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Santa Catalina de Siena

Siena, a la que inmediatamente asociamos con el Palio, sus calles angostas y pintorescas, sus colores rojizos, el Pan Forte, el Duomo, su gran Universidad donde tantos personajes italianos estudiaron, atesora también en la iglesia de Santo Domingo, la cabeza incorrupta de Santa Catalina en una urna de cristal.

Después de su muerte, el 29 de abril de 1380 en Roma, un grupo de sus seguidores devotos de Siena, sabiendo que no podrían llevar a escondidas todo su cuerpo, decidieron llevar sólo su cabeza y un dedo. El resto, también incorrupto se conserva en la Basílica Santa María Minerva de Roma y puede ser visto a través de un panel de cristal..

Catalina había nacido el 25 de marzo de 1347 en el seno de una familia de 25 hijos, en la que ella era la penúltima. Desde muy niña manifestó un gran amor hacia la oración y fue favorecida toda su vida con visiones extraordinarias.

A los doce años, su familia intentó persuadirla para contraer matrimonio alentándola a prestar más atención a su apariencia. Al principio lo hizo para complacerlos, engalanándose con lindos vestidos y joyas, pero muy pronto se arrepintió de esta vanidad, recordó el voto secreto de castidad que había realizado y para defenderlo, se cortó el cabello en señal de haber “cortado con el mundo”.

Sus padres la pusieron a trabajar duramente, tratándola muy mal para frustrar sus devociones, privándola de su pequeña habitación o celda, como ella la llamaba y donde pasaba gran parte de su tiempo en soledad y oración. Sin embargo ella sobrellevó todo con dulzura y paciencia.

A los 15 años, con gran amor asistía a los pobres, servía a los enfermos y daba consuelo a los afligidos. Sus padres finalmente aprobaron su devoción y a los 18 años Santa Catalina recibió el hábito blanco y negro de la tercera orden de Santo Domingo. A partir de ese momento su celda pasó a ser su paraíso y se ofrecía en oración, ayuno y mortificación.

En ocasión de una peste acaecida en Siena, pasó sus días atendiendo a leprosos y enfermos. Tiempo después continuó su labor en Pisa y Florencia. Se decía que todo el que se acercaba a ella se iba mucho mejor.

Durante tres años vivió como un eremita, en silencio y soledad. Las tentaciones más degradantes la acosaron, pero ella salió triunfante gracias a su humildad y devoción.

En 1375, Santa Catalina tuvo noticias de que la gente de Florencia se había adherido a una liga contra la Santa Sede. En esos tiempos el Papa Gregorio XI residía en Avignon, Francia y trató sin éxito de evitar esta división y demandó su reconciliación.

Santa Catalina que había profetizado estos eventos tres años antes, fue enviada por los magistrados como mediadora ante el Papa, acompañada por embajadores que debían firmar y ratificar las condiciones de reconciliación. Su Santidad después de hablar con la santa dijo “no deseo nada más que la paz”.

El papado se encontraba en Avignon desde 1314 y los romanos protestaban porque siendo él, el obispo de Roma, se sentían abandonados y amenazaban con un cisma. Preocupado por esto, Gregorio XI aceptó los consejos de la santa y en 1376 volvió a Roma.

Catalina regresó entonces a Siena para continuar con su vida solitaria y de oración y desde allí le escribió numerosas cartas al Papa rogándole que contribuyera por todos los medios a la paz de Italia.

Para lograrlo Gregorio XI decidió enviarla a Florencia, aún dividida y obstinada en su desobediencia, nuevamente como mediadora. Vivió allí un tiempo sorteando peligros, pero finalmente logró la sumisión y la paz bajo la autoridad del nuevo Papa UrbanoVI en 1378.

El temperamento del nuevo Papa hizo que los cardenales se distanciaran, declararan nula la elección y eligieran a Clemente VII para retirarse nuevamente a Avignon, en completa rebeldía.

Catalina sufrió muchísimo y escribió largas cartas a los cardenales y a los príncipes de varios países para que reconociesen a Urbano y así acabar con el cisma. Por otra parte, también le escribió a Urbano exhortándole a dominar su difícil temperamento que había sido causa de la división. El Papa Urbano la escuchó y pidió que fuera a Roma para persuadir a los cismáticos

Mientras trabajaba afanosamente para extender la obediencia al verdadero Papa, la salud de Catalina comenzó a deteriorarse. Falleció tiempo después, a los 33 años en Roma.

Las “cartas” de Santa Catalina son consideradas como una de las grandes obras de principios de la literatura Toscana. Escribió 364 y se conservan más de 300.

Su otra obra magistral es el “Diálogo de la Divina Providencia”, un diálogo entre Dios y su alma, registrado entre 1377 y 1378.

A pesar de haber sido una analfabeta, a lo largo de los años fue capaz de escribir y leer en italiano y latín. El Papa Pío II la canonizó en 1461 y el Papa Paulo VI le otorgó el título de Doctora de la Iglesia en 1970, haciéndola una de las primeras mujeres en recibir este honor.

El 1 de octubre de 1999, Juan Pablo II la declaró patrona de Europa. Su fiesta es el 29 de abril, coincidente con la fecha de su muerte.


Aporte del Centro Toscano de Rafaela.

Autor: Redacción

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