del que se necesita buen espacio para no quede nada sin referir.

Mario Fortino Alonso Moreno Reyes, resumido todo en un simple y directo “Cantinflas”, fue una especie de Chaplin, pero sin el costado de la tragedia ni del drama. Por eso no fue casualidad (más bien un elogio al por mayor) que se lo conociera como el Chaplin mexicano; una especie también del “Felipe” nuestro que guardó, para los tiempos que siguieran, Luis Sandrini (“contento y decidor, alegre y ocurrente, Felipe está”, como se presentaba en las noches de humor de Radio El Mundo, este muchacho nuestro, versión local de Cantinflas).

El mexicano había marcado presencia con su personaje. Transparente, sencillo para entender y prolongado para definir, sin el más mínimo temor de exagerar o llamar por otro nombre a algún objeto, persona o situación.

Como tenia que decir algo (en su caso traducido a “mucho”) y en principio no tenía noción de qué se trataba, se aguantaba tener que hacer una pausa hasta cubrir con palabras “sabias”, cualquier tema que se pusiera en el tapete. A partir de allí, era cuestión de estar predispuesto a escuchar. Cantinflas ya había instalado su esplendor.

En Argentina, Pipo Mancera tuvo la oportunidad de “dialogar” con él, en sus Sábados Circulares. En un momento dado, Mancera para “obligarlo” a hablar seriamente, le preguntó su opinión sobre “la bomba”, un tema que entonces era más que preocupante para el mundo.

Cantinflas, veloz en sus reflejos dijo algo así como “queda claro que la bomba de hidrógeno no es lo mismo que una bomba de agua” y desde allí desarrolló su particular versión, fiel a su modo de “antisíntesis”, según la cual, si veía un camino, no buscaba el fin del mismo, sino una prometedora puerta hacia todo. Obligada, por supuesto a no dejar rama para inspeccionar al árbol.

La década del 50 lo conoció en su brillo internacional, con su incursión en el cine.

Las salas principales exhibían afiches (un modo de gran promoción en esa época de las películas) de “La vuelta al mundo en 80 días”, basada en una exitosa novela de origen inglés. Cantinflas lucía como actor, junto a figuras internacionales como David Niven.

En esa oportunidad fueron dos los galardonados. David Niven y Cantinflas. Éste, como mejor actor protagonista, que no necesitó agrandar su imagen (a esa altura ya del tamaño de una pantalla de Cinemascope) para percibirse como un gran señor.

Es en este momento, saliendo del ganador de Oscar, viajamos nuevamente hacia se México natal. No hay que hacer un esfuerzo importante, para encontrar un personaje a la medida de la gente sencilla; en este caso alguien provisto de astucia inventada para su propio homenaje.

¿Dentro del necesario permiso al tiempo y al espacio, se lo puede comparar con una especie de anticipo del Chapulín Colorado?

En los términos de medición del éxito Cantinflas fue un triunfador; en cuanto a la trascendencia internacional ya que su carrera lo hizo brillar también en los Estados Unidos y, principalmente, en la huella de amor que dejó en su gente.

El dolor popular, cuando murió, se manifestó en un modo similar de importancia y dolor, como la demostración que hubo aquí en similares momentos, a Carlos Gardel.

Volviendo ahora a su nombre de arte, será bueno y necesario decir de donde viene.

Él mismo lo contó en una entrevista en su tierra.

Citado por un empresario para lo que ahora se llama audición, él lo invitó a hablar acerca de un tema determinado para conocer su técnica y posibilidades.

Cantinflas no dejó pasar la oportunidad. Habló. Habló. Habló.

El empresario, impresionado por ese surgir de catarata locuaz y cristalina, le dijo una frase que sería decisiva, con la energía que proyecta a las figuras hacia el éxito.

¡Oh!,

¡Cuánto inflas!

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